El presidente de Harvard más cerca de Trump que de Almodóvar
En Harvard empiezan a reconocer algunos excesos que cuestionan el libre debate de las ideas, mientras, en Berlín, Don Juan seduce ahora a don Elviro y, aquí, los directivos de RTVE nos dicen que, con sus últimos bodrios, en realidad, se ahorra
Pedro Almodóvar durante los premios Chaplin Award 2025 en Nueva York
Almodóvar no ocupa, ni mucho menos, un lugar central en la cultura norteamericana. Otra cosa es que una parte de la prestigiosa comunidad de Hollywood, la que se define más progresista, rinda culto al director de ¡Átame!
Recuerdo que sus películas se exhibían en aquellos pequeños cines neoyorquinos, cerca de Lincoln Center, destinados a las películas de autor, muchas veces europeas, para una audiencia militante aunque bastante discreta. La conformábamos jubilados del barrio (no cualquiera), profesores universitarios, estudiantes de cine y Arte, extranjeros residentes allí y algún turista cinéfilo (mi caso).
Pese a las páginas de loas que (todavía) le dedicaba el New York Times, los filmes del español lograban en EE.UU. una difusión muy limitada. Aún así, investido de esa aura de artista/intelectual célebre que le conceden sus acólitos, Almodóvar, cuando viaja allí, no suele resistirse a opinar acerca de los males del mundo, mientras calla sobre los de su propia casa (salvo que gobierne la derechona, claro).
Ha vuelto a hacerlo ahora, al arremeter en Manhattan contra Trump, mientras ensalzaba la resistencia en su contra de la Universidad de Harvard, «que no se rinde a la guerra cultural» (dijo) del presidente norteamericano.
Resulta que en estas últimas semanas, sin dejar de protestar por los recortes contra su universidad, el presidente de Harvard, Alan Garber (y en privado otros miembros distinguidos de esa comunidad), ha comenzado a reconocer que quizá no se han hecho tan bien las cosas. Y hasta ha comentado que es preciso adoptar algunas reformas. Todas referidas, por cierto, a los asuntos cardinales, los excesos señalados por el inquilino de la Casa Blanca.
Garber, que por ello ha tenido que enfrentarse al repudio de algunos alumnos airados, y sus profesores, acaba de sostener que, efectivamente, Harvard tiene un problema con el antisemitismo. Y que el fomento sin tasa de la diversidad se está volviendo en contra del pretendido ideal de inclusión: lejos de promover la integración cultural, la universidad propicia los «ghettos».
De modo que hasta pretende prohibir las celebraciones de los estudiantes a punto de graduarse que establecen limitaciones entre ellos, y por las cuales, al final, solo se reúnen con los suyos: por un lado los afroamericanos, por otro los latinos…
Incluso ha llegado más lejos y, sin terminar de reconocer del todo que el mérito ha dejado de ser el principal elemento a tener en cuenta a la hora de seleccionar al alumnado, Garber se figura que, seguramente, Harvard puede haber incurrido en una falta al privilegiar que la raza, el género o la orientación sexual resulten determinantes frente a los antiguos criterios académicos en el acceso a una plaza universitaria (también entre el personal y los docentes).
Aunque la guinda del pastel se halla en lo que estos días denominan allí como la necesidad de garantizar la «diversidad de puntos vista». ¡El infame tirano Trump ha tenido que recurrir al bolsillo para que se fijen en esta cuestión primordial! ¿De qué sirve la universidad si no fomenta el pensamiento crítico?
Pues Garber y los suyos parecen haberse dado cuenta del error y, ahora, empiezan a considerar este asunto en toda su capital relevancia. Hasta ya concuerdan en que algunos estudiantes, y profesores, hostigan al resto de compañeros mediante prácticas poco democráticas (¿la cancelación?) cuando no comparten sus mismas opiniones, por lo general, alineadas con el discurso de la extrema izquierda.
Almodóvar, llegas tarde.
¡Centrales, no!
La muy debatida, al menos durante estos días en EE.UU., cuestión de algo tan evidente como el reconocimiento de la «diversidad de los puntos de vista», base de la sociedad democrática, al relacionarla con el asunto del apagón, me ha traído recuerdos de infancia, sin asomo de nostalgia.
En los 70, durante las clases de ciencias sociales de mi colegio, ya se nos hablaba (o adoctrinaba, más bien) acerca del peligro que entrañaba la energía nuclear. En aquellos tiempos aún tenía cierto sentido: la divulgación científica se encontraba en pañales, en España, y los devastadores efectos de la bomba atómica no se habían producido en las guerras púnicas, como mucho, solo tres décadas antes.
Pero lo relevante y significativo ha sido que de toda aquella retórica inflamada, en mi mente adulta, solo ha permanecido un eslogan, el repiqueteo de «¡Centrales, no! O sea, la consigna que los propios chavales coreábamos con insistencia, según los mensajes dispensados en el aula. Desde luego, aquello ofrecía el mismo sentido que gritar “¡Viva el Dépor!», si bien, al menos, esto último se sostenía en el sólido asidero de los afectos.
La «diversidad de puntos de vista» brillaba así por su ausencia, aunque se disfrazara bajo el dudoso instrumento del debate, casi siempre dirigido por unos profesores que se las daban de comunistas (el progresismo aún no había calado), bien por resentimiento, tozudez o culpa. Lo fundamental, en todo caso, era encauzar a aquellos hijos de la burguesía.
Y me pregunto si algunos de los políticos de hoy habrán vivido lo mismo. Aunque, en lugar de procurarse, más tarde, por sus propios medios, la precisa «diversidad de puntos de vista», hubiesen decidido que era más entretenido, y provechoso, permanecer en los cauces estrechos de la pancarta. Así nos iría.
Don Juan seduce a don Elviro
Cuentan que el gran Tirso De Molina, de visita esos días en la isla de Santo Domingo, tuvo allí conocimiento de las andanzas de un díscolo descendiente de Colón, andaluz, pendenciero e impenitente mujeriego, cuyas aventuras no concluyeron muy bien. Y que de ahí obtuvo la inspiración para El burlador de Sevilla, que algunos cuestionan.
El hecho de que la paternidad del mito se halle más repartida que ciertos premios gordos navideños solo refuerza la idea de que Don Juan constituye una de las mayores aportaciones españolas a la civilización occidental. Basta comprobar la singularidad, y amplitud, de los artistas que se han medido con el modelo: desde Gluck o Mozart, Moliére y Joseph Losey a Peter Handke.
Todos, a su modo, han procurado desentrañar los misterios bajo la capa del conquistador, cuyo impulso esencial, que tanto debe a la propia naturaleza, ha sido objeto de los más jocosos, sesudos y extravagantes análisis.
Ahora parece que toca convertirlo en bisexual (algo ya muy sobado) o vapulearlo a posteriori, como si ya tuviera poco con las brasas del fuego eterno, a costa de ese machismo que tiene su raíz en el absolutista reinado del terror heteropatriarcal, según dicen.
A lo primero se ha dispuesto, en Berlín, el director ruso Kiril Serébrennikov, que ha convertido a doña Elvira directamente en don Elviro, para su nuevo montaje del Don Giovanni de Mozart. Al hacer de la dama castellana un hombre barbado, este genio de la escena actual pretende subrayar así que el apetito donjuanesco no conoce límites.
Lo peor es que para interpretar a este Elviro se ha escogido a un sopranista, el cantante brasileño Bruno de Sà, empeñado en incorporar a todo cuanto personaje femenino se le ponga a tiro, incluidas las heroínas belcantistas. Cualquier día lo veremos como Lucio, en lugar de Lucia di Lammermoor. Y tendrá a los teatros españolas haciendo cola.
También esta semana se exhibe en los Teatros del Canal la denominada ópera Don Juan no existe, un aquelarre feminista que le han colado a Boadella, ya de vuelta de todo. Cuenta, entre otras cosas, que el ilustre pendón era un canalla surgido de la más abyecta, depredadora e incorregible imaginación masculina. Pues vaya.
Y encima nos dicen que no es caro…
Como sería imposible justificarlo bajo el argumento de la calidad, recuren al siempre manido bulo del ahorro. De ese oportunista engendro que es La familia de la tele, cuyo preludio merecería figurar en los primeros lugares de una antología ibérica del esperpento (cuesta pensar en algo más zafio, vacuo y huero), se dice que en realidad cuesta muy poco. Si hubiera que rellenar ese tiempo con películas, por ejemplo, saldría mucho más caro.
En realidad, el debate sería otro. Para comprender la situación, solo había que ver los rostros avergonzados de los profesionales de TVE, cuando una de las presentadoras (qué lástima ver a Paula Vázquez y a Cayetana Guillén, disfrazadas, arrastrándose de esa manera) se dirigió a la sala de realización de RTVE. Faltó que los presentes se escondieran debajo de las mesas, abochornados como parecían.
No es necesario acudir a contrataciones externas, salvo que el objetivo sea favorecer a los amigos propagandistas. Hay ya, en la propia casa, suficientes profesionales dignos como para aportar horas de contenido de mucha mayor clase y enjundia, sin dilapidar recursos. De contemplarse esa posibilidad, incluso RTVE podría ahorrar para sacudirse su ingente deuda.