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Mujeres paseando bajo el calor de veranoEP

‘Flâneur’: el arte del paseo como forma literaria

Cuando el calor del verano empieza a dejar de apretar, la brisa nocturna invita a pasear, y de las caminatas pueden surgir obras de arte

Es un hecho que los actuales son tiempos de urgencia. En el ámbito urbano el ritmo de vida es más que acelerado, dominado por la lógica de la productividad, el querer abarcar, y de lo inmediato. Este estilo de vida parece despreciar la actividad simple de salir a caminar.

Los paseos son una práctica profunda, beneficiosa para la salud en todos los sentidos. Pero no se trata de ir andando con prisas al trabajo, sino de deambular sin rumbo por un parque, disfrutando del canto de los pájaros, del tacto de la hierba y del benévolo aire del estío cuando sopla.

En la época de la inmediatez, simplemente andar constituye un acto de rebeldía. Y caminar por la ciudad sin ir a ninguna parte es una excentricidad. Pero de los paseos sin rumbo puede salir buen arte. Hubo una era en la que los pasos eran una forma de vivir, de escribir, casi una actitud estética y una opción literaria.

Y en el corazón de esa tradición está la figura del flâneur, el caminante solitario que convierte su urbe en el escenario de su escritura. No es un simple peatón, sino un lector del paisaje de la ciudad, el cronista del tránsito invisible de los habitantes que transforma lo fugaz en duradero.

El escritor del anonimato de la ciudad

El término «flâneur» es francés y significa «paseante», aunque la traducción es aproximada, ya que es un concepto intrínsicamente galo acuñado en el siglo XIX. Su máximo esplendor llegó con la obra de Charles Baudelaire, poeta autor de Las flores del mal.

El flâneur es aquel sujeto que se mezcla en la ciudad, que no pertenece del todo a ningún sitio, y que camina por el puro placer de mirar y de perderse. De sentir los latidos de la urbe.

Su literatura es la del movimiento, la del que vagabundea sin ningún propósito en apariencia, más que andar. Es la del caminante. En sus letras se da protagonismo a lo cotidiano, incluso a lo banal, como a una conversación anónima que se produce en plena calle.

No se escribe para contar una historia, sino para hacer un registro de las impresiones que el devenir del mundo produce en el observador anónimo, que se detiene en las fugacidades de la vida diaria.

La placidez de un paseo sin destino adaptado en forma literaria es un género que habría que reivindicar en la época del ya, de la prisa, del para ayer. En la era en la que perderse es casi imposible si se tiene un teléfono móvil con batería y Google Maps, adentrarse en el paisaje urbano simplemente porque sí es un acto de rebeldía contra la modernidad.

Moverse en los márgenes tiene los beneficios que genera la paz mental de saberse anónimo en medio de la vorágine. Y la historia literaria del flâneur es el ejemplo perfecto de ello. Más que una técnica de escritura es, en la actualidad, una actitud ante la vida.