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Jacques Tati en 1955

Jacques Tati en 1955

Cine

Jacques Tati, el Chaplin francés muchas veces olvidado

Genio de la pantomima y adorado en todo el mundo, sus películas Playtime y Las vacaciones de M. Houlot son auténticas joyas adelantadas a su tiempo

El mérito de Jacques Tati no está únicamente en su cine, sino en que éste surgió en los años 50 cuando Hollywood venía fuerte con el wéstern y las super producciones y Francia se metía en la Nouvelle Vague. Y ahí, en medio de todo ese mejunje maravilloso aparece un bufón que reivindica la forma de arte de sus padres cinematográficos, Chaplin, Lloyd y Keaton.

Descendiente de una familia noble rusa, Jacques Taticheff nació en Francia en 1907 y fue un mal estudiante, algo que le hizo abandonar pronto la escuela y formarse en la actuación. Sus primeros trabajos en vodeviles, Impresiones deportistas, giraban en torno a los simpáticos movimientos de tenistas, boxeadores y futbolistas rescatando una de las formas de interpretación más queridas en Francia: el mimo. Después de varios cortometrajes y con la guerra ya acabada, Tati logra sacar adelante, con cuatro perras y el apoyo del pueblo en el que había pasado la guerra en la región del Loira, Un día de fiesta en 1949. En ella da vida a un cartero bonachón, torpe, de pocas palabras, que no sabe o no puede adaptarse a una vida moderna que, queriendo aportar libertad al individuo, se la quita.

Para su siguiente película, Tati tiene más presupuesto y decide hacer una comedia encantadora sobre la nueva moda de la clase media europea: el descanso estival. Con Las vacaciones de M. Hulot, de 1953, ambientada en un balneario de la costa atlántica, inventó un nuevo personaje que iría ya siempre pegado a su biografía y se convertiría en leyenda del cine. Con sus movimientos, su vestimenta y, sobre todo, su forma inocente, torpe y silenciosa de conducirse por la vida, Tati conmovió al mundo entero. El filme fue otro éxito magnífico que ganó el Premio de la Crítica Internacional del Festival de Cannes y que se convirtió en la película francesa más taquillera en Estados Unidos. Tati estaba en lo más alto. Tenía fama y dinero y, casi sin descanso, se puso manos a la obra con su tercer filme, esta vez a color y con el mismo personaje: Mi tío de 1958.

En ella, la sátira del estilismo burgués y sus aspiraciones modernas es una constante y su silencioso, pequeño e inadaptado personaje siembra el caos allá donde va. Rodada por primera vez en estudios donde destaca la magnífica casa ultramoderna y robótica, Tati introduce otra de sus señas de identidad: un diseño de sonido único de cacofonías estridentes que resuenan por encima de las voces humanas. La película fue un éxito arrollador que le hizo ganar el Premio Especial del Jurado de Cannes y el Oscar a la mejor película extranjera, cuya ceremonia fue inolvidable para él, sobre todo, porque pudo conocer a sus maestros cinematográficos, Harold Lloyd y Buster Keaton.

Pero su obra maestra definitiva fue la siguiente, de nuevo una historia con la que huye de las convenciones sociales de manera enternecedora, en la que su personaje, de nuevo erguido y elástico, sabotea un mundo demasiado ordenado al que teme. Con un presupuesto de 17 millones de francos y rodada en 70 mm., Playtime se desarrolla en una ciudad ultramoderna -diseñada al efecto en un plató gigante de 15.000 hectáreas- donde temas como la globalización y la falta de identidad aparecen adelantadas a su tiempo. De nuevo su M. Hulot vaga por un laberinto moderno como un gran inadaptado. Y de nuevo todo está tan maravillosamente planificado y ejecutado, es todo tan bello y los gags, tan deliciosos que hasta cuesta reírse. Pero 365 días de rodaje repartidos en tres años y dos más de montaje le arruinaron. Tati se vio obligado a hipotecar su casa y vender los derechos de sus películas soñando con que la cinta fuera un éxito y le sacase de la bancarrota y el agotamiento. Sin embargo… Playtime fue un fracaso absoluto.

El genio francés que había tocado la gloria perdió el favor del público norteamericano y la confianza de los productores franceses. En 1967 el cine era muy distinto al de 1949 y ya nadie se fiaba de su obsesivo método de trabajo, de sus eternos rodajes, de sus inagotables ensayos y de su siempre inconcluso montaje.

Sólo en Países Bajos le hicieron caso y, deprimido y arruinado, en 1971 aceptó la dirección de Trafic para pagar sus deudas. Más modesta que Playtime, la cinta es una crítica poética y mordaz a la existencia mecanizada en la era del automóvil. Única película en la que nuestro quijotesco M. Hulot abre su eterno paraguas y, de nuevo estrafalario e inadaptado, inolvidable siempre, la cinta tiene un aire patético en la que vemos, casi en directo, la muerte de un personaje de leyenda.

Durante los siguientes diez años, Jacques Tati vivió precariamente haciendo algunos encargos para televisión y anuncios publicitarios mientras luchaba por recuperar los derechos de sus películas. Murió el 4 de noviembre de 1982 de una embolia pulmonar a los 75 años. Fue enterrado en el panteón de la familia Tatischeff del Antiguo Cementerio de Saint-Germain-en-Laye de París discretamente, tal y como él había deseado. En su tumba, la familia colocó la réplica de una rueda de bicicleta con su cámara, un simpático guiño a la forma sencilla que tenía de entender la vida este visionario en cuyo cine, hace ya 70 años, anticipó nuestro drama moderno con un M. Hulot que contemplaba, frustrado, que cuanto más conectados estamos a la tecnología, más desconectadas estamos de las relaciones humanas.

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