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Fotograma de Luz que agoniza

Historias de película

La película del cine clásico que dio origen a la expresión «hacer luz de gas»

Su uso estaba tan extendido que pasó al lenguaje académico de la psiquiatría en los años 70

Desde el año 2014, la Real Academia Española acepta la expresión «hacer luz de gas» como traducción del término inglés gaslighting y lo define de la siguiente manera: «Intentar que alguien dude de su razón o juicio mediante una prolongada labor de descrédito de sus percepciones y recuerdos».

Pero, ¿de dónde viene una expresión tan particular, tan antigua casi, que evoca al siglo XIX, a los tiempos en que las lámparas y las farolas aún se iluminaban con gas?

El dramaturgo Patrick Hamilton, autor de éxito de importantes obras como La soga, escribió Luz de gas en 1938 y, en pocos meses, ya se estaba representando en el West End londinense y en el Broadway neoyorkino bajo el título de Angel Street. Ambientada en la Inglaterra victoriana, contaba la vida de Paula Alquist, sobrina de una de las divas de ópera más famosas del mundo que, tras ser asesinada después de una representación, es enviada a Italia a estudiar canto y olvidar. Allí se casa con un pianista que pronto empieza a manipularla para ir a vivir a su antigua casa de Londres hasta que, al poco de llegar, la anímicamente frágil protagonista empieza a oír extraños e inexplicables ruidos en el techo todas las noches mientras baja la luz de las lámparas de gas de la casa. A raíz de esos ruidos y percepciones que parece sólo percibir Paula mientras su marido lo niega y lo califica de alucinaciones, la cada vez más desvalida mujer se hundirá en un proceso de locura buscado intencionadamente por su marido que pretende ingresarla en un sanatorio y quedarse con la herencia millonaria de la tía que él mismo asesinó.

La obra de teatro alcanzó tal éxito en Reino Unido que en 1940 fue llevada al cine en una versión inglesa hoy prácticamente olvidada. Sólo cuatro años más tarde, la Metro Goldwyn Mayer preparó una de sus producciones más ambiciosas sobre el libreto de Hamilton con Ingrid Bergman y Charles Boyer como protagonistas y dirigida por George Cukor. Claustrofóbica y profundamente psicológica, Luz que agoniza -título con que se estrenó en España- fue un éxito total que ganó dos Óscars de los siete a los que optaba, uno de ellos, el de mejor actriz, y supuso uno de los grandes hitos del cine gótico de todos los tiempos, inquietante, brillante y tenebrosa como pocas películas de su época.

El tiempo hizo el resto. A raíz de la gran repercusión de la película de Cukor, la gente empezó a utilizar de manera informal la expresión gaslight para referirse a una situación en que alguien intentaba manipular a otra persona o su percepción sobre las cosas. De hecho, el término saltó al ámbito clínico en 1969, cuando los psiquiatras J. A. Whitehead y Russell Barton publicaron en la revista médica The Lancet un artículo titulado «The Gas-Light Phenomenon» (El fenómeno Luz de Gas) en el que describían cómo algunas personas manipulaban intencionadamente el sentido de la realidad de un familiar para forzar su ingreso en un psiquiátrico. En los años 70, el psicoanálisis y los estudios sobre violencia en la pareja comenzaron a aceptar el «gaslighting» como un tipo específico de abuso psicológico y, finalmente, en 1981, los psicoanalistas Edward Weinshel y Victor Calef publicaron un ensayo enormemente influyente sobre las dinámicas de dominación en el entorno familiar que terminó de consolidar el concepto en el ámbito académico.

Pero no fue hasta el siglo XXI que el terminó no «saltó» al habla cotidiana tanto en inglés, «gaslighting» como en español, «hacer luz de gas». Tanto fue así que la obra The Gaslight Effect que la psicoanalista Robin Stern publicó en 2007 fue uno de los libros de no ficción más vendido de aquel año. Además, en 2022, el Diccionario Merriam-Webster eligió «gaslighting» como la palabra del año después de registrar un incremento de búsquedas del término de un 1740 % lo que reflejaba su uso cotidiano en los medios de comunicación, las relaciones personales, la cultura, la política y, por supuesto, las redes sociales.

Pero, los amantes del cine clásico no pueden ignorar el hecho de que este término nace de la angustia y la fragilidad de una mujer, una Ingrid Bergman poderosa, que grita y llora de terror cada vez que baja el gas de su habitación, cada vez que escucha un ruido en el techo o cuando su marido, un Charles Boyer aterrador y odioso, encuentra en su bolso su reloj de bolsillo…