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Charles Bronson protagonizó numerosas películas de acción a lo largo de su carrera

Cine

Charles Bronson y cómo empezó el «cine de vigilantes»

Con una película pequeña de los años 70 la sociedad se sintió identificada, pero hubo enormes críticas por el temor a que incitara a la violencia

En 1974, Charles Bronson había dado un giro a su carrera. Durante los diez años anteriores había hecho principalmente películas bélicas como La batalla de las Ardenas y La gran evasión y wésterns como Hasta que llegó su hora o Villa Cabalga. Sin embargo, entrada la década de los 70 y con 50 años, empieza protagonizar buenas películas de acción como Los secretos de la Cosa Nostra, Fríamente… sin motivos personales, América violenta o Mr. Majestyk en las que da vida a policías o asesinos a sueldo.

Sin embargo, aquel año protagoniza El justiciero de la ciudad -en versión original Death Wish- y todo cambia. La cinta de Michael Winner cuenta la historia de un pacífico arquitecto que se transforma en un justiciero al margen de la ley después de que su mujer y su hija sufran una brutal agresión. Esta idea del vengador no era nueva y se había visto ya mil veces en el cine de aventuras, el wéstern y el noir. Sin embargo, lo interesante es que ésta iba más allá del mero «cine de vengadores» donde el protagonista se limita a hacer pagar a alguien por lo que le han hecho, sino que su lucha es contra el sistema y que mientras la policía intenta darle caza, la ciudadanía aplaude sus actos como los de un auténtico y necesario justiciero. Todo ello narrado desde un pesimismo profundo, sin un ápice de esperanza en las instituciones ni en la justicia.

La película desató una de las controversias político-culturales más intensas del cine de la década porque polarizó las opiniones de crítica y público lo que sirvió de catalizador de las tensiones sociales de una época enormemente convulsa en Estados Unidos. Para empezar, en el núcleo del debate estaba la legitimación de la violencia. Gran parte de la crítica estadounidense, con el legendario Roger Ebert del Chicago Sun Times a la cabeza, acusó al filme de hacer apología de la violencia y propaganda reaccionaria, además de incitar al odio, promover la paranoia urbana y ser reduccionista al mostrar los problemas de América donde la desconfianza en las instituciones estaba generalizada por la inseguridad ciudadana, el escándalo Watergate o la crisis del petróleo del 73.

Así que la historia de este hombre que decide acabar con la delincuencia acabó funcionando como una especie de catarsis colectiva mediante la cual se canalizó la frustración de la clase media que, como su personaje, miraba impotente la inoperancia del sistema judicial y policial en una América al borde del colapso. Por eso los sociólogos interpretaban con estupor que los cines se llenaran de aplausos y vítores cada vez que Bronson disparaba a los criminales porque podía tener un efecto llamada incontrolable.

El propio actor fue señalado por los detractores de la película que la acusaban de incitar al vigilantismo y a la violencia paramilitar. Pero él salió siempre al paso argumentando que el filme era una advertencia, no una apología: «El mensaje de la película es exactamente el mismo que el de muchas de mis otras historias: La violencia es absurda porque solo engendra más violencia».

La controversia también vino con las diferencias fundamentales con la novela de Brian Garfield de 1972 en que se basaba. Si bien en aquella había una advertencia explícita contra esa idea de vigilante omnisciente mostrando a un hombre que se destruía a sí mismo al entregarse a la violencia, en el filme de Bronson no había tal degradación moral y psicológica, sino que la tragedia moral de su personaje se convertía en una especie de glorificación de la violencia callejera.

Y la polémica llegó también por la representación misma de la violencia y la constatación de que en nuestras calles reside un mal lacerante en forma de pandillas deshumanizadas donde sus integrantes se entregan a una especie de mal nihilista y desesperanzado. Negros y latinos en su mayoría, su forma de acechar al blanco acomodado alimentaba la narrativa del «miedo a la gran ciudad» de la era Nixon, lo que le hizo ganarse toda clase de acusaciones de clasismo y racismo y de ser, en definitiva, «cuasifascista».

Sin embargo, nada de esta barbarie que presenta la película apartó al público de las salas y se convirtió en un auténtico fenómeno de taquilla al recaudar 30 millones de dólares habiendo costado sólo 3,7. Bronson se convirtió enseguida en un icono de lo que empezó a llamarse «cine de vigilantes» sobre el que volvería con otras películas de autodefensa y salvajismo como Yo soy la justicia (1982), Al filo de la medianoche (1983), Justicia salvaje (1984) o El justiciero de la noche (1985).

El cine no tardó en darle a Bronson herederos naturales, desde Chuck Norris en los 80 y Jean-Claude Van Damme en los 90 a Keanu Reeves con John Wick en la época actual. Y es que el «cine de vigilantes», con esta especie de caballeros cruzados llevando a cabo su particular lucha ideológica, rozando casi la parábola social y el debate político empezó aquí, con esta película pequeña y casi maldita del año 74 que fue fundamental para que después surgiera una obra maestra que, sin ser de este género, definió el cine de los 70 y la violencia de la sociedad americana como pocas películas lo han logrado jamás. Hablamos de Taxi Driver. Pero esa… es otra historia.