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27 de febrero de 2024

Imagen de La Última Cena de Leonardo Da Vinci

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El Debate de las Ideas

Comunidad

La crisis de la idea de comunidad toca la fibra de nuestra época. La era global, con su propuesta de flexibilidad y apertura, disuelve las fronteras entre un adentro y un afuera

Como ya sucedió con los términos «libertad» o «progreso», también la palabra «comunidad» ha experimentado un desgaste abrasivo. Si en lo que respecta a los dos primeros vocablos, el abuso ha acabado por adulterar su significado originario, en el caso de «comunidad» se ha llegado todavía más lejos: hoy está excluido del lenguaje político.
La explicación más inmediata –si bien no la única– guarda relación con los ultramodernos modos de gestión tecno-económica. La etimología de la palabra, al aludir a la existencia de un elemento común sobre el que articular la convivencia, basado en la certeza de participar de un mismo sistema de referencias culturales y en un sentimiento asumido de continuidad histórica, contradice los procedimientos de una nomenclatura distante y autosuficiente que se presenta a sí misma como la única instancia capaz de garantizar unas condiciones de estabilidad en mitad de un paisaje social arrasado por las desavenencias.

La crisis de la idea de comunidad toca la fibra de nuestra época

De modo que cuando hablamos de comunidad incurrimos en una invocación nostálgica. Nos referimos a algo que ya no se acierta a definir con precisión. Zygmunt Bauman ha dado forma expresa a esta conciencia de desposesión: «En suma, la comunidad representa el tipo de mundo al que, por desgracia, no podemos acceder, pero que deseamos con todas nuestras fuerzas habitar y del que esperamos volver a tomar posesión. (…) Un paraíso perdido o un paraíso que todavía se tiene la esperanza de encontrar; de uno u otro modo, no cabe duda de que es un paraíso que no habitamos».
La crisis de la idea de comunidad toca la fibra de nuestra época. La era global, con su propuesta de flexibilidad y apertura, disuelve las fronteras entre un adentro y un afuera. El mundo se reconfigura como una vasta planicie sin límites tangibles, plagada de oportunidades al alcance del trabajador que abandone su solar originario y abrace el ideario cosmopolita. La propuesta se antoja seductora. A menos que se caiga en la cuenta de que tras ella podría ocultarse un fenómeno de naturaleza similar al que se vivió en los primeros momentos de la revolución industrial. Entonces, cuando los dueños de las grandes fábricas se dieron cuenta de que las creencias y costumbres de la mano de obra procedente del mundo rural representaban un obstáculo en el objetivo de amoldarla al régimen de explotación al que se pretendía destinarla, comprendieron que era necesario desarraigar a los nuevos contingentes de obreros de unos hábitos que, al mantenerlos ligados todavía a la mentalidad solidaria propia de sus comunidades de origen, impedían su transformación en una masa de individuos dóciles.
Para el triunfo del proyecto mundialista es necesario, pues, que la noción de comunidad desaparezca. Aquí, las grandes corporaciones transnacionales y las élites progresistas que detentan el poder político encuentran un punto de convergencia. A las primeras les conviene que la sociedad quede escindida entre una escogida clase ocupacional, apátrida y altamente cualificada (los ganadores de la globalización), y un contingente enorme de trabajadores, muchos de ellos procedentes del fenómeno de la inmigración masiva, en feroz competencia entre sí dentro de un entorno laboral cada vez más precario. Por su parte, a la clase política partidaria del nuevo orden global se le asigna la tarea de desviar el interés de las masas desde el malestar por el agravamiento de las desigualdades sociales hacia la defensa de los derechos de las minorías victimizadas y, en general, de cualquier otra causa que contribuya a fomentar un estado de conflicto permanente. De ese modo, el deterioro de las condiciones de vida puede seguir agravándose sin que llegue a surgir una contestación eficaz a gran escala.

La idea de comunidad, en tanto noción prepolítica, anclada en la tradición de los pueblos, dejó de tener un referente claro

En este escenario atomizado, roto en múltiples microidentidades y que, no obstante su aparente diversidad, nos confina en esquemas de pensamiento cada vez más homogéneos, resulta casi ingenuo confiar en que el ideal comunitario llegue alguna vez a resurgir. Y, sin embargo, es algo que pertenece al fondo mismo de la condición humana. Para comprender bajo qué formas se materializa, nada mejor que buscar una defición que lo acote. La da, por ejemplo, san Agustín en La ciudad de Dios: «Un conjunto de seres razonables unidos por un común acuerdo en cuanto a los objetos de su amor». La belleza de la fórmula no debe distraernos de la hondura de su significado. No se trata de una propuesta utópica, sino de un enunciado adscrito al linaje del realismo más genuino. No fantasea con mundos imposibles, sino que apela a sentimientos arraigados en el corazón y la mente de todo grupo de personas que compartan una misma noción de justicia y se esfuercen juntos en la persecución de un bien compartido.
Ese camino quedó cegado cuando el mundo cayó bajo el dominio de las ideologías. La política, entendida desde entonces como un absoluto que debía colonizar hasta el último recoveco de la conciencia individual, elevó la lucha por el poder a categoría de principio vertebrador de la práctica totalidad de la esfera pública. La idea de comunidad, en tanto noción prepolítica, anclada en la tradición de los pueblos, dejó de tener un referente claro. Además, los nuevos estilos de vida, asociados a modelos económicos caracterizados por una competitividad cada vez más feroz, acabaron de disolver el entramado de vínculos al que aludía la definición agustiniana.
El resultado de esta evolución sólo puede computarse como pérdida. Vivimos en lo que Esteban Hernández, en su libro El rencor de clase media alta y el fin de una era, describe como «la fragmentación típica de los entornos en declive». No hay visión común, ni una meta que perseguir, ni un proyecto de futuro que aglutine a los hombres y mujeres de nuestro Occidente hiperdesarrollado en la búsqueda de un porvenir mejor para sus hijos (unos hijos, por cierto, cada vez más escasos, un dato este que sin duda ayuda a explicar el desestimiento y la indiferencia prácticamente suicidas que, ante el ocaso civilizatorio, ha decidido adoptar buena parte de la ciudadanía europea). No hay reacción contra las arbitrariedades de los poderosos. La sociedad se escinde en facciones irreconciliables y, como advierte el autor del libro, «en esa dispersión, que es funcional, el enfrentamiento de los grupos subordinados entre sí permite un elevado control social».
¿Existe entonces alguna posibilidad de que contemplemos un resurgir del ideal comunitario? Si la hay, pasa por la tarea de hacer entender qué hubiera ocurrido si el sentimiento de comunidad hubiese resistido a la presión de los tiempos. Es decir, si de entre la vorágine de cambios y disputas que es consustancial a la modernidad política hubiéramos podido salvar un sustrato básico de principios compartidos. A partir de ese suelo, podría haberse levantado un edificio mucho más sólido que el que ahora nos alberga y entenderíamos en qué consiste un orden jerárquico en el que los que están arriba tienen muy presente su dependencia respecto de los que permanecen abajo, y todos cuidan de todos.
El porvenir no es halagüeño. La búsqueda de soluciones individuales a problemas que todos compartimos se traduce en un mundo donde el malestar colectivo prolifera. La ansiedad y la depresión, la soledad y el aislamiento son ya los verdaderos estigmas de nuestra época. Nos domina el desencanto y el cinismo. Tras sus máscaras benevolentes, contemplamos a gran parte de nuestros dirigentes como lo que en realidad son: una clase sectaria, sustancialmente depredadora, intelectualmente ruinosa, dominada por un ansisa nihilista de poder. Entender que, más allá del resentimiento y de los intereses mezquinos de ciertas minorías oligárquicas, existen fuerzas creativas y benéficas de las que extraer el sustento necesario para organizar la vida en común nos cuesta ya un esfuerzo ímprobo. Y, sin embargo, ahora más que nunca es necesario perseverar en ese empeño de la imaginación. Ahora es cuando la idea de comunidad, que implica elevar el arte de la convivencia a su versión más noble y humanizadora, debe ser reivindicada con insistencia, aun cuando no veamos en esa reivindicación más que un gesto de ingenua nostalgia. Y más que reivindicada, practicada a una escala modesta, ínfima si se quiere, a modo de semilla de algo que quizá alguna vez llegue a germinar nuevamente.
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