Tiempo de victoria ya puede verse en los cines
Cine
La película sobre el hombre que convenció a Eisenhower de aplazar el desembarco de Normandía
Tiempo de victoria narra, desde dentro, los preparativos del Desembarco en Normandía, una operación que necesitaba conocer con precisión si el clima soleado en el Canal de la Mancha iba a mantenerse o si una borrasca iba a desatarse
El cine bélico es uno de los géneros que mejor resiste los cambios de década y de época. Y a cada contexto social aporta algo diferente; quienes habían padecido la Primera Guerra Mundial acudieron a las salas para ver producciones más bien pacifistas como Sin novedad en el frente (Lewis Milestone, 1930), basada en la novela homónima de Erich Maria Remarque (1929), o La gran ilusión (Jean Renoir, 1937). Poco después, el género cambia de tono y anima a los jóvenes a volver a las trincheras o emboscarse en arboledas para disparar contra el enemigo. Incluso el pato Donald y otros personajes de Disney se enrolaron en la Segunda Guerra Mundial. Y, con la llegada de la paz, junto con largometrajes sobre aviones bombarderos y submarinos y grandes campañas y aventuras, también había espacio para historias como Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946), porque se trataba de insertar de nuevo en la sociedad a los combatientes, en especial los lisiados.
Y, así, hemos ido comiendo palomitas, bocadillos de lomo y bebiendo cervezas en los cines, mientras veíamos filmes tan variados como Sin novedad en el Alcázar (Augusto Genina, 1940), ¡El santuario no se rinde! (Arturo Ruiz-Castillo, 1949), Operación Pacífico (Blake Edwards, 1959), La batalla de las Ardenas (Ken Annakin, 1965), Mayor Dundee (Sam Peckinpah, 1965), Patton (Franklin J. Schaffner, 1970), Waterloo (Sergei Bondarchuk, 1970), Tora! Tora! Tora! (Richard Fleischer, Toshio Masuda y Kinji Fukasaku, 1970), El león del desierto (Moustapha Akkad, 1980), Amanecer rojo (John Milius, 1984), o La chaqueta metálica (Stanley Kubrick, 1987). Hasta hoy, el género bélico nos ha ofrecido batallas, balas y sangre, pero también drama humano, conflictos morales, recorrido biográfico, compañerismo, reportaje histórico, propaganda o fotografía esplendorosa como Lawrence de Arabia (David Lean, 1962).
En esta ocasión, Tiempo de victoria (Anthony Maras, 2026) se centra en los días previos al desembarco en Normandía, una de las gestas más monumentales de la historia. Dentro de los centenares de detalles que debían cuidarse con esmero, para que la campaña resultase exitosa, no sólo destaca la operación de despiste con aviones y tanques de atrezo, sino un ingente número de facetas. En concreto, la previsión meteorológica. Ya en Patton se resaltaba la importancia que tuvo la nevada y el cambio de tiempo posterior, tanto para el avance del contraataque alemán de diciembre de 1944 (ofensiva de Las Ardenas) como para la oportunidad de frenarlo por parte de los aliados en enero de 1945. La visibilidad de los navíos y de los aviones, la altura de las olas a que se han de enfrentar las lanchas de desembarco en la playa, la temperatura… Todo influye en la buena o mala marcha. Algo que, por desgracia, supieron las tropas españolas embarcadas en aquella Armada que pretendía conquistar Inglaterra.
De esta forma, Andrew Scott (el Moriarty de la serie televisiva Sherlock) encarna a James Stagg, un adusto oficial británico a quien se le encarga, en los inmediatos prolegómenos del Día D, estudiar al milímetro las condiciones del clima. Su contraparte en el lado americano es Irving Krick (interpretado por Chris Messina). No sólo exhiben personalidades muy distanciadas entre sí, sino, sobre todo, métodos casi opuestos de entender su cometido y de elaborar previsiones. El conflicto dentro del cuartel donde se revisan todos los pormenores estalla, y Stagg, aislado de su mujer, que está ingresada para dar a luz, no da en ningún momento su brazo a torcer. Concienzudo, riguroso hasta el extremo, serio y de una prudencia casi extrema, no deja de ensombrecer la atmósfera entusiasta que se nota en todos los demás militares.
En este punto también se observa la oposición entre los dos supremos comandantes de cada lado de la Alianza: el general Eisenhower (a quien da vida un notable Brendan Fraser) y el mariscal Montgomery (Damian Lewis lo interpreta en un registro algo alejado de lo que otras películas habían mostrado). Las discusiones entre los dos oficiales encargados de la meteorología se trasladan al mando supremo, dentro de reuniones de máximo rango donde las voces son aún más altas, y donde las actitudes tajantes parecen cortar toda la sintonía que debiera haber entre británicos y americanos. Es más: la terquedad de Stagg —cimentada en su prurito científico, en su honestidad en medio de datos que, sin conceder certezas plenas, sí que ofrecen certidumbres morales— se acaba imponiendo y Eisenhower, que aún ve el sol radiante en los cielos ingleses, decide tomar una decisión de última hora en lo que respecta al tan organizado Día D.
Gracias a este enfoque, la película logra que conozcamos por dentro algo tan complejo como la preparación de aquel descomunal desembarco que abrió al III Reich un nuevo frente de batalla y que, en cuestión de semanas, condujo a la liberación de París. Pero también nos permite reflexionar sobre la relevancia que tienen los hoy denostados expertos en los comités que asesoran a quienes asumen la responsabilidad de gobierno. Quizá el modo fantasmal como hoy se recurre —o se dice recurrir— a los expertos nos generará una sensación extraña, cuando observemos la confrontación entre James Stagg e Irving Krick. Pero aún mayor será nuestra extrañeza cuando entendamos que Stagg se mueve en una búsqueda brumosa de la verdad, sin necesidad de eso que tanto practicamos hoy y que solemos llamar «sesgo de confirmación».