Hersha Parady, en un fotograma de La casa de la pradera
Cine
La oscura realidad detrás de las cámaras de 'La casa de la pradera'
Alcoholismo, control y una sombra radiactiva: las tragedias reales que superaron la ficción del clásico televisivo
Detrás de la imagen idílica y reconfortante de La casa de la pradera —la famosa y emblemática serie que marcó a tantas generaciones con sus lecciones de moralidad y amor familiar—, se esconde una realidad mucho más triste de lo que podríamos imaginar. Si investigamos sobre su producción, es imposible no asombrarse ante el contraste radical entre la entrañable Walnut Grove y lo que verdaderamente ocurría detrás de las cámaras.
El rodaje estuvo lejos de ser el espacio sano que proyectaba la pantalla; de hecho, varios miembros del reparto lo recuerdan como un entorno profundamente tóxico. La figura central, Michael Landon, quien daba vida al ejemplar padre de familia Charles Ingalls, distaba mucho de su personaje. Detrás de bambalinas, el equipo lidiaba con su fuerte alcoholismo —con un consumo desmedido de vodka y cerveza durante las jornadas laborales— y un estilo de liderazgo autoritario y controlador que generaba tensiones constantes, algo que actrices como Karen Grassle confirmaron años después en sus memorias.
Fotograma de La casa de la pradera
Además, aunque las tramas de la serie no escatimaban en tragedias ficticias como epidemias o adicciones a la morfina, la realidad del set llegó a superar la ficción. Existe una inquietante y duradera sombra sobre el lugar de grabación ubicado en Simi Valley, California: se sabe que la zona estuvo expuesta a la contaminación radiactiva tras un desastre nuclear parcial en 1959. Décadas más tarde, un alarmante número de actores y técnicos del equipo (incluido el propio Landon) fallecieron a causa de agresivos tipos de cáncer, lo que alimentó la teoría de una 'maldición' real en el set.
A apenas unas semanas de que se estrene en Netflix la nueva versión que promete rescatar este universo, resulta fascinante y, a la vez, escalofriante redescubrir que el verdadero drama de los Ingalls no estaba en el guion, sino en la realidad que vivían a diario los actores y productores en las bambalinas de Hollywood.