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Fragmentos de violines en la Escuela Internacional de Lutería de Cremona

Fragmentos de violines en la Escuela Internacional de Lutería de Cremona

Así se hacen los violines centenarios de Stradivarius

El Debate acude a la Escuela Internacional de Lutería de Cremona, donde se sigue el modelo que Antonio Stradivari estableció para crear los mejores violines del mundo

En la actualidad, ayer es el Pleistoceno. Pueden preguntar aquí mismo, en la redacción de este periódico. O de cualquiera. Todos le dirán lo mismo: ayer ya ha pasado y no tiene ninguna diferencia, a ojos de hoy, con la prehistoria. A esto se suma que la atención dura cada vez menos.

Lo vemos a diario, todos. El mundo está dominado por vídeos de escasos 30 segundos que muchas veces ni siquiera podemos acabar por falta de paciencia y porque nos puede más el «interés» por el siguiente vídeo. Y así hasta el infinito, hasta olvidar la sensación de que todo parece lo mismo.

No obstante, hay rincones que resisten, que se atrincheran contra la prisa. Lugares que parecen conservarse en una bella burbuja que se eleva por encima del tiempo para que este no la toque. Hay sitios que Cronos, que ni sus hijos se le escapaban, no puede devorar.

Y ahí, a salvo de las feroces e intransigentes mandíbulas de los segundos, está Cremona, una pequeña ciudad al norte de Italia. En Cremona, ni más ni menos, nacieron los Stradivarius, los mejores violines del mundo.

El maestro Antonio Stradivari creó unas cuantas obras maestras que permitieron que la revolución musical que ocurrió durante los siglos XVII y XVIII pasara.

Y para ver cómo se sigue produciendo esta magia en forma de madera ha ido El Debate en una visita organizada por la editorial Planeta, que ha publicado El misterio del último Stradivarius, de Alejandro G. Roemmers.

Las manos que imitan a las de Stradivari

En Cremona se ubica la Escuela Internacional de Lutería, que hoy en día ocupa un gran palacio. Se fundó 1938, en época de dominancia fascista, porque la lutería cremonesa había perdido el esplendor que vio con creadores como Nicolò Amati o Antonio Stradivari en los siglos XVII y XVIII.

Interior de la Escuela de Lutería de Cremona

Interior de la Escuela de Lutería de Cremona

En la actualidad, acoge a 150 alumnos y es una escuela superior. Y, además de aprender a fabricar instrumentos según los modelos de los maestros, durante los dos primeros años los alumnos aprenden música.

La institución huele a madera y a lija, a virutas que se desparraman por el suelo (limpio a la hora de la visita), a herramientas y a manos que trabajan. Huele a tiempo detenido. Y entramos en materia.

Demostración de la calibración de los violines

Demostración de la calibración de los violines

Maderas de abeto rojo de los Dolomitas y arce, maderas de los Balcanes, de las que el lutier tiene que sacar, a mano, golpeando con el dedo, una vez talladas, una frecuencia concreta para saber sin son válidas para ensamblarse. Pura artesanía en una época en la que existen las impresoras 3D.

El arce llega a Cremona por el río Po, que baña el norte de Italia, desde Venecia. Es la mejor madera para el fondo y los contornos del violín, así como para el mástil, explica Angelo, de la Escuela Superior de Lutería, porque es muy resistente al agua y a los hongos.

Los violines que salen de la escuela se componen, además, de la tapa, la pieza superior, en la que están talladas las «efes», los símbolos que rodean las cuerdas del violín. Pero antes de colocar todo, el lutier deja grabado a fuego las siglas de la escuela y una etiqueta con el año, el maestro y el estudiante. En total, todo el violín pesa menos de medio kilo.

El mástil, por otra parte, es una escultura en la que cada lutier refleja su personalidad. Incluso el mismo sonido que el arco arranca del violín se ve influido por la forma de ser del autor del instrumento, destacaron en la Escuela Superior de Lutería de Cremona.

Dejamos el taller para pasar a la sala de barnices. Son todos de origen natural, y conocen los que utilizaba Stradivari. La escuela enseña a los alumnos a utilizar todos los colores que existen en la naturaleza.

Estantería con los barnices

Estantería con los barnices

Aquí, contra todo pronóstico, no huele a producto químico. El ambiente rezuma, en cambio, historia. Con estos mismos pigmentos que soportan las atestadas estanterías, el maestro pintaba sus creaciones. Es sobrecogedor ver tantos años resumidos en botes tras un cristal.

El barniz es otra de las claves del valor de los Stradivarius. Les protege y también influye en la acústica del instrumento.

Y es precisamente ahí, con la acústica, donde culmina la visita. El calor aplastaba las ganas de seguir andando, pero valió la pena. De repente, las más que atareadas chicharras dejaron de oírse. Entrábamos en otro mundo, en una sombreada capilla decorada con bellísimos frescos.

Ahí, frente al altar, esperaban cuatro músicos, con sus instrumentos dispuestos. Los artistas se presentaron y al fondo no llegaban bien sus voces, la acústica del lugar no hacía presagiar nada bueno. Pero la preocupación se disipó en cuanto comenzó a sonar la música.

Los Stradivarius acarician los oídos y mecen las almas de los presentes. Somos pocos, pero privilegiados. La música deleita a todos, en cualquier caso. Y el tiempo se detiene, se para en seco, porque hasta los relojes quieren escuchar lo que está saliendo de las cuerdas de los violines, la viola y el violonchelo.

Capilla en la que ofrecieron el concierto

Capilla en la que ofrecieron el concierto

Llegó el punto álgido de la actuación, al menos para este humilde miembro del público. El cuarteto comenzó a tocar la banda sonora de La misión. Y ya no hubo más calor, el cansancio del viaje se disipó y el mundo se acotó a las paredes y el techo de la capilla.

No había nada más y no hacía falta: estaba todo allí. Cronos paró, por un momento, su voraz banquete y sólo hubo música. Y en los corazones de todos los presentes apareció, como en las etiquetas de los Stradivarius, una etiqueta grabada a fuego: una clave de sol que nos recordará siempre que habíamos vivido aquello.

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