La valentía de François Ozon al adaptar la obra cumbre de Albert Camus es, en sí misma, una noticia excelente para el cinéfilo. En un panorama saturado de efectos visuales, esta película destaca por su austeridad y su fidelidad al espíritu existencialista del original. Lo que la hace única es su capacidad para retratar la alienación de Meursault sin juzgarlo, permitiendo que el espectador se enfrente a la 'indiferencia del mundo'. Es una obra necesaria para reflexionar sobre la verdad, la moral pública y la soledad del hombre contemporáneo ante un sistema que no comprende la sinceridad absoluta.