La apertura

La apertura permanece, será distinta, se celebrará durante el sorteo de los puestos en la batida de una mancha con marranos o cada cual en la soledad de la postura, pero seguirá siendo la iniciación de la temporada

Escopeta de caza

Escopeta de cazaCedida

Con ese extraño nombre se conoce el día en que se levanta la veda de cazar impuesta para proteger la cría de los renuevos. Es una fecha con larga tradición que, en Francia, se saluda con fanfarrias de trompas de caza y que los españoles, menos músicos, hemos festejado con viñetas y refranes.

Ahora suele fijarse en el primer domingo de Octubre y antes era indefectiblemente el día de la Virgen del Pilar, no sé si como homenaje de la venatoria a María Santísima o queriendo expresar que la caza es parte de nuestro ser y cultura.

Las publicaciones del siglo XIX celebraban la data incluso con poesías y siempre con grabados humorísticos en donde el cazador afortunado volvía victorioso y el desdichado buscando en pollerías escondidas materia para no regresar a casa con el rabo entre las piernas.

Las imágenes presentaban al cazador con chaqueta a cuadros, sombrero de buena ala, pantalón bombacho, polainas para defender de las espinas y cardos y por supuesto canana con los cartuchos y morral para acoger el almuerzo y las posibles presas. La trama de la acción era siempre la caza en mano, en la que el cazador con su perro se enfrenta a la Naturaleza representada por perdices y conejos. Porque entonces los había.

Los conejos han sido desde el principio la caza más generalizada, la especie por excelencia, con la que se iniciaban los novatos y en la destacaban los veteranos; la perdiz significaba lo excelso, el summum para los cazadores de elite que eran diestros con la escopeta. En el mundo rústico, la dificultad del tiro obligada por el vuelo rápido de la perdiz convertía en demasiado aleatorio el disparo y no compensaba el coste de tantos cartuchos, así que el menú era conejo y más conejo.

Las perdices, gloria hispana, son en su estado silvestre un nebuloso recuerdo.

Hoy la caza ha cambiado mucho, la mixomatosis primero y la neumonía vírica después han acabado con los lagomorfos y España, cantada como tierra de conejos por Marineo Siculo en su De hispaniae laudibus, (1498) ahora es un desierto y lo que fue el alimento que completaba la cena ya no da ni para el aperitivo. Recuerdo que en Viñuelas se cazaban a lazo, de forma industrial, unos sesenta mil cada año y personalmente me tuve que contentar con noventa y muchos en una hora sin alcanzar a los cien como era mi deseo (para acarrear la caza llevábamos un borrico).

Recientemente he comentado que las perdices, gloria hispana, son en su estado silvestre un nebuloso recuerdo. Hay y muchas (se cobran ahora el mismo número que hace cuarenta años) criadas en buenas granjas y son potentes y vuelan casi como las autóctonas pero no son salvajes. Las alimañas, nombre prohibido por ley, han proliferado merced a una legislación que las defiende y constituyen una multitud que ha de alimentarse a diario en perjuicio de la caza; a esos depredadores se han unido los tratamientos químicos para combatir las malas hierbas que han arrasado los insectos imprescindibles en la cría de los pollos. Entre unos y otros, han dado fin con las patirrojas, de modo que hoy Miguel Delibes no saldría de casa.

A la caza menuda la ha venido a sustituir el jabalí que, en cambio, ha experimentado un crecimiento poblacional de tal magnitud que en muchos lugares constituye ya una plaga. Hasta el punto que el cazador medio –ese preferido por las estadísticas– ha mudado también la escopeta por el rifle. Los cazadores individuales han dado paso a las cuadrillas de caza y del disfrute solitario se ha terminado en el comunitario que se celebra con comilitona de jabato como remate de la cacería.

La apertura permanece, será distinta, se celebrará durante el sorteo de los puestos en la batida de una mancha con marranos o cada cual en la soledad de la postura, pero seguirá siendo la iniciación de la temporada.

Porque ese primer día es el de las ilusiones cumplidas y la ilusión sigue siendo un motor de la actividad humana. Tanto los de escopeta como los que llevan rifle, tenían casi olvidado el olor del tomillo desde el lejano Febrero y son muchos meses para alimentarlos con recuerdos, por eso la apertura enciende la esperanza de volver a sentir las mismas emociones pasadas y la satisfacción que produce un lance bien terminado sea con un vistoso venado, sea con un humilde conejo.

La apertura es como manda la naturaleza volver a empezar, iniciar el ciclo del tiempo, acomodarse a las estaciones, saludar la lluvia, el viento y el frío. Ese reto con el instinto de los animales que está en la esencia de la caza vuelve a conmover al hombre y el predador por excelencia se siente otra vez rey del mundo.

Y la incertidumbre, el no saber que depara el futuro junto a la certeza de que el esfuerzo es imprescindible nos devuelve a la realidad y es el acicate para mover nuestras piernas, tensar los músculos y aguzar los sentidos.

Además, no se vive en soledad, está la compañía de amigos que comulgan en idéntica afición y comparten parecidos sentires. Si el fútbol, que lo juegan once desconocidos levanta pasiones, se puede imaginar las que despierta la caza en la que uno mismo es el protagonista y, encima, teniendo a derecha e izquierda personas que conocemos y queremos.

Todo esto ocurrió el 4 de Octubre del 2026, un Domingo que parece igual a otros pero que es la señal para que el mundo de la caza se despierte sabiendo que, ahí fuera, aguarda un campo que se ha renovado y que va a medir las ilusiones, afanes y anhelos de la legión de cazadores.

  • El marqués de Laserna, Íñigo Moreno de Arteaga, es premio Jaime de Foxá

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