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27 de febrero de 2024

Isaiah Berlin

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El Debate de las Ideas

Isaiah Berlin (II): ¿por qué la libertad?

Detrás del ensayo Dos conceptos de libertad (1957) hay muchos presupuestos y problemáticas que enlazan con temas tan actuales como el relativismo, el pluralismo o la cuestión sobre si existe una naturaleza humana común sobre la que podamos decir que hay valores objetivamente buenos

En la primera entrada sobre la filosofía de Isaiah Berlin describí someramente su división de la libertad en dos aspectos: positivo y negativo. Detrás del ensayo Dos conceptos de libertad (1957) hay, sin embargo, muchos presupuestos y problemáticas que enlazan con temas tan actuales como el relativismo, el pluralismo o la cuestión sobre si existe una naturaleza humana común sobre la que podamos decir que hay valores objetivamente buenos, aplicables a todo ser humano y cultura.
Lo que tiene en mente Berlin al escribir esta conferencia es defender la necesidad de establecer un mínimo ámbito de libertad individual en el que nadie pueda interferir, al margen de si el individuo obra o no en su perjuicio. Un ejemplo de esto sería respetar la decisión de fumar de una persona, sin importar los efectos dañinos que sabemos que tiene esta práctica. Para el pensador de Oxford, con frecuencia el concepto de libertad positiva se ha utilizado para coartar la libertad negativa, la filosofía del «es por tu bien». La libertad positiva, recordemos, se haya ligada al buen juicio, a no ser esclavos de nuestras pasiones ni de deficiencias al razonar; así como a alguien en un estado de ebriedad no le dejamos que llame a su ex a las cuatro de la madrugada, una idea mal entendida de la libertad positiva afirma que debemos coaccionar la libertad de acción de quien obra en contra de lo que algunos entienden que es el ideal de vida buena.
Berlin relaciona esta tiranía de la libertad positiva con lo que él llama el «monismo filosófico», a saber, la creencia en sistemas de creencias que pretenden ser omniabarcantes e infalibles. Para nuestro autor, cuando uno cree dogmáticamente en una visión firme de la realidad de las cosas y de las personas, resulta sencillo dar el paso hacia un ideal de libertad positiva en el que se pretende incluir a toda la sociedad dentro. El profesor de Oxford defiende, señalando la realidad histórica, que los valores que las sociedades eligen cambian con el tiempo, por lo que resulta inútil y pretencioso querer reducir la pluralidad histórica y cultural a una única forma de ver y entender el mundo.

Los principios no son menos sagrados cuando no puede garantizarse su duración

Ahora bien, ¿no suena esto a relativismo? ¿Cómo distinguir pluralismo de relativismo? A esta cuestión tuvo que hacer frente Berlin toda su vida; no sólo porque le interesara personalmente, sino porque se le acusó con frecuencia de ser un relativista más. Para alguien que no creía en el relativismo moral fue duro soportar estas denuncias, más todavía teniendo en cuenta que, en un mundo en el que todo es relativo, el primer valor que cae necesariamente es el de la libertad individual. Lo sorprendente es que Berlin se convirtió en su propio acusador, al finalizar Dos conceptos de libertad con las siguientes afirmaciones:
«Quizá el ideal de la libertad de elegir fines, sin pedir que tengan validez eterna, y el pluralismo de valores a él ligado, sean, tan sólo, el fruto tardío de nuestra decadente civilización capitalista: un ideal que no reconocieron ni las edades remotas ni las sociedades primitivas y que la posterioridad contemplará con curiosidad, quizá con simpatía, pero con poca comprensión. Puede que así sea. Pero no me parece que de esto se concluya en escepticismo. Los principios no son menos sagrados cuando no puede garantizarse su duración. De hecho, puede que el deseo mismo de garantías acerca de que nuestros valores sean eternos y de que se encuentren seguros en un lugar celestial y objetivo no sea sino nostalgia profunda de las seguridades de la infancia o de los valores absolutos de nuestro pasado primitivo. «Darse cuenta de la validez relativa de las convicciones propias –dice un admirable escritor de nuestro tiempo– y, no obstante, defenderlas resueltamente, es lo que distingue a un hombre civilizado de un bárbaro.» Pedir más es quizás una necesidad metafísica profunda e incurable. Pero permitir que ésta determine la propia práctica es síntoma de una inmadurez moral y política igualmente profunda y más peligrosa»
A raíz de estas palabras se comprenden las acusaciones de relativismo y cómo, de esta manera, deja al desnudo la libertad que Berlin tanto amaba. Si el pluralismo de valores que se deduce de la defensa de la libertad individual sería algo incomprensible para Nefertiti o Moctezuma, ¿por qué defenderlo? La lógica nos inclina a responder que es el menos imperfecto de los sistemas políticos. Ahora bien, una toma de postura como ésta acercaría a Berlin al monismo filosófico que tanto criticó. Para este pensador, «monismo» y «metafísica» van ligados de la mano (se comprende si se tiene presente el contexto en el que aprendió y debutó como filósofo, no muy elevado en estas cuestiones). El camino por el que buscó Berlin solución a su problema fue a través de lo que el bautizó como «antropología empírica», a través del estudio de las ideas en la historia. De esta manera, quiso Berlin explicar por qué la divergencia casi abismal entre culturas no implica per se relativismo. Quiso también demostrar la objetividad de los distintos valores humanos y, a partir de ahí, demostrar que su pluralismo no era en absoluto relativismo. Abordaré estas cuestiones en la próxima entrega sobre este pensador fascinante.
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