Estar buena también es fascista
Los fieros defensores del wokismo llaman nazi a una actriz famosa, mientras Morin apela a la belleza como salvación del hombre, los Z reivindican al Alcaraz fiestero y dos películas, sin grandes pretensiones, iluminan estos días la cartelera
Sydney Sweeney, en la campaña de American Eagle
Los implacables ejércitos del wokismo, negados a su total rendición pese a que a su completa derrota parece cada día más próxima, se revuelven como animales heridos y, en sus últimos estertores, aún continúan lanzando algunos histéricos zarpazos, provocaciones sin duda fruto de la impotencia.
Ahora, los más ruidosos, aquellos que se refugian bajo las ruinas del Partido Demócrata estadounidense, absorto en la tarea de asumir sus excesos y proponer una alternativa que conecte realmente con la sensatez (tarea improbable por la debilidad de sus actuales dirigentes), han encontrado una nueva causa para sus antiguas querellas.
Las hordas de las redes se han lanzado a crucificar sin tregua a la joven actriz Sydney Sweeney, aquella monísima chica que animaba, en cada una de sus apariciones, los episodios de la magnífica serie Euphoria (a ver si estrenan ya la tercera temporada…), un actual, detallista, sugerente retrato generacional.
Nazi, la llaman, por prestarse a aparecer en el anuncio de una marca de pantalones vaqueros que propone, mediante un juego de palabras, intercambiar «genes» por «jeans», que en inglés se pronuncian igual.
Proclaman estos nuevos fariseos que lo que en realidad se ofrece como una pura licencia publicitaria, en realidad, enmascararía un peligroso mensaje implícito, que para eso sirve mayormente la semiótica, siempre procurando el lío.
Al referirse a los estupendos genes de la artista, en una línea bien conocida que iría desde Ann Margret (pelirroja a veces tornada en blonda), Candice Bergen o Cybill Shepherd hasta la más reciente Jennifer Lawrence (rubias de tez nívea, mirada transparente, sinuosas), se entendería, según estos necios censores, que lo que se pretende es volver a proponer el modelo ario como el prototipo humano deseable, una suerte de reivindicación nostálgica para neoconservadores.
Lo más obvio es que la empresa decidiera apostar por esta actriz por su potencial capacidad de atraer consumidores. De hecho, ni la interesada polémica ha dejado de hacer que las ventas de la empresa aumenten exponencialmente con cada nuevo aquelarre en forma de «tweet» de los ofendidos por la campaña.
Pero aquí hay que preguntarse lo siguiente: Si la elegida hubiera resultado Zendaya, otra joven compañera de serie de Sydney Sweeney, igualmente atractiva, aunque en su caso negra, sin variar ni una coma del texto, ¿la referencia a la genética, entonces, habría resultado más oportuna?
¿Sería jaleada la ninfa de ébano por estos santurrones al tratarse del enunciado correcto: la justa reivindicación del estilo afroamericano (epítome de lo cool), con su urgente, inapelable, descarnada sensualidad?
«Hay que soldar al pueblo dividido por los partidos», sugería el poeta Valente en un verso, ¡ya en 1969!… Más de cincuenta años después, resulta tarea ímproba. Si hasta estar buena se considera fascista (solo si eres blanca y rubia), cómo sanar esa herida.
La belleza, antídoto ante la barbarie
Edgar Morin, el pensador francés expulsado por los comunistas, ha vivido tanto (va por los 104 años y resistiendo como un filósofo de la antigüedad clásica), que le dio tiempo hasta a contemplar, casi, el nacimiento del cine, o su consolidación como arte de masas del siglo XX, y ahora hace lo propio con la irrupción de la inteligencia artificial. No tiene mayor mérito, serán los genes.
Sobre lo primero, le alcanzó a publicar un librito, editado en Buenos Aires (al menos esa es la edición que conservo), acerca de Las estrellas de cine. Menuda frivolidad, pensarán algunos, para quien se ha prodigado, con sus luces y sombras, sobre asuntos tan delicados y complejos como el futuro de Europa.
Pues bien, en esa obra hasta se refiere (en 1964) a los pantalones vaqueros y la belleza: «Las estrellas adoran también las ropas sin aprestos, los blue-jeans, las tricotas, los terciopelos que, de la misma manera que las vestimentas suntuosas, ponen de relieve su belleza real».
Con su melena al viento y apenas una brizna de maquillaje, Sydney Sweeney proclama fidelidad a quienes ensalzan esa belleza sureña, promesa inalcanzable de horizontes infinitos de dorados fulgores. Pero no basta, algunos tiene que ir más allá hasta compararla con Leni Riefenstahl, otra profunda adoradora de lo bello.
Situados en el seno de una profunda sentina, Morin apela, también estos días, a la búsqueda de la belleza en «las obras maestras de la poesía, la música, la literatura, el cine, (…) los anticuerpos dentro de nosotros» para «plantar cara a la barbarie del mundo».
Al igual que Morin, George Steiner permaneció en el mundo lo suficiente para asistir a los peores conflictos del siglo XX. Aunque este recelaba del poder redentor de la cultura, vistos los gustos exquisitos de algunos nazis, no solo los jerarcas, capaces de entonar delicados Lieder de Schubert tras regresar de sus inaplazables tareas en el horno campestre.
«El hecho de que esta misma obra (se refería a la «Novena» de Beethoven) sirva de himno para el comunismo como para las Naciones Unidas enfatiza el juicio de Platón acerca del papel demoníaco de la música». Unas líneas más adelante atempera su juicio: «La música es perfecta y trascendentemente inútil. Pero ¿podríamos vivir sin ella?».
«El esplendor de la vida es la emoción poética», proclama hoy Morin. Como ha llegado a vivir un poco más que su colega, creámosle. A él, o a Aute, quien, en su demanda de ese otro asidero, el amor, reivindicaba «ese viaje hacia la nada, que consiste en la certeza, de encontrar en tu mirada, la belleza».
«Es una lata el trabajar…», el renovado himno Z
Aseguran los que saben que los miembros de la generación Z son unos holgazanes redomados, solo empeñados en satisfacer sus impulsos más primarios (y a veces ni siquiera eso, porque el sexo no parece figurar entre sus prioridades), holgazanear y divertirse.
Dicen que adoran a Carlos Alcaraz no tanto por sus triunfos, como por su afirmación de que acude a la pista solo para pasárselo bien (el fin último) y que, para eso, necesita salir de juerga la noche anterior (u otras anteriores, no exageremos).
En realidad, esa filosofía no resultaría ninguna novedad, ni siquiera asociada al deporte. Ya el genial Romario advertía a sus entrenadores que, para marcar goles, y burlar a todo un Alkorta con aquellos sutiles regates que merecerían haber sido inmortalizados por Tiziano, debía pasarse antes, sin mayor demora, por el Up & Down, templo de los cachorros de la noche barcelonesa en otro siglo.
Claro que el tenista y el exjugador de la canarinha, después de entretenerse como mejor les conviniese, realizaban proezas solo alcance de algunos pocos héroes, que no se regalan en TikTok. También resulta preciso currárselas, antes, en esa otra parte que no se suele ver, la enojosa repetición de viejos hábitos, en la soledad de la cancha, hasta domeñar el estilo, rara vez fruto de la improvisación, pese a lo que dijeran.
Tampoco en su desprecio hacia el trabajo, los Z plantean algo original o muy distinto a lo que ya cantaba un inmigrante hispanoamericano de otra centuria, Luis Aguilé: «Es una lata el trabajar, por la mañana te tienes que levantar…».
Quién fuera el último de los primos del emir catarí. ¿O cómo piensan financiar su relajado estilo de vida, aun cuando siguieran la dieta de Gandhi, que no suele ser el caso? Expoliando hasta el final a sus despreciables padres boomers, esos desgraciados esclavos, o confiados en la ilusoria promesa de Elon Musk de una próxima renta universal de unos 2.500 euros al mes para «todes», como se ha sugerido El dios Cronos se guarda siempre la última palabra.
Dos pequeñas películas que valen la pena
Para quien la obstinada costumbre de asistir, al menos, una o dos veces por semana al cine (como también le debe ocurrir a Pérez Reverte, frecuente, compañero inesperado de proyecciones en salas serranas), se halle inscrita casi en el mismo ADN desde los días de infancia, la conclusión debe ser parecida: cualquier tiempo pasado fue mucho mejor.
Recurro al filósofo Trías, que hace ya 30 años (¡imagínense!), escribía: «Lamento que cada vez sea más difícil gozar de una verdadera experiencia de arte y de pensamiento. Repasa el cine, la novela, la poesía, el propio pensamiento actual. Hay excepciones. Pero estas mismas te documentan sobre el crecimiento irresistible de la indigencia, o de engendros que nada dicen, o de puros productos comerciales que de ningún modo logran trascenderse en intervenciones artísticas».
Difícilmente podría expresarse más claramente el estado de la cuestión, todavía hoy empeorado. Pero quedémonos con las excepciones. Circulan por ahí, amparadas por ese éxito silencioso que a veces les conceden esas grandes minorías bien informadas, un par de peliculitas que merecen la pena. Una es española, Una quinta portuguesa, la otra francesa, Misterioso asesinato en la montaña: que nadie se asuste.
Sin grandes pretensiones, pero bien escritas y mejor actuadas (Manolo Solo insiste en confirmarse como uno de los mejores, más sensibles intérpretes de su generación), ambas se proponen algo tan aparentemente sencillo, casi revolucionario estos días, como hacer pasar un buen rato al espectador, que encima puede llevarse a casa, como propina, hasta un par de ideas para después de la cena sobre asuntos que seguramente le tocarán de cerca, pero sin imposiciones ni discursos altisonantes o vanamente ampulosos. Aquí es todo mucho más sutil, como la simple caligrafía de la propia cámara.
Búsquenlas (aparecerán pronto en las plataformas) pero no se admiten quejas o reparos. Si lo que desean es reencontrarse con Bergman o Truffaut, siempre se debe acudir al original. (O procúrense el deleite de hurgar entre los dos volúmenes, Cuadernos de trabajo (I y II), que recientemente se han publicado con las reveladoras reflexiones del director de Fresas salvajes).