Fundado en 1910
Captura de imagen de la película 'Misión Imposible. Sentencia final'

Captura de imagen de la película 'Misión Imposible. Sentencia final'

El Debate de las Ideas

'Misión Imposible': recuperar la confianza en la capacidad heroica del ser humano

La excelente última entrega de la saga capitaneada por Tom Cruise resulta ser un vibrante alegato humanista en defensa de la esperanza, la fe y la confianza en que no sólo unos pocos elegidos pueden ser héroes

Sabíamos que podíamos esperar de Tom Cruise gran espectáculo y películas de acción con vocación de autenticidad, pero Misión Imposible. Sentencia final, la última entrega de su mítica saga, va mucho más allá. Cruise ha convertido el cierre de su franquicia no sólo en una reivindicación de su héroe, y de su forma de concebir el cine, sino en un alegato humanista que aboga por volver a confiar en el ser humano. La película muestra que muchos pueden actuar como héroes en favor del bien común, si es necesario, capaces de renunciar a su interés y vencer su miedo.

Las tres virtudes teologales —fe, esperanza y caridad; especialmente las dos primeras— se despliegan en una película que aprovecha las claves y marcos del cine de acción para reivindicar una visión de la existencia que vaya más allá de la comodidad y la seguridad. Una visión que coloca la generosidad y lealtad hacia amigos y propios como piedras angulares de una vida bien vivida. Hay en Misión Imposible. Sentencia final una reivindicación del heroísmo que va más allá de las necesidades del guion y más allá de las características del género en que se inserta.

Ha querido la casualidad que el estreno de la película haya coincidido con la celebración de unas jornadas en Valladolid, en homenaje del escritor e intelectual Luis Martín Arias, en las que se ha reflexionado justamente sobre el papel del héroe en el cine y en la que se ha reivindicado esta figura. Incluso con un alegato final del escritor y analista Jesús González Requena, presidente de la Asociación Cultural Trama y Fondo, quien recordó que hoy los héroes son los policías, jueces y periodistas que se juegan su prestigio personal por defender la democracia en nuestro país.

El cineasta Alberto Adsuara situaba el problema en la problematización que la contemporaneidad ha realizado de la figura del héroe. Y que se traduce en dos mensajes igualmente falsos: «No necesitamos héroes» y «Todos somos héroes». Son dos caras de una misma moneda, una que rechaza los rasgos de excepcionalidad, y de sacrificio, que acompañan al héroe y que resultan tan molestos para una visión social centrada en el igualitarismo y el bienestar.

Hace 40 años Tina Turner publicó una de sus canciones más célebres: «No necesitamos otro héroe» (We don’t need another héroe) que pronto se convirtió en el emblema de una desconfianza generalizada. Era el lema de una civilización cansada y descreída. Se extendía la idea de que los héroes, o eran tontos, porque eran los que mueren en las guerras, o causantes de destrucción, porque son los que nos meten en los líos. Implícitamente se sugería que lo mejor para evitar los conflictos es quedarse quieto y aceptar lo que venga. Es la actitud de los ciudadanos de Hadleywille, en ‘Sólo ante el peligro’, quienes reprochan al sheriff Will Kane (Gary Cooper) que pretenda enfrentarse con la banda de Frank Miller. Prefieren un sometimiento que les garantice una cierta seguridad, antes que una dignidad que ponga en peligro su vida. Un dilema que ya afloraba en 1952, hace más de 70 años, y que se ha agravado con el paso del tiempo.

La pacifista ‘filosofía de la hoja’, que se muestra en la serie La rueda del tiempo (Amazon) —rechazamos la violencia: si alguien mata a nuestros seres queridos, les enterramos y seguimos nuestro camino— expresa esta idea de una forma extrema pero no tan alejada de planteamientos hoy comunes.

La crítica de la figura del héroe derivó en su deconstrucción, y más recientemente en una revisión entera de la civilización humana (marcadamente, la occidental). Una reconsideración radical que alcanzó incluso a las figuras superheroicas por antonomasia, Los Vengadores, que en la película Guerra Civil vieron como políticos burócratas les pedían cuentas por la destrucción causada mientras se jugaban la vida para salvar la humanidad. Y en la que se planteó una supervisión política de su actividad heroica, lo que dividió al equipo.

En medio de este panorama, Ethan Hunt se mantuvo fiel a una idea del héroe entendida como aquel que es capaz de realizar gestas extraordinarias, que está dispuesto a sacrificarse por el bien común, pero que, al tiempo, es libre en su toma de decisiones. Al servicio de Estados Unidos (y de la humanidad, como se remarca especialmente en esta última entrega) pero no necesariamente de sus representantes políticos concretos ni de sus órdenes.

En su origen, la serie de televisión creada por Bruce Kessler presentaba a un grupo de espías con habilidades diversas. Tom Cruise respetó la idea de la importancia del equipo, pero lo hizo girar en torno a una figura excepcional, Ethan Hunt, al que dotó de atributos singulares (sin dejar de ser humanos) y que se convertiría en el pivote de las tramas y el protagonista de las principales (y crecientemente espectaculares) set pieces que fueron dando personalidad a la saga fílmica. Las ingeniosas tramas de la serie original, que incluían suplantaciones, trucos y proezas físicas, vistas hoy parecen muy poca cosa, comparadas con la sofisticación desbocada de los argumentos y escenas de su versión cinematográfica.

Pero hay una novedad sustancial en Sentencia final. Ethan Hunt sigue siendo el hombre de las proezas imposibles, pero en esta ocasión es también el hombre capaz de una gesta mayor: lograr que las personas confíen en él y en su abismal plan para salvar al mundo. Una confianza que se basa en los hechos —en el compromiso pasado y presente del personaje con las personas y con los desafíos— pero también en la confianza que él deposita en los demás, hasta el punto de hacer depender su propia vida de que otros sean capaces de llegar a tiempo para cumplir su parte de la misión. Es la regla básica de la confianza. Antes de pedirte que confíes en mí, soy yo quien confía en ti y se pone en tus manos.

Recordemos, para quienes no conozcan la historia, que lo que Sentencia final nos cuenta es que está en juego la supervivencia de la humanidad, amenazada por una inteligencia artificial, La Entidad, que ha cobrado vida autónoma y que está dispuesta a destruir la vida sobre la tierra desatando una devastación nuclear. En su decisión de destruir a los humanos resuenan argumentos que nos son familiares (el hombre es un cáncer para el planeta) y que ya hemos visto antes en el cine: en 1951 Robert Wise contó en Ultimátum a la tierra cómo una especie alienígena estaba dispuesta a destruir al ser humano por su tendencia a la guerra y su egoísmo. Pero que finalmente suspende su sentencia de muerte al ver qué también caben en esta especie fatal virtudes como la entrega, la generosidad, la lealtad, la poesía o la creatividad y el ingenio. Lo que caracteriza nuestro presente es que cada vez más personas están convencidas de que los alienígenas se equivocaron al darnos ese voto de confianza, por seguir con esa vieja referencia cinematográfica de hace más de 70 años.

El plan que Ethan Hunt ha diseñado para derrotar a La Entidad es el más manifiestamente ‘insensato’ de todos los que hemos visto con anterioridad. Aquí lo imposible adquiere otra dimensión pues se convierte en un instrumento de la fe. A diferencia de otros que parecen claros al principio, pero que luego se complican, éste se presenta manifiestamente incierto desde el primer momento, dependiente no sólo de la capacidad de una persona sino de múltiples variables que deben alinearse a tiempo. Pero como no hay ninguna otra opción sobre la mesa, no queda más alternativa que tener fe (y confiar en la Providencia, podríamos añadir los católicos).

Hay un momento en la película que representa un salto de fe de forma gráfica, si bien con las claves del cine de acción. Tom Cruise va a iniciar su misión y el primer paso es llegar hasta un submarino. Sin embargo, antes de conseguirlo, la presencia de unos aviones rusos hostiles obliga a abortar la operación prevista. Hunt decide improvisar y se lanza a las frías aguas oceánicas sin tener la más mínima certeza de si algún miembro de la tripulación del submarino acudirá a rescatarle. Es literalmente un salto de fe. Así ocurre, en efecto, en una escena en la que la emoción no se apoya en ninguna aparatosidad tecnológica. Bastan unos buzos emergiendo de la oscuridad marina a tiempo para salvar al héroe de una muerte segura. En el capítulo anterior, Sentencia mortal, asistimos a otro salto de fe. El que debe dar Grace en la mitad de un vagón de tren que está a punto de despeñarse por el precipicio. La importante diferencia es que aquí sabemos que al otro lado del salto está Ethan Hunt, que no fallará en el rescate. El salto al mar expresa una confianza basada en una intuición, pero sin la menor garantía.

A diferencia de otras entregas, en las que el equipo juega un papel importante, pero fundamentalmente como apoyo, aquí hay un reparto de tareas mucho más radical. Hunt sigue siendo el hombre de las gestas más vistosas, pero no es menos importante para la trama la determinación con que un gris funcionario se juega la vida para transmitir unas coordenadas, o la habilidad de una experimentada ladrona para realizar una captura esencial en el momento preciso. En general, en esta entrega de ‘Misión Imposible’ late algo que ya hemos visto en Clint Eastwood: la reivindicación del papel esencial que juegan las personas que cumplen con su deber.

Para concluir destaquemos algo que también es relevante: que el gran enemigo sea una inteligencia artificial capaz de alterar la realidad. Y que el tipo de cine que Tom Cruise produce evite el recurso a las pantallas verdes que son la base de las ficciones digitales. El actor y productor reivindica un cine de calidad, y cualidad, analógica, que conserve una conexión entre la ficción que se inventa y la realidad de su gestación. Que en la escena del avión veamos como el viento real de la toma deforma la cara del actor nos hace percibir la diferencia entre la ficción analógica (con sus cables y trucos mundanos) y el frío mundo virtual en el que todo tiene una apariencia de perfección que congela la emoción.

Cruise es, de hecho, amante de la aventura y hombre capaz de hacer muchas de las proezas que representa en sus películas; y, de hecho, no procura evitar los dobles para acometerlas. Es más, si hace este tipo de películas es simplemente para llevarlas más allá de lo cabe que en el mundo real, inventándose otro a la medida de sus sueños. Pero sin engañarse a sí mismo y sin engañar a los espectadores. De modo que también su reivindicación del ingenio y el tesón humano frente a los artificios de la máquina omnipotente tiene un profundo contenido humanístico.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas