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17 de abril de 2024

Gregorio Luri y Ana Palacio durante la jornada de profesores universitarios de la Fundación Tatiana

Gregorio Luri y Ana Palacio durante la jornada de profesores universitarios de la Fundación TatianaIgnacio Arregui García

Ana Palacio: «Hace falta formar a ciudadanos, no a consumidores de emociones»

La exministra de Exteriores, recién aterrizada de Washington, conversa con Gregorio Luri en una jornada de la Fundación Tatiana con profesores de universidad. «Estamos en una crisis del sistema liberal y de exacerbación de la autonomía», afirma

«Quijotes de la enseñanza». Así es como la Fundación Tatiana ha titulado su «I Encuentro de profesores universitarios». Porque, como dice Álvaro Matud, director académico y de Relaciones Institucionales de esta entidad, puede que el intento de una enseñanza humanística en la universidad española sea hoy una «quijotada». Este primer encuentro ha consistido en una jornada con doble cariz. Por un lado, profesores que proponen «sus experiencias de proyectos docentes sobre liderazgo cívico y humanístico». Y no sólo en carreras de Letras, sino también de Ciencias: desde Enfermería hasta Ingeniería. Una completa quijotada. Que, además, Fundación Tatiana desarrolla en el marco de las convocatorias anuales de ayudas a proyectos docentes de Liderazgo Cívico Humanista en la universidad pública.
La otra parte de la jornada han sido una serie de coloquios y ponencias, a cargo de especialistas como Gregorio Luri –que ha disertado sobre «La permanente novedad de los clásicos»–, la abogada Teresa Arsuaga –autora de El abogado humanista, y que ha hablado acerca de las «Humanidades en la formación de los futuros profesionales»–, junto con el profesor Julio Lumbreras (Universidad Politécnica de Madrid), Ana Palacio (ministra de Asuntos Exteriores entre 2002 y 2004, y profesora en Georgetown) y Javier Gomá.
Al comenzar la jornada, Álvaro Matud ha comentado que los profesores asistentes acuden para «hacer más honor al nombre y misión de la universidad», y ha insistido en la disposición de la Fundación Tatiana en ayudar a estos «Quijotes de la enseñanza» a crear una red de mutuo conocimiento e intercambio. En su opinión, los profesores con anhelos humanísticos desempeñan una «labor solitaria cuyas actividades no tienen reflejo en la ANECA o en la retribución».
La exministra de Exteriores, Ana Palacio, durante el encuentro de profesores universitarios de la Fundación Tatiana

La exministra de Exteriores, Ana Palacio, durante el encuentro de profesores universitarios de la Fundación TatianaIgnacio Arregui García

Gregorio Luri ha charlado sobre la necesidad de «una relación dialógica con la tradición cultural», un gran diálogo y asimilación –«subjetivación», como dice él– del legado, y una actitud que lleve a «pleitear por la herencia» que dejan los clásicos. Retoma una imagen antigua para comparar la tarea intelectual con la de las abejas, que liban de flor en flor para elaborar miel. Para poder desarrollar cualquier tema, se requiere escuchar a los que han hablado antes sobre la cuestión, aunque ya no están con nosotros.

Teresa de Ávila, Marx o Dostoievski

En su repaso, ha vinculado la huella de Menandro en Saulo de Tarso, de Agustín de Hipona en Teresa de Ávila, del mito de Prometeo en Marx, de Heródoto en Los hermanos Karamazov. Porque «el bárbaro es aquel que sólo tiene contemporáneos». Según Luri, quienes se unen al legado de la tradición cultural son como monjes medievales, son una «comunidad de rumiantes», porque rumian las palabras de otros, las mastican premiosamente, las van haciendo propias, las criban –eso es «criticar»–, van adquiriendo de ellas una experiencia personal. De este modo, los clásicos pasan a transitar nuestra alma, a inscribirse dentro con más fuerza que las meras letras viejas sobre nuevo soporte en papiro, pergamino o PDF.
Luri afirma que los clásicos siempre dejan «una semilla en el alma», aunque quizá tarde en germinar. En todo caso, lo que define a un clásico es «que temes decepcionarlo a él, no que él te decepcione a ti». Porque el clásico ayuda a «contemplar el presente desde el pasado» y, por tanto, nos libera del prejuicio de nuestra época. Ya no esperan ni oprobios ni aplausos, de modo que los autores fallecidos pueden hablar de los vicios humanos con las personas que los encarnan, no contra estas personas.
Por otro lado, y a pesar de que un clásico «no acaba nunca de decirnos todo», «Occidente se ha caracterizado hasta hoy porque no ha habido libros intocables»; todos ha sido susceptibles de someterse a la crítica. En la actualidad, sin embargo, «la cultura de la cancelación impone que hay libros con los que ya está prohibido dialogar». En este sentido, anima a entender a los clásicos como ellos se entendían a sí mismos, sin pretender saber más que ellos acerca de cómo eran sus almas y sus intenciones. Pone el ejemplo –aparente paradoja– del desafío que supone Heidegger, «un hombre más listo que yo», pero un nazi.
Asimismo, Luri afirma que «lo esencial de las humanidades es que no hay progreso; los humanos tropezamos siempre con los mismos problemas, lo que nos indica algo sobre la propia naturaleza humana».

Burocracia, verborrea regulatoria y jerga

Recién aterrizada de Washington y dando muestras de enorme viveza mental y frescura corporal, sin acusar nada de jet lag, apareció Ana Palacio. Una mujer que se expresa con sencillez y confianza, con una llaneza sorprendente y que explica que imparte clases en Estados Unidos, y no en España, porque en nuestro país, sobre todo tras Bolonia, «no hay facilidad de encaje». Antes de Georgetown, había sido profesora en Yale, pero aquí le piden «anecarse» y otra larga ristra de burocracias, «verborreas regulatorias» y jergas.
Señala que algunos seminarios que ha impartido en España le han provocado «menlancolía», porque apenas «tres o cuatro alumnos mostraban interés»; la mayoría se limitaba a firmar su asistencia con el único propósito de obtener el crédito para el currículo docente. Palacio dice: «Yo quiero dar clases con disciplina, puntuando, discutiendo con los alumnos». En Georgetown, «el 40 % de la nota corresponde a la participación del estudiante en el aula»; se trata de sesiones «interactivas» que requieren la lectura previa de documentación de hasta 200 páginas.
Ana Palacio opina que vivimos un momento de «mutación del mundo», y sitúa los problemas de la educación en la «crisis del sistema liberal y de exacerbación de la autonomía». Una crisis que sitúa a China como nuevo modelo, y que posterga la libertad en aras de la seguridad, y lo grupal frente a lo universal y lo personal. Una crisis que nos lleva a creernos víctimas, por estar tan volcados en nuestra sensibilidad.
Aludiendo a los planes educativos del presidente Biden –los ha escuchado de viva voz de Biden, y se los ha objetado a la cara–, lamenta la explosión de emotividad que todo lo inunda, y que arrambla con el modelo en que ella cree: el ser humano como un «esfuerzo continuado en el tiempo». Según ella, «hace falta recuperar la autoridad de los profesores y formar a ciudadanos, no a consumidores de emociones». Palacio ha animado a los asistentes a seguir siendo Quijotes en un entorno que amenaza con convertir a los humanos en «seres sintientes» y relegar la inteligencia a las máquinas. En todo caso, y de la mano de Gregorio Luri, ha mostrado su visión optimista ante todo este panorama. Está preocupada, pero también ocupada en lograr que se recuperen la «responsabilidad y actitud cívica».
La abogada Teresa Arsuaga, autora de 'El abogado humanista', en la Fundación Tatiana

La abogada Teresa Arsuaga, autora de 'El abogado humanista', en la Fundación TatianaIgnacio Arregui García

En su ponencia, Teresa Arsuaga comenta una iniciativa a la que ella se suma y cuyos orígenes se encuentra en los años 70 en algunas universidades de Estados Unidos que se plantearon hacer frente a las derivas utilitaristas de varias entidades docentes. Arsuaga habla de «los beneficios que la literatura y la crítica literaria aportan a los abogados y a otras profesiones». De qué modo la narrativa ayuda a conocer a fondo a otras personas, sus mundos, sus sufrimientos, la realidad concreta de las injusticias y de la dignidad humana. Sin esta perspectiva, se corre el riesgo de que «la razón se vuelva fría y cruel».
Libros de toda índole, como la Divina Comedia, implican un «aprendizaje sentimental, un conocimiento de la experiencia». Gracias a esta «capacidad crítica cultural y madurez intelectual» se está en disposición de afrontar las circunstancias cambiantes, de amoldarse y entender el significado de la vida concreta de las personas y los nuevos retos, en vez de sumirse en rutinas «mecánicas y predecibles».
Por su parte, Julio Lumbreras dialogó a lo largo de una hora sobre la necesidad de acabar con un sistema universitario basado en «unidades aisladas», para ir dando diferentes pasos hacia la multidisciplinariedad, interdisciplinariedad, transdisciplinariedad. Palabras que expresan los diferentes grados de escucha y cooperación, no sólo dentro de la universidad, sino en proyectos tangibles que impacten de manera directa en la sociedad. Como ha comentado, «si el mundo tiene problemas, la universidad tiene departamentos», estableciendo una equiparación entre ambos conceptos que el público ha acogido con risas cómplices. Lumbreras plantea diferentes modelos de integración e involucración de alumnos que ya se aplican en Estados Unidos. Sin embargo, en España «el sistema rechaza» muchos intentos de procurar que el alumno tome mayor protagonismo y responsabilidad en su propia educación.
Lumbreras también ha moderado la presentación de experiencias docentes sobre Liderazgo Cívico en la Universidad, momento en que han intervenido diferentes profesores. Entre ellos, por ejemplo, José María Contreras Espuny, cuyo proyecto se llamó «¿Qué nos está pasando? El hombre en la era digital», y se desarrolló, en dos jornadas, en la Escuela Universitaria de Osuna (centro adscrito a la Universidad de Sevilla). Contaron, para la primera jornada, con una conferencia de Juan Arana, catedrático de dicha universidad, y una mesa redonda sobre desafíos de la inteligencia artificial en el ámbito educativo. En la segunda jornada se habló sobre distopía y realidad virtual.
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