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Django, dirigida por Sergio Corbucci (1966)

Historias de película

La obra maestra del spaghetti wéstern a la que Tarantino rindió homenaje: «Me voló la cabeza»

Con ella, Sergio Corbucci se convirtió en uno de los cineastas referencia del género al que dedicó casi una docena de títulos

Cuando Sergio Corbucci dirigió Django tenía 40 años. No era un niño prodigio de esos que estaban surgiendo en toda Italia con una nueva manera de hacer cine. No. Había dirigido con el cómico Totó media docena de comedias sencillas como Totó, Peppino y la dolce vita o Los dos oficiales, dramas rotundos como Suprema confesión y películas de sandalias y arena como Rómulo y Remo o El hijo de Espartaco, pura testosterona de Steve Reeves en taparrabos. Hasta terror y musicales había dirigido.

Por eso, cuando después del exitoso estreno en Italia y media Europa de Por un puñado de dólares en 1964 y La muerte tenía un precio en 1965 de Sergio Leone, Corbucci no lo dudó y se sumó al carro de eso que más tarde se llamaría spaghetti wéstern y que para ellos era, sin más, otra película de vaqueros. Lo que no se imaginaba el director romano es que después su modestísima incursión en el género con Masacre en el Gran Cañón y Minnesota Clay un par de años antes, con Django rubricaría su obra maestra definitiva y una de las películas más representativas y magníficas de aquel género bastardo y espurio que tardó años en ser reparado.

En aquel 1966, Corbucci estrena tres películas: Django, Joe, el implacable y Johnny Oro lo que, por un lado, supuso un punto de inflexión en su carrera y, por otro, subrayó aún más la irregularidad de sus trabajos, pues la primera es una joya y las otras dos, son sólo correctas. Django cuenta la historia de un enigmático pistolero que vaga sin rumbo por el Oeste arrastrando un no menos enigmático ataúd y que llega a un pueblo semiabandonado de la frontera. Allí se enfrentará a dos facciones violentas y enfrentadas por el control del lugar: los sudistas del coronel Jackson y los revolucionarios del general Rodríguez.

Lo primero que llamó -y sigue llamando- la atención fue la estética del filme, desprovista de toda la épica propia del wéstern que ya se había visto en el cine de Leone, pero que aquí era mucho más polvorienta y sucia. Más mugrienta. Los personajes son la antítesis del héroe, todos son violentos y egoístas. La violencia misma es enfática y descarnada, hasta tal punto que parecía que, con Django, Corbucci estaba despojando al wéstern de toda su épica mitológica para convertirla en la más pura épica del nihilismo donde los malos eran malos, sencillamente, porque sí.

El filme desató una oleada ingente de seguidores y no tardo en convertirse en icónica. No en vano, éste fue el primer título de toda una serie de treinta títulos en torno al personaje principal al que dio vida Franco Nero. Pero a muchos, por supuesto, les pareció una película sádica y repugnante que, sin ir más lejos, en Inglaterra estuvo prohibida durante años. Y es que la escena en la que el general Rodríguez, interpretado por el gran José Bódalo, le corta la oreja a un prisionero y le obliga a comérsela antes de matarle de un tiro a bocajarro era demasiado terrible para los códigos narrativos del momento.

Sin embargo, hubo quien siempre defendió la estética violenta y enfática del cineasta que estuvo presente en la mayor parte de los spagehtti wésterns que realizó después como Los despiadados (1967), El gran silencio (1970), Salario para matar (1968), El especialista (1969) o Los compañeros (1970). Uno de sus mayores defensores fue siempre Quentin Tarantino que, para empezar, homenajeó la escena de la oreja en su película de 1992, Reservoir Dogs y, por supuesto, al propio personaje del inquietante pistolero con el filme de 2012, Django desencadenado. De éste diría: «Quise hacer mi propia versión de Django, no como un remake, sino en espíritu».

Django, dirigida por Sergio Corbucci (1966)

Y es que, el cineasta al que Tarantino definió como «el segundo mejor director de spaghetti wésterns, después de Leone», tardó años en ser reparado y no fue, seguramente, hasta el rescate de Django de cierto ostracismo que el nombre de Corbucci no se reconoció como el de uno de los mejores directores del género.

Porque lo que logra Corbucci con Django mediante la aparentemente sencilla historia de un justiciero solitario y letal, es la recreación de una violencia cruda y sin justificación que expone, sin ambages, toda la crueldad del ser humano. Y sobre esto diría de nuevo Tarantino: «La Django de Corbucci es tan nihilista, tan violenta, tan turbia y tan políticamente comprometida que me voló la cabeza».

Y es que pocas películas como Django lograron aquella locura estética y formal que logró el spaghetti wéstern: mostrar una cierta belleza, una cierta épica fatalista y profundamente hermosa de la violencia. Que nos sigue inquietando todavía. Que no podemos dejar de mirar.