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Daró un millione, de Mario Camerini (1935)

Historias de película

Las comedias italianas de teléfonos blancos: el más naif de los cines de propaganda

Producidas a mansalva en la época de Mussolini, estas películas mostraban bondades y lujos de la vida en Italia que la mayor parte del pueblo desconocía

El cine fue la herramienta de comunicación de masas del siglo XX. Su creación en la primera década del siglo y su consolidación en la segunda hizo que, desde la Rusia comunista a la Alemania fascista, los líderes políticos vieran en el enseguida denominado séptimo arte una herramienta para adoctrinar al pueblo. O amedrentar. O encender. O alentar. O animar.

Benito Mussolini no quedó exento del poder que el cinematógrafo tenía en el pueblo. No en vano, los famosos y prolíficos estudios de cine Cinecittà, ubicados en Roma, se crearon en 1937 bajo su orden y supervisión. Por eso mismo, porque el cine era la manera más rápida y eficaz de hacer propaganda, Il Duce se propuso hacer llegar al pueblo su idea de la perfecta Italia, de la Italia aspiracional y posible que él prometía al país.

Bajo aristocrático disfraz, de Mario Camerini (1937)

Así fue como nacieron las famosas comedias de teléfonos blancos. Llevaron ese nombre porque en ellas solían salir lujosos teléfonos blancos de baquelita y estaban protagonizadas por jóvenes promesas del cine italiano, atractivas y cómicas, a los que todos deseaban parecerse.

Sin un decálogo oficial ni una orden directa de cómo debían ser este tipo de comedias, sí se observaba en ellas infinidad de elementos en común. Para empezar, eran películas de temáticas ligeras, amables y simpáticas que mostraban el lado alegre de la vida. No había en ellas grandes conflictos, ni temas violentos o trágicos. No había delincuencia, ni guerra, ni muerte, ni prostitución, ni adulterio ni, por supuesto, pobreza. Eran películas inocentonas donde triunfaba el enredo y el equívoco, al más puro estilo teatro de costumbres combinado con la sofisticación que provenía de la screwball comedy americana donde la alta sociedad solía utilizar esos lujosos teléfonos que no poseía, en realidad, casi nadie.

Las comedias de teléfonos blancos mostraban una vida aspiracional con ambientes lujosos, grandes mansiones, mujeres y hombres elegantemente vestidos, automóviles y objetos de diseño o de rotunda modernidad que la mayor parte de la ciudadanía sólo vería en el cine. La fuente del conflicto solía ser la familia, el trabajo o las amistades y, aunque eran rotundamente previsibles, su lenguaje sencillo y su montaje lineal fomentaban que fueran de gusto de todo el mundo. Adultos y niños, hombres y mujeres, gente del campo y de ciudad… entre 1930 y 1943, toda Italia, en definitiva, se plegó a ellas. Casi doscientas comedias escapistas de principio a fin, de las que Carmine Gallone, Goffredo Alessandrini y Corrado D’Errico fueron algunos de sus mejores directores, aunque Mario Camerini fue el mayor de todos ellos.

Sus comedias de enredo como Daró un millione, Pero no es nada grave, Bajo aristocrático disfraz o Grandes almacenes son de las mejores y más inolvidables del género, muchas de ellas protagonizadas por el que sigue siendo uno de los actores de comedia más encantadores de todos los tiempos: Vittorio De Sicca.

Pero con el final de la Segunda Guerra Mundial, el cine italiano viró hacia derroteros bien distintos… Hacia la amargura frontal y comprometida del Neorrealismo italiano del que el propio De Sicca fue uno de sus directores más comprometidos junto a otros inmensos como Rossellini, Fellini o Visconti que lograron que el mundo se tomase su cine en serio. También llegaría el peplum y el cine de arena y sandalia de la década de los 50. Y, en los 60, la violencia enfática y explícita del spaghetti wéstern de Leone, Sollima, Corbucci, Valerii o Castellari que logró que Hollywood les mirase con respeto. Y llegarían la Loren y la Lollobrigida y Mastroiani y Gassman y Manfredi. Y el cómico spaghetti wéstern y el noir italiano y los Oscars de Giusseppe Tornatore y Roberto Benigni.

Lo que es innegable es que el cine italiano empezó a hacerse y a tomarse en serio a partir de unas comedias sencillas auspiciadas por el régimen, pero hechas, escritas, interpretadas y producidas con muchísimo mimo y que solían empezar con una lánguida signorina de cara angelical que, diciendo pronto, levantaba un teléfono blanco de baquelita.