Giacomo Leopardi
Cuando el yo romántico toma la palabra y comparte sus ‘Pensamientos’
Diario del alma de Leopardi, tan humano que no pierde actualidad
Floreció entre libros, en el seno de una rica biblioteca familiar, hasta que, adolescente y romántico, huyó de su casa movido por las ansias de esa libertad que sobrevolaba Europa en el S. XIX. Una vida corta pero intensamente vivida: no le faltaron estudios, amistades eruditas y experiencias, fuertes experiencias. Pensamientos y Cantos son las dos obras clave –la presente en prosa, la otra en verso– para conocer su persona y también su tiempo. En sus obras, sobremanera en este par, rezuma el espíritu romántico. La figura de Giacomo Leopardi (1798-1837) es esencial para quienes quieran conocer la esencia de un movimiento cultural que, aún hoy, no está del todo extinto. Para dialogar con él, basta leer su obra.

Pre-Textos (1998). 184 páginas
Pensamientos
Estos Pensamientos son una atípica autobiografía, del alma y del pensamiento, de los procesos internos más que de los externos avatares históricos. Aunque la obra salió a la luz póstumamente, en 1845, la publicación se llevó a cabo conforme a la disposición que él había dejado preparada el año de su muerte.
Leer a Leopardi es una experiencia inmersiva. Lo es porque requiere todo de nosotros: de pensamiento, de alma, de sensaciones corporales. El poeta italiano habla desde el corazón y al corazón. Ante todo, su estilo es muy humano. Hemos de matizar: humano en todas sus etapas vitales. De modo peculiar, el autor nos pone continuamente ante la tesitura de no saber si dialogamos con un niño o con un adulto, con un adolescente o con un hombre maduro. Con increíble maestría, se expresa con la naturalidad de un muchacho, protesta con la rebeldía de un joven, pero también como este, asume un tono reflexivo a veces, y a veces tanto que alcanza una profundidad tal que parece que escuchemos a un hombre experimentado en la vida. Quizá por ello, aunque murió joven (con tan solo treinta y ocho años), podemos afirmar que nuestro Giacomo entendió la vida en toda su extensión y hondura, o al menos, así supo reflejarlo en su prosa y su poesía.
Haciendo honor a la característica rebeldía romántica, Leopardi rompe los esquemas literarios que pretenden clasificar las obras en este o aquel género, conforme a unas pautas o rasgos concretos. En tanto que pensamientos, son incontrolables, no saben de reglas, arriban a la mente y sugieren temáticas diversas. El italiano discurre ora sobre la figura del padre, ora sobre libros y educación; bien sobre ancianidad y muerte, bien sobre los vicios humanos más habituales. Ahora bien, si hemos de reconocer una propiedad común, transversal a esta variedad temática, es la sinceridad. Ya se queje de las manías de la gente corriente, exprese sus anhelos de infinito o lamente la cercanía de la vejez, la autenticidad es una constante en las ciento once entradas de este diario pensativo.
Leopardi muestra en estas páginas un arte sutil pero loable. Hemos reconocido su espontaneidad a favor de lo auténtico, pero sería erróneo proponer la rapidez como sinónimo. Cada una de sus frases ha sido cuidadosamente construida buscando musicalidad y precisión. La admirable conjugación de semejantes detalles, aparentemente dispares, pone de manifiesto una gracilidad de la que solo los grandes escritores pueden presumir. En este sentido, aun escribiendo en prosa, este joven italiano no puede renunciar al lirismo que le otorga su mirada de poeta que todo lo envuelve y transforma en poesía.
No obstante, la arrogancia no es uno de los atributos de este joven erudito. Sabemos de su cultura no por sus demostraciones altaneras, sino por sus discretas referencias a griegos y latinos, pero también a otros escritores más cercanos, a los que prueba haber leído. Así pues, ya hace un guiño a Cervantes como se aventura a comentar algún que otro pasaje evangélico.
Leopardi se suma pues a la tradición de quienes desataron la elocuencia del «yo». Ese sujeto moderno que medita y que aparece ya en las Confesiones de Agustín y en las de Rousseau, también en la obra de Petrarca. Un yo que no pasa de moda; interpela a un tú y hace reflexionar, hasta el punto de que esos «pensamientos», llegan a ser en realidad los nuestros.