Clint Eastwood, en una imagen de archivo
Cine
Los dos mejores westerns de Clint Eastwood, según él mismo
Son las dos obras favoritas del cineasta estadounidense
Cuando se habla de Clint Eastwood y el western, es fácil pensar en su etapa como el Hombre sin Nombre en la trilogía del dólar o en el impacto cultural de sus personajes armados hasta los dientes. Sin embargo, cuando el propio cineasta ha señalado cuáles considera los mejores westerns de su carrera como director, su elección ha sorprendido: no son sus títulos más comerciales ni necesariamente los más populares entre el gran público.
Eastwood ha destacado especialmente dos películas: El fuera de la ley y Sin perdón. Ambas representan momentos muy distintos de su trayectoria y asimismo reflejan su evolución artística y su mirada crítica hacia el mito del Viejo Oeste.
Estrenada en 1976, El fuera de la ley (The Outlaw Josey Wales) llegó en una etapa clave para Eastwood. Ya no era solo el actor asociado al spaghetti western, sino un director que buscaba dotar al género de mayor profundidad moral y emocional. La película sigue a un granjero de Misuri cuya familia es asesinada durante la Guerra Civil estadounidense. Devastado, el protagonista se convierte en un forajido perseguido por las autoridades, mientras arrastra un profundo resentimiento y una herida imposible de cerrar.
Una mirada más allá del mito
Lejos de glorificar la violencia, esta obra explora cómo ésta transforma y endurece a quienes la sufren. Eastwood construye un relato donde el héroe es también víctima, y donde el viaje no es solo físico, sino interior. El western deja de ser una aventura épica para convertirse en una reflexión sobre la pérdida, la supervivencia y la posibilidad o al contrario imposibilidad de redención.
Esta obra, lejos de glorificar la violencia explora cómo ésta transforma y endurece a quienes la sufren. Eastwood construye un relato donde el héroe también es víctima y donde el viaje no es solo físico si no también interior. El western deja de ser así únicamente una aventura épica para convertirse en una reflexión sobre la pérdida, la supervivencia, la posibilidad o al contrario, imposibilidad de redención.
Años más tarde, en 1992, Eastwood regresó al género con Sin perdón, una obra que muchos críticos consideran la culminación de su relación con el western. En esta ocasión interpreta a William Munny, un antiguo pistolero retirado que acepta un último encargo para mantener a sus hijos. Y aunque el planteamiento parece clásico, la manera de abordar la trama es radicalmente distinta: no hay romanticismo ni épica. Nos muestra el peso de cada disparo, de cada muerte, la carga que conllevan, las cicatrices y las contradicciones morales que cargan cada personaje.
Clint Eastwood, con el Oscar a la mejor película y a la mejor dirección por Sin perdón
La película desmonta el mito del pistolero heroico y cuestiona la construcción legendaria del Oeste. El sheriff, el forajido, la víctima … todos quedan expuestos bajo una mirada que revela la crudeza y la banalidad de la violencia. No es casual que Sin perdón ganara cuatro premios Óscar, incluidos mejor película y mejor dirección, consolidando a Eastwood como uno de los grandes autores del cine contemporáneo.
Al elegir estas dos películas como las mejores de su carrera en el género, el cineasta no está reivindicando la acción o el espectáculo, sino la complejidad moral. Ambas obras muestran un Oeste humano, auténtico, lleno de matices y alejado del heroísmo simplista. En ellas, el director parece dialogar con su propia leyenda y, de algún modo, desmontarla.
Quizá por eso su elección sorprende: porque en lugar de celebrar el mito que ayudó a construir, Eastwood prefiere destacar aquellas películas que lo cuestionan desde dentro.