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Susan Sarandon, al recoger su premio de manos del director de la Academia de Cine, Fernando Méndez-Leite

Susan Sarandon, al recoger su premio de manos del director de la Academia de Cine, Fernando Méndez-LeiteGTRES

Cine

Susan Sarandon, la actriz que defiende el aborto y se viste de víctima por el olvido de Hollywood

Su paso por España, con elogios a Pedro Sánchez y un mensaje contundente sobre Gaza, ha vuelto a encender el debate: ¿voz valiente o celebridad adicta a la polémica

A sus 79 años, Susan Sarandon ya no es solo una estrella de Hollywood. Es, sobre todo, un personaje político. Una actriz que ganó un Oscar y que hoy genera más titulares por lo que proclama en manifestaciones que por lo que interpreta en pantalla. En Barcelona, donde recibió el Goya Internacional el pasado 28 de febrero, no se limitó a agradecer el premio. Llegó con discurso preparado. «Hay que cambiar el mundo. Hay que pasar a la acción», dijo ante la prensa. Vestida con un traje negro y una chapa azul en forma de sandía con el lema 'Free Palestine', dejó claro que su paso por España no sería discreto. Elogió la postura del país sobre Gaza, alabó al Gobierno y remató con una frase que agitó el ambiente: «Pedro Sánchez es alto, guapo y está en el lado correcto de la historia».

Sarandon sostiene que su activismo le ha pasado factura profesional. «Mi agente me despidió por ir a una manifestación por Gaza. Me han impedido salir en televisión y trabajar en Hollywood», afirmó. Según su versión, ahora sobrevive con proyectos independientes europeos. Sus simpatizantes ven en ese relato una prueba de censura ideológica. Sus detractores, en cambio, lo interpretan como el ejemplo clásico de celebridad que convierte cualquier foco en tribuna y luego se presenta como víctima de las consecuencias. En ese clima de polémica constante, sus palabras en España tampoco pasaron desapercibidas: el Partido Popular reaccionó ofreciéndose públicamente a explicarle 'la realidad' del país, un gesto que evidencia hasta qué punto cada intervención suya termina convertida en debate político.

En realidad, su historial militante viene de lejos. Protestó contra la guerra de Irak, criticó al Partido Demócrata cuando consideró que no era lo bastante progresista y fue arrestada en 2018 en Capitol Hill durante protestas contra las políticas migratorias de Donald Trump. Lejos de incomodarla, defendió su detención públicamente y aseguró sentirse orgullosa. También fue arrestada en una protesta de la organización One Fair Wage, que reclamaba mejores salarios para camareros en Nueva York. Su activismo no distingue entre causas globales y reivindicaciones sectoriales: interviene en todo y opina de todo, incluso cuando nadie se lo pide

Defiende el aborto legal, el feminismo, los derechos LGTBIQ+ y la abolición del ICE, organismo al que ha calificado de 'inconstitucional e ilegal'. Sobre Gaza ha sido especialmente rotunda, hablando de 'aniquilación del pueblo palestino' y acusando implícitamente a su propio país de complicidad. Ese tono categórico es precisamente lo que la ha convertido en símbolo del ala más combativa y polémica de la izquierda hollywoodense, la que no matiza y rara vez duda en sus diagnósticos.

En 1993 ya utilizó la gala de los Oscar para denunciar el trato a refugiados haitianos con VIH, un gesto que irritó a parte de la industria. Ella recuerda aquel momento como un acto de valentía. Otros lo vieron como una utilización política de un evento que no era el lugar para hacerlo. Ese desacuerdo resume bien su trayectoria pública: donde unos ven coherencia, otros ven oportunismo.

Fotograma de Susan Sarandon  unto Julia Roberts en Quédate a mi lado

Fotograma de Susan Sarandon (izquierda) junto Julia Roberts en Quédate a mi lado

Su filmografía también ha alimentado su imagen ideológica. Películas como Thelma & Louise se convirtieron en bandera feminista y The Rocky Horror Picture Show en icono queer. Sarandon sostiene que el cine tiene responsabilidad social y que los actores deberían pensar qué mensajes transmiten. No todos comparten esa visión. Hay quienes creen que el actor debe actuar y que el activismo permanente termina eclipsando el trabajo artístico.

Ahí está la paradoja que define su figura. Sarandon no quiere ser solo actriz; quiere ser altavoz. Y eso divide. Para algunos es coherente y valiente. Para otros, excesiva y oportunista. Pero a estas alturas hay algo indiscutible: en el caso de Susan Sarandon, la polémica ya no es una consecuencia. Es parte del personaje.

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