Meryl Streep y Anne Hathaway, en El diablo viste de Prada 2
Crítica de cine
'El diablo viste de Prada 2': el discreto encanto del síndrome de Estocolmo
Una proeza descarada, irónica y sumamente divertida
Resulta cuanto menos irónico que uno de los momentos más glamurosos y mediáticos que ha vivido la industria de la moda en meses sea el estreno de una película que satiriza su decadencia. Veinte años después del éxito de El diablo viste de Prada, la esperada segunda parte llega ahora a los cines con los intentos de Miranda Priestly de guiar a la revista Runway a través del declive de la publicación impresa y su paso al mundo digital.
Esta secuela, gestada durante las últimas dos décadas, arroja luz sobre una industria, ya sea la de la moda o la del periodismo, que se ha visto trastocada por el colapso de lo tradicional. «Lo asombroso de ello es que nunca pierde su atractivo», dijo su director, David Frankel, en el estreno de la película en la National Gallery de Londres que más parecía la gala del MET que una premiere cinematográfica.
Quizás ahí también reside parte del éxito de la franquicia. Es tan preciosista porque nació desde dentro, en las bambalinas de la revista Vogue donde trabajó durante un tiempo Lauren Weisberger como asistente de la dama dragona en la que se basa el papel de Meryl Streep, Anna Wintour. En su día Weisberger fue denunciada por alta traición por desvelar en una novela cómo la había tratado su anterior jefa y cientos de diseñadores se negaron a prestar ropa a la película por miedo a las represalias de la misma.
Ahora la situación ha dado un giro radical. La secuela rebosa prendas de diseñador cedidas con entusiasmo y varios cameos que no desvelaremos, pero que entusiasmarán a los seguidores de las pasarelas. El diablo viste de Prada 2 se ha convertido en una parte entrañable de la mitología de la moda, y editores y modistas se desviven por sumarse al revuelo que la rodea. Y no es para menos.
La película no solo es inteligente, sino también sorprendente, conmovedora y mucho más disfrutable de lo que cabría esperar para una segunda parte. Sinceramente, se necesita talento para crear no una sino dos historias en torno a la reina del universo que nunca deja las gafas de sol en casa y lograr que sea un placer verlas.
Stanley Tucci y Anne Hathaway, en sus papeles de Nigel Kipling y Andy Sachs
La fuerza motriz y el alma de la película es sin duda Meryl Streep. Es fría, exigente e implacable, y, a la vez, hilarantemente divertida. Se ha alabado durante décadas su capacidad para el drama, pero es bastante desconocido su talento innato para la comedia. Su Miranda está «decepcionada» con casi todos a su alrededor y termina prácticamente cada frase con el típico «es todo» al que estamos acostumbrados. Es plenamente consciente de su poder y cuestionarla equivale a recoger tus cosas y buscar otro trabajo.
Como contrapunto, retoma también su papel Anne Hathaway como Andy Sachs, la «gorda, pero lista» exasistente de Miranda que ahora triunfa como periodista de investigación y vuelve a Runway como responsable editorial para devolverle la credibilidad que ha ido perdiendo con el paso de los años. Sigue siendo tierna e ingenua, pero la experiencia y el trabajo han hecho de ella la mejor opción para revitalizar la alta costura escrita desde dentro.
Frankel dice adiós a la trama romántica insípida de la primera y se acoge a cierto sentimentalismo al retratar lo que es, en esencia, una relación sadomasoquista entre mentor y discípulo. Andy soporta toda la humillación que Miranda le inflige, pero dentro de esa dinámica perversa, se desarrolla un respeto mutuo de forma convincente y conmovedora hasta plantearnos cierto síndrome de Estocolmo.
Tanto ella como Streep y los inolvidables Emily Blunt y Stanley Tucci en los papeles de Emily Charlton y Nigel, extraen la malicia de su antecesora para lograr una proeza descarada, irónica y tan cómica como dramática. Consiguen ese equilibrio perfecto entre nostalgia e historia original, justo lo que necesita una secuela para continuar con un legado que suena a Vogue de Madonna como banda sonora y cuya principal moraleja es, entre otras, que el papel siempre será la alta costura del periodismo.