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Billy Wilder y Marilyn Monroe, en el rodaje de Con faldas y a lo loco

Cine

El motivo que llevó a Billy Wilder a dirigir películas

El director estuvo más de diez años siendo guionista de Lubistch y Leisen hasta que dio el salto a la dirección

El éxito del director Billy Wilder, responsable de obras maestras definitivas de la historia del cine como Con faldas y a lo loco, El crepúsculo de los dioses, Perdición o El apartamento, parte de un hecho que en ocasiones no se subraya lo bastante. Y es que fue el guionista de todas las películas que dirigió, algo que es indispensable enfatizar cuando se habla de su obra, porque Billy Wilder fue, sobre todo, un guionista.

Cuando el genio de la comedia debutó en la dirección en 1942 con El mayor y la menor, ya llevaba una década escribiendo guiones brillantes. Wilder había llegado a Estados Unidos en 1934 sin apenas hablar inglés después de haber trabajado cinco años como reportero en Viena y Berlín y como guionista en los estudios UFA alemanes. Pero la llegada del nazismo le hizo huir de Europa hasta recalar en Hollywood. Fue otro austrohúngaro, Peter Lorre (Arsénico por compasión, M: el vampiro de Düsseldorf), el que le introdujo en la industria donde Wilder empezó vendiendo historias cortas a la Paramount; asombrada por su ingenio, le metió en su plantilla de guionistas en 1936.

Ahí le unieron al escritor Charles Brackett, un abogado refinado, aristocrático y culto con quien el estilo mordaz y ágil del aquel desconocido vienés casaba a las mil maravillas. Entre 1938 y 1941 firmaron las encantadoras Reina a los 14 años, What a life y Rhythm on the river, pero sobre todo, entablaron dos rotundas y fructíferas relaciones con dos ases de la comedia, Ernst Lubitsch y Mitchell Leisen.

Para el primero escribieron la magnífica La octava mujer de Barba Azul, una de las cumbres de la screwball comedy con Claudette Colbert y Gary Cooper y Ninotchka, la obra maestra definitiva del director en la que Greta Garbo rio por primera vez. El aprendizaje que supuso para Wilder trabajar con el director alemán, su verdadero maestro y amigo, se vio resumido en el cartel que colgó de la pared de su oficina durante más de cuarenta años y que decía: «¿Cómo lo haría Lubitsch?». Y es que la sofisticación y fina ironía de aquel genio de la comedia fue la verdadera inspiración de todas sus películas.

Para Mitchell Leisen, Wilder y Brackett escribirían Medianoche, otra de las joyas indiscutibles de la screwball comedy también con Claudette Colbert; y las algo más melodramáticas Adelante mi amor y Si no amaneciera, la primera sobre un reportero de guerra y la segunda sobre un seductor europeo y una maestra norteamericana. Todas redondas, todas magníficas. Y, sin embargo, Wilder no se llevó nunca bien con Leisen, un director que no respetaba el trabajo de los guionistas.

La razón por la que Wilder y Brackett rompieron su relación con él sucedió durante el rodaje de Si no amaneciera en 1941 cuando Charles Boyer se negó a interpretar una escena en la que tenía que hablar con una cucaracha. Leisen, incapaz de defender el trabajo de los dos escritores, cedió a las ínfulas del actor y eliminó la escena cortándola de cuajo. Wilder y Brackett, furiosos reescribieron el resto de escenas de Boyer, reduciéndolas al mínimo y jurando que no volverían a trabajar con ninguno de los dos.

Sobre esos años en que sus guiones eran una pieza más de la maquinaria que el director, el productor o los actores podían hacer y deshacer a su antojo, Wilder diría: «Ser guionista en Hollywood es como ser un eunuco en una orgía: ves cómo todos hacen todo, pero tú no puedes participar».

Perdición, de Billy Wilder

La solución ante tanta frustración fue una: «No me hice director porque tuviera una visión estética determinada o quisiera ser un déspota en el plató. Lo hice por proteger mis guiones». Así que Wilder aprovechó la última bala que le quedaba en el cargador. Pidió a Samuel Goldwyn que le permitiera estar presente durante el rodaje de la última película que tenían firmada, Bola de fuego, a cuyo director, Howard Hawks, quería ver trabajar en el plató y logró que le permitieran dirigir el siguiente guion que tenía terminado, El mayor y la menor, un proyecto modesto que los productores le entregaron pensando que no iría bien y que le quitaría de la cabeza aquel capricho estúpido. Sin embargo, la película fue un éxito total y Wilder ya nunca abandonaría el asiento del director donde se sentó otras 24 veces.

El resto… es historia.