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Luis Barboo, en una imagen de archivo

Cine

El actor español que murió cien veces a manos de Clint Eastwood y Kirk Douglas

Nacido en Vigo y con raíces maternas en Chantada, Luis Barboo pasó de los paisajes gallegos a rodar películas junto a grandes estrellas internacionales

A veces el cine está lleno de rostros que todos recuerdan, pero cuyo nombre pocos saben decir. Luis Barboo era uno de ellos. Bastaba verlo aparecer en pantalla –con su complexión fuerte, su mirada intensa y aquella cicatriz bajo el ojo izquierdo– para saber que algo iba a pasar: una pelea, un duelo, una escena de acción… o una muerte cinematográfica más que añadir a su larga lista. Porque sí, fue uno de esos actores que murieron decenas de veces en ficción, a manos de héroes interpretados por estrellas como Clint Eastwood o Arnold Schwarzenegger, y aun así logró algo más difícil que la fama: ser inolvidable.

Nació en Vigo en 1927, en una familia acomodada y llena de personalidades singulares. Su padre, Pepe Bar, había participado en la fundación del Celta, y uno de sus hermanos, Xosé Bar Boo, acabaría siendo considerado el padre de la arquitectura gallega moderna. Pero Luis no parecía destinado a despachos ni planos técnicos. Desde joven sintió atracción por el espectáculo físico y terminó dedicándose al circo como acróbata, una etapa que marcaría su futuro sin que él lo supiera. Aquella habilidad corporal y su resistencia al riesgo serían, años después, su mejor carta de presentación ante las cámaras.

Su entrada en el cine llegó en 1963 con Sandokán, el magnífico, aunque el gran punto de inflexión se produjo solo un año después. En 1964 apareció en Por un puñado de dólares, el western de Sergio Leone que lanzó al estrellato a Clint Eastwood y cambió la historia del género. El papel de Barboo era pequeño, pero suficiente para abrirle la puerta a una carrera internacional. Desde entonces encadenó rodajes en el universo del spaghetti western, el cine de acción, el fantástico e incluso el terror, convirtiéndose en uno de esos secundarios todoterreno que los directores sabían aprovechar.

Su físico y su peculiar cicatriz lo encasillaron a menudo como villano, bandido o mercenario. Aquella marca tenía una historia muy real detrás: de adolescente, durante una estancia en Chantada (tierra natal de su madre), se clavó una rama jugando y le dañó el nervio trigémino. La operación le salvó, pero dejó una señal permanente que acabaría siendo casi su sello profesional. Lo que en otro contexto habría sido un accidente desafortunado, en el cine se transformó en un rasgo distintivo que lo hacía perfecto para personajes duros.

Su cicatriz en la mejilla se convirtió en una de sus señas de identidad

A lo largo de más de treinta años participó en decenas de producciones y trabajó bajo las órdenes de directores especializados en acción y aventuras, además de colaborar con figuras internacionales. Compartió pantalla con Charlton Heston, se movió con naturalidad entre espadas, revólveres y batallas épicas, y llegó incluso a aparecer en Conan el bárbaro como mentor del musculoso héroe interpretado por Schwarzenegger. Su presencia no era protagonista, pero sí constante y reconocible.

Quienes lo trataron fuera de los rodajes coinciden en que su carácter no tenía nada que ver con los tipos duros que interpretaba. Era cercano, curioso y profundamente ligado a sus raíces gallegas. Volvió en varias ocasiones a la tierra de su familia materna, donde visitó lugares de su infancia y se interesó por historias locales como si siguiera siendo aquel niño que corría entre fincas y árboles antes de conocer los focos. Su trayectoria se cerró en 1993 con un proyecto gallego, O camiño das estrelas: Galicia, casi como un círculo que se completa. Ocho años después, en septiembre de 2001, falleció.