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Rambla de Barrachina

Cine

El enclave español que se convirtió en el Sáhara marroquí para 'Sirat'

La película sigue a Luis y a su hijo Esteban, que se adentran en el desierto buscando a Mar, la hija desaparecida en una rave clandestina

A medida que se acercan los Premios Goya, hay un título que suena cada vez más en las conversaciones cinéfilas: Sirat, la nueva película de Oliver Laxe. Más allá de la historia y de sus protagonistas, hay algo que se queda grabado en la memoria del espectador: los paisajes. Aquí no son solo un fondo bonito. Son parte del viaje, del ánimo de los personajes y de esa sensación constante de avanzar hacia algo que no se sabe muy bien qué es.

La película sigue a Luis y a su hijo Esteban, que se adentran en el desierto buscando a Mar, la hija desaparecida en una rave clandestina. Es un viaje físico, pero también emocional, y los escenarios son clave para transmitir esa mezcla de tensión, cansancio y esperanza que crece a cada kilómetro.

Aunque la historia se sitúa en el Sáhara, gran parte del rodaje se hizo en España, en Aragón, y más concretamente en la provincia de Teruel. Allí está uno de los lugares más impactantes del film: la Rambla de Barrachina. Es un cañón natural de tierra rojiza y anaranjada, con barrancos afilados y un suelo de arena y arcilla que se desmorona bajo los pies. Según la hora del día, el paisaje cambia por completo: por la mañana es suave y rosado; al mediodía, duro y casi blanco por el sol; al atardecer, parece arder en tonos ocres y naranjas.

En ese escenario se rodó la rave con la que arranca la película. La música electrónica retumba entre las paredes del cañón, el polvo se levanta en el aire y las siluetas de los bailarines se recortan contra el cielo. Lo curioso es que no fue solo una escena de cine: el equipo organizó un evento real que reunió durante horas a viajeros y colectivos de sonido en medio de ese paisaje salvaje. El contraste entre la fiesta y la soledad del entorno marca el tono de todo lo que viene después.

El rodaje no fue cómodo. Se llevó a cabo en pleno verano de 2024, con temperaturas extremas. En uno de los días más tensos, el equipo se vio sorprendido por una tormenta de arena que los dejó aislados en un valle. Además, empezó a llover, algo especialmente delicado en el desierto, donde el agua no se filtra igual y puede convertir el terreno en una trampa.

El desierto de la rambla de Barrachina

A pocos kilómetros, la historia cambia de registro en la Laguna de Tortajada. Allí, el paisaje seco se abre de repente a una lámina de agua tranquila, rodeada de vegetación baja y un horizonte casi plano. Es un lugar silencioso, donde el viento y los pasos se oyen más fuerte de lo normal. En la película se utiliza para una de las escenas más tensas, con vehículos cruzando el agua como si cada metro fuera una decisión importante.

El recorrido por Teruel se completa en la Cantera de Villarquemado. Es un paraje blanquecino, casi lunar, con suelos de yeso y rocas cubiertas de polvo. No hay sombras ni árboles, solo líneas duras y superficies abiertas. En pantalla, transmite la sensación de haber llegado a un límite, a un punto en el que el viaje deja de ser solo geográfico y se vuelve interior.

Pero Sirat también necesitaba el desierto real. Por eso, el equipo viajó a Marruecos. En la zona de Er Rachidia, conocida como la «puerta del desierto», los planos se llenan de carreteras rectas que se pierden en el horizonte, llanuras pedregosas y dunas lejanas que parecen no terminar nunca. La luz es más blanca, más intensa, y todo da la sensación de ser más grande que los propios personajes.

Sergi López, en un fotograma de Sirat

Más al este, cerca de la frontera con Argelia, aparece Bouarfa. Allí se rodó una de las imágenes más potentes de la película: un tren avanzando hacia el horizonte en medio de un paisaje casi vacío. El sonido del metal sobre las vías y la línea recta que se pierde en la distancia funcionan como una metáfora clara de la historia: seguir adelante, aunque no se sepa qué espera al final del camino.

Y es ahí donde el título cobra sentido. Sirât es una palabra de origen árabe que significa «camino» o «sendero», pero que en la tradición islámica alude también al puente que separa el paraíso del infierno. En la película, ese «camino» no es solo una carretera en el desierto, sino una travesía emocional.