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Estatua de Luis de Morales en BadajozWikimedia Commons

La obra de Luis de Morales, el pintor cuyos cuadros creaban oraciones

Al pintor manierista español se le conocía como el Divino por su amplia colección religiosa

Dentro del rico y diverso panorama del Renacimiento pictórico español sobresale una figura, quizá algo olvidada hoy en día, que destacó por su intensidad espiritual y por su profunda dedicación a la pintura religiosa. Se trata del extremeño Luis de Morales, al que sus contemporáneos llamaron el Divino.

Con su obra, principalmente volcada en la religión, desarrolló una pintura inabarcablemente devocional e introspectiva y con la capacidad de conmover, como el buen arte, los corazones españoles de la época, a pesar de estar alejado de los ámbitos cortesanos del siglo XVI.

Morales vivió y trabajó sobre todo en su Extremadura natal, más allá de los focos artísticos del momento, como Sevilla, Madrid o Toledo.

Actuó en los márgenes, y quizá esa periferia le permitió apostar por su particular estilo, que estaba muy marcado por la iconografía cristiana, con influencias manieristas.

Su trabajo pictórico es austero, no estaba hecho para grandes palacios, sino para oratorios y conventos, y coleccionistas con devoción.

Los juegos de luces y su atención al detalle crearon el lenguaje propio del Divino, que habla directamente a la emoción del espectador sobre el sentimiento religioso.

Pintar la creencia

La obra de Luis de Morales está dominada por representaciones religiosas. La Virgen de la leche, Ecce Homo, Cristo atado a la columna, La Piedad o La Virgen Dolorosa son algunas de las imágenes más recurrentes en su producción. En ellas, el Divino consigue dotar a sus figuras de una expresividad intensa, especialmente en los rostros, doloridos y resignados.

Su apodo es un reflejo de su trabajo, también en el sentido de la atmósfera mística que emana de sus lienzos. Más allá de la perfección técnica, lo que emociona en Morales es su capacidad para hacer del sufrimiento una vía de contemplación espiritual.

En su pintura no hay narración ni acción, sino una invitación al recogimiento.

Su arte no es un espectáculo, sino un espejo del alma creyente, un dechado de espiritualidad extrema, la que germina en la intimidad y sin artificios. Esto lo convierte en un caso único en el Renacimiento español.

Aunque durante siglos la pintura del Divino ha quedado relegada a un segundo plano, hoy en día se le reconoce como una de las grandes figuras del Renacimiento ibérico, un pintor que supo crear una iconografía profundamente arraigada en la sensibilidad religiosa de su tiempo.

Su legado se conserva principalmente en colecciones eclesiásticas, museos regionales y en el Museo del Prado, que custodia algunas de sus piezas más representativas. En Badajoz, su ciudad natal, un museo lleva su nombre y mantiene viva la memoria de este artista que, con humildad y devoción, hizo de la pintura una vía de elevación espiritual.

A Luis de Morales le bastaron sus pinceles para trascender, alejado de las cortes. Su mundo lo constituía el alma de la sociedad y su arte logró grabar en pigmento sobre lienzo las plegarias.