Fundado en 1910

Crónicas de un puebloTVE

Televisión

La serie que TVE ideó como propaganda y Antonio Mercero convirtió en historia de la televisión

«Traté de hacer costumbrismo humanista», aseguró el gran director y guionista Antonio Mercero sobre Crónicas de un pueblo

Hito imprescindible de la historia de la televisión en España, lo verdaderamente sorprendente de Crónicas de un pueblo fue que pasó de ser un producto de propaganda institucional a un fenómeno sociológico de masas que ni Adolfo Suárez, director general de Radio Televisión Española, ni Torcuato Fernández-Miranda, secretario general del Movimiento, se esperaban.

A finales de la década de los 60, un joven realizador que venía de trabajar en documentales y mediometrajes modestos recibe el encargo de hacer una serie de televisión bajo la premisa de «divulgar los Principios del Movimiento Nacional y el Fuero de los Españoles entre la población», lo que en román paladino venía a ser algo así como mostrar de manera sutil y edificante los deberes ciudadanos. Aquel realizador era Antonio Mercero que de manera brillante e inteligentísima comprendió que el foco doctrinal debía desplazarse hacia el retrato costumbrista y humanista de la España rural, de la España en desarrollo en la que todavía convivían los viejos usos y costumbres, pero con la mirada puesta en el fin de siglo.

Y así nació Crónicas de un pueblo.

Emitida los domingos después de comer entre 1971 y 1974, la serie constó de 114 capítulos y fue un éxito rotundo con picos de audiencia que rebasaron los 15 millones de espectadores. La ficción se desarrollaba en Puebla Nueva del Rey Sancho, una localidad ficticia recreada en el pueblo madrileño de Santorcaz que Mercero se empeñó en rodar con cámaras de 16 mm, lo que dotó a la producción de aspecto casi neorrealista.

Encabezada por una maravillosa melodía de cabecera compuesta por Carmelo Bernaola y con una estructura puramente progresiva y episódica, cada capítulo planteaba un conflicto autosuficiente de carácter moral, laboral o vecinal que se resolvía en apenas 30 minutos de emisión. Y aunque el reparto era coral y el protagonismo estaba repartido entre una decena de personajes, el verdadero motor dramático de la serie era la tensión constante entre la industrialización y modernización de la España de los 70 y pervivencia -o supervivencia, más bien- de la vida rural, encarando en los dilemas cotidianos de los habitantes de aquel pueblo inventado que bien podría ser cualquier pueblo de España.

El gran mérito de Mercero fue trascender el mero panfleto propagandístico y construir una crónica costumbrista, entrañable y de enorme calado popular sobre la vida cotidiana en el que se hablaba de las brechas generacionales a través de uno de los grandes temas de la serie -el éxodo rural y la desmotivación de la juventud-. También se hablaba del estudio y la ambición emprendedora, del servicio militar, del matrimonio y la familia, de las inclemencias y la dureza de la vida del campo, del aislamiento y la soledad, de la solidaridad y del valor de la vida comunitaria. Porque -y seguramente eso fue clave para el éxito de la serie- cada capítulo, a modo de fábula infantil, terminaba con un pequeño aprendizaje para afrontar la adversidad o el egoísmo gracias a la solidaridad, el sentido común y la ley.

Para ello, Mercero escribió unos personajes aún inolvidables como don Pedro, el alcalde; don Antonio, el maestro; don Francisco, el médico; o Tomás, el guardia civil. Todos ellos, fuerzas vivas del pueblo y fundamentales para el orden y el día a día pacífico. Junto a ellos, la boticaria, la maestra de escuela, el cartero, el conductor de autobús, el tabernero, el pastor, el alguacil y don José, un cura joven que encarnaba a la Iglesia posconciliar más cercana a la realidad de los jóvenes y a los problemas sociales.

Para darle a la serie el empaque que se esperaba desde la dirección de RTVE, Mercero reunió a un gran elenco actoral entre los que estaban Emilio Rodríguez, Antonio Ferrandis, Rafael Hernández, Francisco Vidal, Jesús Guzmán o Santiago Rivero.

La censura no molestó demasiado supervisando los guiones para asegurarse de que la moraleja estuviera alineada con el Movimiento. Pero Mercero, inteligente siempre, salvaba las historias más evidentes introduciendo un entrañable humor blanco con los pequeños conflictos vecinales eclipsando así la carga ideológica. Sobre ella diría: «Pensé que la única manera de que aquello no fuera un pimiento infumable era meterle vida, ternura, humor y pueblo. Traté de hacer costumbrismo humanista, fijándome en la gente sencilla».

Sea como fuere y pese a su origen como instrumento de propaganda, Crónicas de un pueblo funcionó como una radiografía sociológica de la España del tardofranquismo y consagró a Antonio Mercero como el gran narrador de la televisión española.