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Cubierta de 'La idea de volver'

Cubierta de 'La idea de volver'Siruela

‘La idea de volver’: una historia sobre nosotros para nosotros

Insatisfacción y búsqueda. El hombre empieza a buscar en cuanto se da cuenta de que existe, y no deja de hacerlo hasta que deja de existir. Lo que cambia es la dignidad con que lo hace, y de eso trata esta novela

La segunda novela de Diego del Alcázar no es una lectura de verano. Aquellos que busquen entre sus páginas una visión bucólica de Cantabria, mejor que cierren el libro y lean aquel poema de Horacio que dice: Beatus ille qui procul negotiis, / ut prisca gens mortalium, / paterna rura bubus exercet suis, es decir: «Dichoso aquel que, lejos de los negocios, como la antigua raza de los mortales, labra los campos de su padre con sus propios bueyes».

Cubierta de 'La idea de volver'

Siruela (2026). 272 páginas

La idea de volver

Diego del Alcázar

La idea de volver no va de eso. Tampoco es una novela romántica en la que los triángulos amorosos acaban formando una suerte de dodecaedro sentimental. Para eso está Rosamunde Pilcher.

Aunque el texto invite al lector a creer que está ante una historia sobre la mitología cántabra, o ante una narración que enfrenta dos mundos, el de la quietud del pueblo tradicional y el de la rapidez de la gran ciudad y su tecnología, quien se quede ahí apenas habrá rozado la superficie de lo que la novela propone.

Porque este libro no va más que de nosotros, aunque lo cuenten Fausto y Adrián. Todo lo demás es un decorado, perfectamente construido, eso sí, en el que los personajes viven… y mueren. Lo interesante de la novela es precisamente el juego al que nos invita el autor: descubrir que, por muy alejados que estemos unos de otros, por riqueza, forma de vida, educación o tecnología, nuestro camino es, en el fondo, exactamente el mismo: la búsqueda incesante de sentido.

Adrián, un académico afincado en Nueva York y casado con Memphis, una experta en inteligencia artificial, regresa al pueblo cántabro en el que creció, donde lo esperan su madre y Fausto, su padrastro y el otro gran protagonista de la novela. Sus caminos parecen discurrir en direcciones opuestas, pero poco a poco ambos descubren que sus certezas, por distintas que sean, nacen de una misma necesidad: dar sentido a lo que se les escapa y convertir en verdad lo que apenas es una forma de interpretar la realidad.

En el mundo rural existen mitos y leyendas para explicar aquello que no alcanzamos a comprender. El mundo urbano ha sustituido esos mitos y cuentos de viejo por la tecnología, por la sed insaciable de saber (o, más bien, de creer que sabemos) para intentar explicar las mismas cosas que tampoco comprendemos.

La modernidad no ha acabado con las supersticiones, simplemente ha creado las suyas.

La esencia del ser humano sigue siendo la misma. Podemos construir sobre ella torres gigantes de oro o grandes visiones bucólicas, pero, al final, si uno se concede el tiempo suficiente para mirar hacia dentro, descubre que buena parte de todo aquello es un engaño y que la incertidumbre en la que nacimos es también aquella con la que moriremos. El camino sirve, entre otras cosas, para constatar lo perdidos que estamos.

En cierta medida es una novela trágica, si es que el existencialismo lo es. Pero hay mucha verdad dentro de ella. Los personajes están perfectamente retratados y sus sentimientos y pensamientos resultan reconocibles. La vida no es fácil para nadie, esté donde esté y sea quien sea.

Diego del Alcázar nos habla de la honestidad que necesitamos para reconocer que lo verdaderamente valioso del camino no es la cantidad de conocimiento que podamos amasar, sino la propia búsqueda de la esencia, aun sabiendo que jamás alcanzaremos una respuesta definitiva.

La idea de volver va de menos a más; no porque la prosa mejore, que es sólida desde la primera página, sino porque gana en profundidad a medida que la narración avanza. Con esto no quiero decir que sea un tostón, se lo aseguro. La lectura es fácil, pero el autor consigue dotar a los personajes de una complejidad psicológica que, a medida que se desarrolla, emociona y obliga a plantearse cuestiones que muchas veces, por pura comodidad vital, preferimos dejar a un lado.

Aquí encontrarán muchas preguntas y alguna respuesta. ¿Es lo mismo el conocimiento que la sabiduría? ¿Cómo podemos soportar la realidad? ¿Qué significa, en realidad, volver?

Como decía más arriba, esto no es una narración sobre inteligencia artificial ni sobre pastores con los pies descalzos recorriendo las montañas. Es un relato sobre el hombre. Una versión renovada y lúcida de nuestra incertidumbre.

Ahora que el verano ha terminado, anímense a dar un paso más en sus lecturas. El lector, como seguro ya saben, puede ser activo o pasivo. En La idea de volver, el autor no solo nos invita a participar: casi nos lo exige, como probablemente se lo exigió a sí mismo mientras escribía.

Miren a su alrededor y piensen qué sobra en sus vidas. Deshojen la flor y quédense con el tallo. Lo esencial, como en esta novela, no es llegar, sino tener motivos para volver.

Hace falta valor para escribir un libro así. Entre sus páginas no encontrarán solo una historia; se encontrarán a sí mismos. Y, si se fijan bien, también al autor.

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