El cineasta Orson Welles, en una imagen de archivo
Historias de película
La película española favorita de Orson Welles
Una adaptación de una obra de Shakespeare cuyo rodaje duró ocho meses y en el que se utilizaron majestuosos castillos como escenarios
El nombre de Orson Welles está intrínsicamente unido a La Guerra de los Mundos, Ciudadano Kane y España. El cineasta era un gran amante de nuestro país y decidió que sus cenizas reposaran en la propiedad de su amigo, el torero Francisco Ordoñez, la finca de San Cayetano, en Ronda (Málaga).
Su idilio con la cultura española comenzó cuando viajó a Sevilla a los diecisiete años. Más tarde, cuando tenía veintipocos, Ernest Hemingway lo convenció para participar en la narración de La tierra española, en apoyo al bando republicano durante la Guerra Civil española. Su compromiso lo impulsó a comprometerse con la defensa del legado español que, desde entonces, intentó preservar y promover.
Seis de sus películas, de hecho, fueron filmadas en parte en suelo español: Mister Arkadin, Una historia inmortal, la inacabada Don Quijote, Fraude, Al otro lado del viento y Campanadas a medianoche, siendo esta última su favorita. Y no solo de su filmografía, sino de toda la producción de nuestro país. Lo explicó tres años antes de su muerte en 1985, en una entrevista en la que también desveló que fue el proyecto más ambicioso de su carrera. «Mi padre creía que esta cinta era la que más se acercaba a su visión artística del cine», explicó también su hijo Chris Welles en un homenaje.
Cuando recaudar fondos para Shakespeare resultaba imposible en un Hollywood enamorado de Sonrisas y lágrimas, Welles simplemente mintió a sus productores, que querían que dirigiera una adaptación de La isla del tesoro. Les aseguró que la haría siempre y cuando pudiera grabar al mismo tiempo esta adaptación de Shakespeare.
Buscó localizaciones que podrían funcionar tanto para Campanadas a medianoche como para La isla del tesoro, contrató actores que pudieran actuar en ambas películas, pero nunca escribió una sola escena sobre piratas. Simplemente siguió adelante con su ansiada adaptación shakesperiana en un rodaje que duró ocho meses y en el que utilizó majestuosos castillos españoles como escenarios. Y es que, aunque se cree que gran parte del rodaje se llevó a cabo en Chinchón, también se extendió a otras localidades españolas como Ávila, Calatañazor, Cardona, Colmenar Viejo, Lecumberri, Lesaca, Medinaceli, Móstoles y la casa de Campo de Madrid.
Orson Welles, caracterizado como Falstaff, en Campanadas a medianoche
También conocida como Falstaff, por el nombre de su personaje principal, Welles no solo se puso al frente de la producción, sino también de la cámara para interpretar con una claridad imaginativa y expresiva la historia de un cobarde que se vanagloria de sus hazañas, pese a no haber conseguido ninguna.
El propio Welles explicaba que la historia de Falstaff era la tragedia del actor, la historia de un gran hombre que solo es grande por su capacidad de simulación. Es grande —en «nada», como dijo Shakespeare— pero una nada que, como el propio Falstaff sabe y reconoce, es «todo el mundo».
Encarna al héroe descaradamente desenfadado e insolente, orgulloso y arrogante. Nadie con un genio tan natural como el del cineasta para dar vida a alguien que ya era así tras la pantalla. El drama se desarrolla a principios del siglo XV, donde el alegre Hal, el joven Príncipe de Gales, se divierte con Falstaff desafiando a su padre, el entonces Rey Enrique IV.
Las batallas han inspirado escenas de Braveheart o Salvar al soldado Ryan
Entre las escenas más famosas de la película se encuentra la de la batalla de Shrewsbury, en la que Welles convirtió a 180 extras a caballo en un ejército de miles. La secuencia inspiraría posteriormente escenas de batalla como la de Braveheart, Salvar al soldado Ryan y Enrique V, de Kenneth Branagh.
Pese a todo, no tuvo gran éxito en su estreno. Sus críticas iniciales fueron mixtas y su distribución bastante limitada. Afortunadamente, el tiempo la ha reconocido como «la mejor película shakespeariana jamás realizada», según reconoce el New York Times. Una opinión que Orson Welles —que, al igual que Falstaff nunca rehuyó de su propio genio— probablemente habría respaldado.