Cormac McCarthy en 2014
Cormac McCarthy, el padre que regaló a su hijo la promesa escrita de su amor eterno
La Carretera, Premio Pulitzer en 2006, fue la obra cumbre del escritor estadounidense recientemente fallecido a los 89 años
Cormac McCarthy decía que la literatura contemporánea le parecía ilegible. El era de otra época. También de la época contemporánea en que sus novelas se convirtieron en codiciados objetos de adaptación al cine. Antes había sido pobre porque quería ser escritor. Y prefirió ser pobre y escritor a no ser ninguna de las dos cosas. Fue pobre, pero tenía nombre de rey. A él le llamaron Charles y él se lo cambió por Cormac, como Cormac MacAirt, el rey casi mitológico de Irlanda. Su primer y único editor durante 20 años encontró en McCarthy en 1965 el sustituto de su «hijo» Faulkner, muerto en 1962, como la madre simia de Tarzán abandonó el cadáver de su bebé para cuidar de ese niño humano perdido.
Primeros años de pobreza
Vivió como escritor becado los primeros años, incluida la prestigiosa y cuantiosa asignación Rockefeller. Tiempo en el que viajó a su adorada Irlanda, se casó, se divorció y se volvió a casar antes de volverse pobre de nuevo, sin subvenciones y sin éxito y con nada alimenticias buenas críticas, y marcharse a Ibiza para seguir escribiendo en estado de semijipismo. Esto es lo que siguió haciendo a su regreso a Estados Unidos, donde volvió a divorciarse: escribir para encontrar. Una nueva beca, en esta ocasión la MacArthur, casi una lotería, le sacó de la pobreza en 1981, pero no le trajo el éxito que llegó curiosamente cuando su editor faulkneriano se jubiló y entonces él se cambió de «casa».
Cormac McCarthy en los años 60
Todos los Caballos Bellos, de 1992, obtuvo el reconocimiento final, y primero, de una escalera construida para alcanzar esa altura y a partir de ella poder volar y vivir con el National Book Award y la llamada Trilogía de la frontera, la nave con la que el rey Cormac empezó a sobrevolar sus empecinados dominios de literatura que alcanzaron su máximo extensión con La Carretera en 2006, el Premio Pulitzer fruto de su paternidad tardía a los 65 años. La escritura de McCarthy precedió a todo en su vida y solo cuando esta culminó dio paso a todo lo demás sin importar el tiempo. La Carretera es una muestra más de que nunca es tarde y hasta de que si lo es, es bueno, y una de las demostraciones literarias de amor paterno más grandes jamás leídas, donde el trabajo, la madurez y los sentimientos almacenados se volcaron con una sencillez emocionante: el triunfo absoluto.
Al final de una carretera
Cormac McCarthy dejó a sus lectores hace más de tres lustros con el corazón vapuleado al final de una carretera. Era una playa gris y fría y triste, pero con una llama de esperanza. Fue casi un poema, un canto narrativo de amor incomparable desprovisto de cualquier ornamento. Era como esa tierra apocalíptica donde solo podía crecer, o subsistir, el alma humana. El testamento imposible de superar porque incluía todo lo mejor que un padre puede darle a un hijo: la promesa de su amor absoluto en la fantasía de un mundo apocalíptico hasta la entrega de la propia vida, que era la seguridad de la futura y propia muerte adelantada en una declaración eterna y sanadora.