Fundado en 1910

Fotograma de La tarta del Presidente

Crítica de cine

'La tarta del Presidente', la película iraquí que resucita el neorrealismo italiano

La cinta describe el horror de una generación que creció huérfana entre el miedo a un dictador y su régimen militar y el miedo a la guerra

En 1991, días después de que Sadam Hussein ordenara la invasión de Kuwait, el presidente de Estados Unidos, George Bush padre, impuso duras sanciones económicas a Irak y comenzó a bombardear distintas zonas del país. Como siempre ocurre, fue la población civil la que sufrió las consecuencias: los que no murieron tuvieron que afrontar una subida de los precios inasumible, escasez de alimentos y medicinas, y como consecuencia un aumento del pillaje y la delincuencia.

Ese es el marco en el que si sitúan las protagonistas de La tarta del Presidente: Lamia (Baneen Ahmed Nayyef) es una niña de diez años cuyos padres han muerto a consecuencia de los bombardeos. Vive con su anciana abuela, Bibi (Waheeda Thabet) en las marismas del Sur, en la zona fluvial donde confluyen el Tigris y el Eufrates. Habitan una pobre cabaña hecha de juncos y palos, y Lamia tiene que ir al colegio en una barca que rema ella sola.

Su mejor amigo es Saeed (Sajad Mohamad Qasem), un vecino y compañero de clase cuyo padre ha perdido una pierna a causa de una bomba. La historia arranca cuando, en un sorteo escolar, a Lamia le toca hacer una tarta para celebrar el cumpleaños de Sadam. Si no lo hace, ella y su abuela pueden sufrir incluso el arresto por desafección al régimen. Pero Bibi no tiene dinero para comprar huevos o harina, cuyo precio está por las nubes.

Hace años empezaron a llegar de oriente, tanto de Asia sobre todo Irán como de Medio Oriente –sobre todo China–, películas que recuperaban a su manera el espíritu del neorrealismo italiano que en occidente habíamos perdido. Nos referimos a esa genialidad que consistía en contar historias muy duras de carácter social, y hacerlo con una mirada luminosa y humanista que permitían que la última palabra fuera la belleza y no el nihilismo triste, la fe en el ser humano y no la desesperanza.

Dicho de otra manera, los neorrealistas conseguían que el espectador saliera del cine con una sonrisa tierna ante una historia que en manos de otros directores hubiera terminado provocando lágrimas amargas. La tarta del Presidente se injerta en esa forma de hacer cine. En primer lugar, ya es interesante que tratando el tema que trata, la película sea una coproducción entre Irak y Estados Unidos. El director, Hasan Hadi, es un joven iraquí que afronta su primer largometraje a partir de un guion propio y recreando la época de su infancia cerca de los lugares donde la vivió.

Desde un punto de vista puramente exterior la película describe el horror de una generación que creció huérfana entre el miedo a un dictador y su régimen militar y el miedo a la guerra contra el todopoderoso ejército norteamericano y sus aliados. Bombas, hambre, angustia… a lo que se añaden las propias miserias humanas de los paisanos: estafas, abusos, robos, engaños…

En ese contexto tan poco halagüeño, Lamia brilla con luz propia gracias a su inocencia, a su pureza, a su bondad y a su inteligencia. Ella consigue que toda esa sordidez se redima de alguna manera gracias a su grandeza a pesar de su pequeñez. Bibi y Saeed también contribuyen a pintar ese retrato humano, por otra parte tan lleno de matices.

Aunque el final nada tiene que ver con un desenlace hollywoodiense, los últimos planos merecen entrar en la historia del cine por la puerta grande. En las miradas de Lamia y Saeed está todo. El mundo entero. El hombre integral. La película ha obtenido numerosos premios, destacando la Cámara de Oro del Festival de Cannes. Sorprende que no esté nominada al Oscar a mejor película internacional.