Carmen Maura y Marta Etura, en Calle Málaga
Crítica de cine
'Calle Málaga': la película de Carmen Maura que te enseña a volver a empezar con 80 años
Interpreta a una anciana viuda española que lleva toda su vida viviendo en Tánger
La breve filmografía de Maryam Touzani demuestra que estamos ante una cineasta de clara vocación humanista y social. Su propia biografía la sitúa como puente entre la cultura española cristiana y la magrebí musulmana. En el centro de sus preocupaciones está la familia, la mujer, la maternidad, y sobre todo, las personas obligadas a vivir en una marginalidad moral y silenciosa.
En Adam (2019) se adentra en el encuentro entre una viuda con heridas de su pasado y una soltera embarazada; en El caftán azul (2022) aborda la homosexualidad en una sociedad llena de tabús. Calle Málaga es la menos deslumbrante de las tres a nivel estético y antropológico, pero ello no significa que no sea una buena película con muchos puntos de interés.
María Ángeles (Carmen Maura) es una anciana viuda española que lleva toda su vida viviendo en Tánger. Hace veinte años que enviudó y desde entonces ha sabido vivir sola pero muy integrada en su barrio y siendo muy querida por sus vecinos. Pero esa paz se va a ver amenazada cuando le visita su única hija Clara (Marta Etura), y le comunica que quiere vender la casa de Tánger porque está en serios apuros económicos. María Ángeles no quiere considerar ni siquiera la posibilidad de irse a vivir con su hija a Madrid.
La película afronta diversas cuestiones entrelazadas: la relación entre identidad y raíces, la naturaleza del vínculo maternofilial, el amor erótico en la tercera edad, la convivencia armónica entre religiones y culturas, y el valor de las cosas más allá de su traducción económica en una cosmovisión capitalista.
Carmen Maura es la columna vertebral del film y demuestra cómo a sus ochenta años sigue siendo una magnífica actriz. En alguna escena se le escapa esa Carmen Maura más almodovariana que rompe un poco el tono, como en la de la peluquera o algunas conversaciones con su amiga la monja.
Touzani es fiel a su estilo costumbrista y detallista, con aroma de neorrealismo poético e incluso con aderezos de realismo mágico, y por eso llama la atención cuando en algún momento desciende a lo más ramplón. Su cine no es de discursos, sino de pequeñas batallas personales que en realidad son auténticamente revolucionarias.
Por otra parte, la directora evita juzgar a los personajes, sus decisiones y conductas, tratando de ser honesta con todos los puntos de vista. Touzani consigue una película humana y agradable, abierta, sin respuestas fáciles, qué deja al espectador pensando sobre cuál es la salida mejor para los personajes.
No podemos obviar la colaboración en el guion, como siempre, de su marido, el cineasta Nabil Ayouch, en una complicidad creativa que recuerda a la de Greta Gerwig y Noah Baumbach. La película se estrenó en el Festival de Venecia y posteriormente fue seleccionada por Marruecos como candidata al Oscar 2026 a Mejor Película Internacional.