Los grouses

1981. Empezando arquitectura. Cuando los sueños ascendían más alto alejándonos del mundo. El batacazo al caer era asumir la realidad. Como decía Bernard Shaw: La juventud es una enfermedad que se cura con los años

El castillo de Glamis

El castillo de Glamis

Queridos incautos: The Earl of Strathmore and Kinghorn, para nosotros «Ferguie», era un inmenso escocés, primo de la Reina, que vino a España a tirar perdices. Congenió tanto con mi familia que llegó para 15 días y nunca marchó.

Militar destinado en Asia, le avisaron que, tras la inesperada muerte de su primo, él era el nuevo lord. Regresando, encontró el impresionante castillo de Glamis, derrumbándose. Los últimos lores habían sido un desastre.

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El autor, con su madre al terminar un ojeo

Inspeccionando las mazmorras, encontró un tesoro, como en los cuentos, y logró reconstruirlo. Nunca le convencí para que me las enseñara. Ferguie, por motivos fiscales, dejó a su antipática lady en Escocia y se trajo su 1,85 y 110 kg a vivir aquí. Era uno más de la familia con cuarto en todas nuestras casas.

Excéntrico como buen británico, y con resabios de militar. En Prados, ante la estupefacción de los nuestros, salía envuelto en una toalla de su baño, (que jamás ducha), en plena ventisca insensible a la helada. Iba al cerro a recibir en su transistor la BBC. Su bigote de coronel británico, su sonrisa benevolente y su cara, muy tostada por el sol que jamás perdía esa delatadora tonalidad rojiza. Del cuello para abajo blanco como leche.

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Mi abuelo Teba y Ferguie delante de un puesto

Conducía un enorme desordenado BMW con gafas con persianas para sol. Y llevaba una escalera en la maleta, por si en una montería había que subir a un árbol. Llegaba con sus enormes calzoncillos pillados en las ventanillas de atrás, para que se fueran secando. Le encantaban el tinto y los toros y llevaba una bandera española en la correa del reloj.

Invitaba a mis padres a cazar grouses. Y también a mí. Llegar a Glamis era sobrecogedor. Vivía sola la fea lady, de la familia de la mostaza Colman’s. Acomplejada por la belleza y distinción de las españolas, trataba de impresionarnos con prosopopeya. A mí me encantaba pero a mis padres y a los Calabria les aburría. Desde ahí marchábamos en tren a Holwick. Un caserón de piedra en mitad de los moores. Con paredes enmohecidas y tejados muy empinados pues en esa melancólica tierra las nubes lloran de continuo.

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Macarena Mitjans, madre del autor, con un sombrero que era seña de identidad de las tres hermanas Teba

Yo era el único joven.

La mesa mucho más sencilla que en Glamis. Terminada la cena pasaban un canapé rarísimo que llamaban «savory». Era un trozo de arenque o similar. Y un licor que llaman «Sloe Gin». Y hacían la gracia: «With Sloe Gin and fast women». Y de ahí al whisky.

De madrugada resonaban los pasos tropezando por la escalera del viejísimo criado. TOC, TOC, y entraba de seguido Good morning sir! Abría de par en par las ventanas. Una cortina de agua impedía ver a un metro mientas exclamaba jovial, Lovely day!

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Holwick Lodge

Tras el desayuno, los secretarios, ellos y los guardas impecablemente vestidos con el tweed de la casa. El primer año, mi madre se lanzó a saludar dando un beso a los elegantísimos invitados. Ferguie la paró horrorizado. «¡Macarena, estás besando a mis guardas!» Los lores eran los zarrapastrosos de al lado, despeinados y con sonrisa burlona. Sus barbour zurcidos, y los pantalones llenos de lamparones. Tan desaseados como encantadores.

Me adjudicaron a Mr. Mason. Un maestro de escuela que se reía cada dos años. Me recalcaba que era escocés, que no inglés. Traía dos magníficos springer. Maravilloso paisaje. Los ojeos ondulados en suaves colinas hasta el infinito. Brezales que venían cuidando con devoción y ovejas. Los puestos, antiguos círculos de piedra con entrada por detrás, y musgo encima. Mr. Mason instaló unos palos a los lados para señalar los vecinos. A mí no me gustaba, pero se empeñaba. Cargaba lento, murmurando y de pie a mi lado.

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Ferguie, the Earl of Strathmore and Kinghorne

Entraron los primeros. Venían en pequeños bandos y volando bajo. Los dejé cumplir. ¡Mal! Luego me enteré de que vienen tan deprisa que hay que tirarlos fuera de tiro. Eran muy blandos. Con que les tocara un perdigón caían.

Llegaron los ojeadores con banderas de plástico. Mucho después las incorporamos para los ojeos en Ventosilla. Lograba levantarlos poco a poco y no de golpe. Cuando acabó el ojeo Mason dejó ceremoniosamente las escopetas abiertas encima del musgo. Yo había salido como un torpedo a cobrar. Misión imposible. Los brezos me llegaban por la rodilla y no encontrabas nada.

Totalmente prohibido preguntar cuántos ha matado el vecino. Solo si le han entrado bien, si ha tirado cómodo… chifladuras británicas

Un espectáculo los perros. La línea se llenó de springers y labradores cobrando alegremente. Trajeron un remolque con unos palos en forma de tienda de campaña, donde los colgaban de dos en dos. Contaban por braces. Y una cosa importantísima: totalmente prohibido preguntar cuántos ha matado el vecino. Solo si le han entrado bien, si ha tirado cómodo… chifladuras británicas. Contados un gallo lira, los braces, diferenciando jóvenes y viejos, y un armiño que cazó mi madre nos daban un cartón lleno de escudos donde ponía los nombres de los invitados y solo el total.

Tras los días de caza regresamos al castillo. Cena de gala. Micky, el hijo de Ferguie estaba en el ejército. Sus amigos venían «a ligar» con sus hermanas. Todos elegantísimos con Kilt y chaquetas de su regimiento. Me sentía minúsculo con mi pobre smoking. Siempre arrogantes, su altanería solo sucumbía a la esnobería. Me faltó tiempo para decirles que el señor tan encantador a la derecha era el Infante Don Carlos. Y ella la Princesa Ana de Francia. Y a nosotros, los últimos Estuardos, nos habían echado de allí por católicos. Claudicaban entonces, y se les quitaba esa cara de estar continuamente oliendo una mierda de perro.

A la mañana siguiente conseguí que me enseñaran sus maravillosos descapotables tipo Morgan. Los habían restaurado ellos. Anduve por Escocia en varias ocasiones. Hice buenos amigos. Mi intención era aprender inglés. Fue una batalla perdida: Hablaban escocés cerrado. Pero me encantó. Solo me falto dormir en el cuarto del fantasma. Pero reconozco que me daba yuyu.

  • El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero
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