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Cuando Beethoven dirigió sordo el estreno de su 'Novena Sinfonía'

El 7 de mayo de 1824, el mundo contempló una fecha histórica para la música y para la cultura en general

Las personas que acudieron al Theater am Kärntnertor de Viena el 7 de mayo de 1824 fueron testigos de un acontecimiento que el tiempo cargó de historia y leyenda. Un músico maestro alemán llamado Ludwig van Beethoven dirigía, por primera vez en varios años, una orquesta.

La pieza no era una composición cualquiera, sino la que posiblemente sea su obra maestra: la Novena Sinfonía. Y lo hizo con una particularidad: estando sordo. El maestro no oía sus propias composiciones. Aquel fue un momento revelador, uno de los más intensos ejemplos de la relación entre arte y esfuerzo humano.

La figura de Beethoven, que en el momento del estreno tenía 53 años, tenía ya pátina de mito trágico. En aquel entonces padecía una sordera que había comenzado a desarrollarse varios años antes, lo que llevó al compositor a un aislamiento en su mundo interior, del que seguía brotando con fuerza una música que su creador no podía oír.

Aun así, el alemán completó una misión casi imposible, al alcance de muy pocos. Beethoven acabó una de las obras sinfónicas más monumentales de todos los tiempos, pionera, rompedora, demoledora, dramática. Y bella como ninguna.

La sordera de un compositor que vivía la música

La contundencia arrolladora de la Novena Sinfonía de Beethoven rompió los moldes clásicos que imperaban hasta entonces. En el culmen de la composición, cuando ya ha llevado más de una vez al éxtasis a los oyentes, es un estallido coral que representa a la perfección el ideal humanista de fraternidad.

Fue la traducción musical del poema Oda a la alegría, de Friedrich Schiller, que Beethoven elevó al cielo con una explosión musical de un coro que parece sacado directamente de los sueños.

Los afortunados presentes el 7 de mayo de 1824 en aquel teatro vienés escucharon en directo, por primera vez, las notas de éxtasis que el compositor alemán entregó al mundo. Y las escuchó antes incluso que su propio creador, porque al momento del estreno estaba completamente sordo. La ironía a veces es trágica.

Y la tragedia, por su parte, a veces es irónica. Porque al estruendo final del coro le siguió el de los aplausos del respetable, que Beethoven tampoco pudo oír. Finalmente, se giró y vio el homenaje que el público le estaba rindiendo a su genio.

El músico se lanzó al vacío, confiando en las notas que sonaban únicamente en su cabeza mientras componía una pieza fundamental del arte universal, y el aplauso del público le acabó recogiendo. Ayudado por el director Michael Umlauf, que dirigió a la orquesta para armonizar el ritmo, Beethoven consiguió conmover al mundo.

La pieza se compone de 70 minutos de genialidad que abarcan, a lo largo de cuatro movimientos, un paisaje emocional que pasa de la oscuridad dramática a la exaltación de lo común.

Beethoven insistió en dirigir a su criatura el día de su estreno, a pesar de la sordera, por lo que el control musical quedó a cargo de Umlauf. Así que ambos participaron en el histórico momento. La música cesó, la obra había terminado, pero el compositor siguió gesticulando dada su incapacidad para oír.

Y fue la soprano Caroline Unger quien, en un gesto de profunda humanidad, le cogió del brazo y le dio la vuelta para que viera al público, que rompía, unánime, el aire con aplausos atronadores.

Todas las circunstancias que envolvieron el estreno de la Novena Sinfonía convierten el momento en el paradigma del triunfo de lo bello contra las dificultades, en el ejemplo de la victoria del espíritu humano sobre las barreras y los obstáculos. La mente venció al cuerpo y construyó belleza en medio del silencio de un genio.