Fernando Fernán Gómez
Cine
Fernán Gómez y su polémica frase: «¿Cómo me va a gustar una mujer por culta? Me enamoraba solo si eran guapas»
Detrás de la silla de la RAE y de una filmografía que es historia de España, se escondía un hombre de impulsos indomables
El mítico actor, director y escritor Fernando Fernán Gómez se sinceró en el documental de 2006 La silla de Fernando, de David Trueba y Luis Alegre, confesando algo que hoy en día sigue siendo tan polémico como revelador: su rendición absoluta ante la estética por encima de cualquier otro atributo. En una etapa de su vida donde ya no le debía nada a nadie, este gigante de las letras y las artes confesó que siempre se enamoraba «de las más guapas, no de la más simpática». Con su característica franqueza y esa voz profunda que imponía respeto, explicó: «Yo me he enamorado simplemente si eran guapas. Si había tres o cuatro, me enamoraba siempre de la más guapa, no de la más simpática. Me han caído mal siempre las mujeres que no eran muy bellas pero en cambio eran simpatiquísimas».
El actor y escritor Fernando Fernán Gómez
Para el cineasta, la cultura era algo que se debía aprender, pero nunca un factor que le generara atracción física. «¿Pero cómo me va a gustar una mujer por culta? No lo digo como chiste, sino que me parece inverosímil. Me puede gustar por culta para maestra. Pues que venga de seis a siete y me enseñe Filosofía medieval, por ejemplo. Lo otro es que no tiene relación», aseguró dejando claro que su prioridad absoluta era la belleza. Admitió incluso, con una honestidad que rozaba la provocación, sentir una inexplicable animadversión a aquellas mujeres que, careciendo de atractivo físico, intentaban compensarlo con simpatía. Esta declaración sigue siendo analizada hoy como un reflejo de la mentalidad de su tiempo o, simplemente, como la última transgresión de un hombre que odiaba la hipocresía por encima de todas las cosas.
Nacido por azar en Lima en 1921 durante una gira de su madre, la actriz Carola Fernán-Gómez, Fernando fue un 'hijo del teatro' que desarrolló una carrera inabarcable de más de seis décadas. No solo fue un actor de registros infinitos, capaz de pasar de la comedia más disparatada al drama más sombrío, sino también un intelectual de primer orden, ocupando el sillón 'B' de la Real Academia Española desde el año 2000. Su filmografía como director dejó joyas como Manicomio (1954) y El malvado Carabel (1956), pero fue con La vida por delante (1958) donde revolucionó la narrativa del cine español. Su versatilidad le permitió brillar en títulos inolvidables como El espíritu de la colmena, Mamá cumple cien años, Belle Époque, El abuelo o La lengua de las mariposas, y alcanzar la cumbre de su prestigio literario con la obra teatral Las bicicletas son para el verano, que se convirtió en un símbolo de la memoria de la Guerra Civil.
Su madurez artística coincidió con la Transición, un periodo de modernización en el que las normas sociales españolas estaban en pleno cuestionamiento. En este contexto, sus palabras sobre las mujeres pueden verse hoy como un vestigio del patriarcado de la época, aunque para sus contemporáneos representaban la autenticidad de un hombre que se negaba a morderse la lengua frente a la corrección política que empezaba a imperar. Esa misma pasión que ponía en sus opiniones marcó su vida sentimental. Tras su matrimonio con la gran voz de la canción María Dolores Pradera, con quien tuvo a sus hijos Helena y Fernando, y su mediático romance con Analía Gadé, encontró finalmente su equilibrio junto a la actriz y escritora Emma Cohen, su compañera y cómplice absoluta hasta el final de sus días.
El último acto de este genio tuvo lugar el 21 de noviembre de 2007. Fernando Fernán Gómez falleció a los 86 años en el hospital madrileño de La Paz, víctima de una insuficiencia cardiorrespiratoria agravada por un cáncer de colon que padecía desde tiempo atrás.
Su muerte provocó una ola de luto nacional. Su féretro fue instalado en el Teatro Español, cubierto por la bandera anarquista en honor a sus convicciones ideológicas, mientras miles de ciudadanos acudían a despedir al hombre que mejor supo representar la contradicción española: la mezcla de un temperamento volcánico -famosos fueron sus estallidos de mal humor frente a la prensa- y una sensibilidad intelectual exquisita. Se marchó dejando un vacío irremplazable y la certeza de que, para él, la verdad, por cruda o estética que fuese, siempre debía estar por encima de las apariencias.