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El segundo acto

El segundo acto se estrena este viernes 11 de abril en los cines

Crítica de cine

'El segundo acto': una comedia surrealista sobre las contradicciones de nuestro tiempo

La película del director francés Quentin Dupieux consigue hacer reír, pensar, pero al final se queda en un «puedo y no quiero»

El surrealismo no es para todos los paladares. Requieren del espectador una imaginación y un sentido del humor algo particulares. Pero hay gente para todo, y las películas surrealistas, desde Buñuel hasta hoy, siempre han tenido su público. Hay quien piensa que son películas absurdas sin más, pero lo cierto es que casi siempre el absurdo es una buena coartada para hacer críticas políticamente incorrectas sin despertar las iras de la opinión pública.

El segundo acto es una película francesa que inauguró el pasado Festival de Cannes y que estuvo a punto de ganar en el Festival de Sitges. Se trata de una cinta de muy poco presupuesto y que pivota casi exclusivamente en la dirección de actores. Se trata, fundamentalmente, de tres escenas que se corresponden con sendas escenas de una película que se está rodando. Cine dentro del cine. En la primera, David (Louis Garrel) trata de convencer a su amigo Willy (Raphaël Quenard) de que le levante la novia, Florence, a la que ya no aguanta más; en la segunda escena, Florence (Léa Seydoux) le pide a su padre (Vincent Lindon) que conozca a David para ver si da su visto bueno; en la tercera, coinciden los cuatro en un restaurante donde entra en escena un quinto personaje, el barman que va a lanzar la historia en otra dirección.

La peculiaridad de esa película que se está rodando es que está dirigida por inteligencia artificial (IA). Durante el rodaje de las escenas, los actores abandonan sus líneas de texto para poner sobre la mesa cuestiones problemáticas, como la ideología de género, el acoso sexual en un entorno profesional, el futuro del cine, el sentido de la profesión actoral o el miedo a la incorrección política y sus consecuencias en la cultura de la cancelación. Cuando termina el rodaje, las situaciones absurdas continúan, dando la vuelta a algunas de las irónicas presentes en la ficción anterior.

El director y guionista Quentin Dupieux es también el director de fotografía del filme. Este cineasta de cincuenta años tiene en su haber un largo historial de comedias disparatadas, absurdas o gamberras como Daaaaaalí!, Fumar provoca tos, Increíble pero cierto o Mandíbulas, siendo El segundo acto probablemente la más experimental de todas. Sin embargo, a pesar de su originalidad y frescura, se queda corta en cuanto a objetivos, ofreciéndonos bocetos que finamente prometen más de lo que ofrecen. Se queda corta incluso en duración, de ochenta minutos, lo cual por otra parte se agradece. Como decíamos al principio, lo más sólido son las interpretaciones, sostenidos por algunos de los nombres más consagrados del cine francés pertenecientes a dos generaciones distintas.

En fin, una película que se ve con facilidad, que arranca sonrisas, que hace pensar un poco -tampoco mucho- pero que cuando acaba deja una sensación de «quiero y no puedo» o mejor aún, de «puedo y no quiero».

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