Quizá no sea una película perfecta pero, si no lo es, no dista mucho de serlo. Con la muerte en los talones es un ejemplo de destreza narrativa, de inteligencia de recursos para crear suspense, de dominio del montaje, de ingenio y humor, de elegancia (de Cary Grant, como siempre, que no la pierde ni echando el cuerpo a tierra en la secuencia de la avioneta, y de Eva Marie Saint) y de identificación del espectador con el protagonista de la historia.