Blaise Pascal Versailles creía que los razonamientos directos para la existencia de Dios eran inútiles
Nicolás Gómez Dávila, filósofo escéptico
Es un homo religiosus, aunque en una peculiarísima versión, exenta de cualquier acento clerical o beato
El título de este ensayo es paradójico: ¿Gómez Dávila filósofo? Según como entendamos eso habría que responder negativamente: Ni fue filósofo ni tampoco escéptico. Cierto que el escepticismo ya de por sí marca una línea de escape dentro del gremio: impugna lo que constituye la aspiración fundamental de cualquier filósofo que se precie. Lo cual me recuerda que Santa Catalina de Alejandría fue declarada patrona de los filósofos porque fue capaz de «confundirlos». Realmente no es pequeña proeza eso de confundir a cualquier filósofo que se le ponga a uno delante y desde luego algo de eso hay también en don Nicolás: como la santa egipcia plantea enmiendas a la totalidad del quehacer filosófico, y como muestra de ello espigo el siguiente escolio: «La deducción filosófica es el arte de transformar una observación exacta, pero limitada, en un sistema comprehensivo, pero falso» Salta a la vista, no obstante, que no despacha la disciplina con los consabidos prejuicios de los antifilósofos. Dávila conoce bien el paño y con gesto certero apunta hacia aporías que los profesionales conocemos por experiencia propia. La filosofía está encasquillada desde hace siglos a causa del conflicto que se ha producido entre la rigidez de su arma favorita —la razón— y la ambición de su empeño teórico —nada menos que conocer las causas últimas de absolutamente todo—. Para resolver este forcejeo inútil no hay otro remedio que ceder en una de ambas exigencias. La ambición es irrenunciable; la rigidez no tanto, y por eso una de las salidas más prometedoras ha sido buscar amparo en la literatura: «La filosofía se vuelve más sensata cuanto más se aproxima a la literatura. La prosa limpia es el escollo de la especulación extravagante». No obstante, imprimir un giro literario a la filosofía acaba reblandeciéndola en exceso. La gran literatura otorga evidentes prestaciones filosóficas… en tanto no pierda su propia identidad y respete la distancia que la separa de su interlocutora. Identificar o confundir literatura y filosofía es malo para la filosofía y también para la propia literatura.
Es indiscutible que el colombiano alivia un poco la severidad de su condena con un gesto de simpatía y quizás incluso de complicidad, como cuando espeta: «Un congreso de ‘filósofos’ enternece». Por eso mismo tampoco renuncia del todo a identificarse con el filósofo, aunque sea con el más incongruente de todos, esto es, con el filósofo escéptico. En cualquier caso, antes que filósofo, hombre de letras o de cultura, Dávila es un homo religiosus, aunque en una peculiarísima versión, exenta de cualquier acento clerical o beato. De alguna manera conjuga escepticismo y cristianismo como dos caras de una misma moneda: «Escéptico o católico: lo demás se pudre con el tiempo». No cabe duda que maridar la religión con el escepticismo sorprende, puesto que de entrada más bien parecen contrapuestos. Recuérdese el título de la obra más conocida de Jaime Balmes: Cartas a un escéptico en materia de religión. Para Dávila sin embargo el escéptico de Balmes «…es un filósofo que no ha tenido tiempo de volverse cristiano». Su versión del concepto es muy original: «El escepticismo es la humildad de la inteligencia». Habrá quien se escandalice de que casi lo conciba como una especie de preámbulo fidei vivencial, pero así era don Nicolás: no escribía para pacatos. Una y otra vez insistió en la idea del escepticismo como filtro depurador de todo los que embota la mente y la ciega para alcanzar verdades radicales: «El escepticismo no mutila la fe, la poda». Arriesgaré la hipótesis de que a su juicio los principales obstáculos que hoy en día impiden abrirse a la verdad no son las cautelas, sino los prejuicios legados por una civilización decrépita.
En todo caso, y a la luz de las declaraciones precedentes, la personalidad de Gómez Dávila emerge muy próxima a las de los grandes conversos de los primeros siglos, que reconocieron en el cristianismo no solo la verdadera religión, sino la verdadera filosofía, la verdadera gnosis. Como ellos, en lugar de renegar sin más del paganismo o de la racionalidad griega, ve en ambas el punto de apoyo más sólido para que la gracia sobrenatural de la fe efectúe su trabajo: «Sólo es católico cabal el que edifica la catedral de su alma sobre criptas paganas». Afirmaciones así apuntan a captar toda la grandeza de la religión cristiana en lugar de empequeñecerla con renuncias que privan de asiento a la simbiosis de humano y divino que la Providencia eligió como lugar de encuentro: la civilización grecorromana hizo al hombre capaz de elevarse a lo universal, mientras que los cultos paganos le enseñaron a efectuar sondeos cada vez más hondos en las raíces del existir. Dávila llega a decir de sí mismo: «Más que cristiano, quizá soy un pagano que cree en Cristo».
Así pues, defiende una versión de lo religioso que no impugna lo filosófico ni lo mítico, sino que desborda a lo uno en anchura y a lo otro en profundidad. Estas coordenadas ayudan a entender el nuevo sentido que otorga al escepticismo, convertido en auxiliar oportuno para purificar la inextinguible dimensión paganizante de la humanidad: «Sólo el escepticismo estorba la incesante entronización de ídolos». Además, ayuda a sortear los extravíos de la razón cuando se cierra sobre sí misma: «Entre el escepticismo y la fe no hay conflicto, sino un pacto contra la impostura». Su fruto más sustancioso es otorgar la entereza de espíritu conveniente para aguardar sin impaciencia la plena manifestación de la verdad: «El auténtico escepticismo espera sereno sin erigir ídolos subrepticios». Se convierte así en bastión defensivo contra el error y también contra la degradación de la verdad que adviene cuando su búsqueda se contamina con elementos extraños o se superficializa por la frivolidad de tantos mal asentados creyentes: «Escuchar a convencidos es interesante, pero sólo se puede dialogar con escépticos». Esta suma de virtudes configura una nueva fórmula de filósofo cristiano, fórmula que aspira a «Dar al discurso religioso la limpidez de las grandes prosas escépticas».
Espero que lo dicho aclare suficientemente el efecto «terapéutico» del escepticismo. Ya sabemos en líneas generales para qué sirve según la concepción de Gómez Dávila. Todavía falta, en cambio, saber cómo produce estos benéficos efectos, cuál es el secreto de su mecanismo. Lo primero que conviene advertir es que según este autor en la Modernidad la filosofía ha sufrido un «estrechamiento». A este respecto, el colombiano adopta una postura muy tajante. En concreto, afirma que dentro del campo de la teología natural las supuestas «demostraciones» estorban más que ayudan: «Las ‘pruebas’ de la verdad del cristianismo son una de las fuentes de la incredulidad» (EII, 382c). Sorprende una declaración así en un notorio creyente. Incluso resulta más provocativa cuando desecha orgullosamente la asistencia de algunos supuestos «amigos»: «Cierta raza de apologistas le busca puesto al cristianismo en la sociedad moderna exhibiendo certificados favorables, expedidos por físicos o biólogos. Como si mendigaran recomendaciones de antiguos criados para recluir en un sanatorio al amo arruinado». Al igual que muchas otras invectivas suyas, ésta me parece que tiene verdadera gracia: altivamente prefiere caminar hacia el destierro que sentarse en segunda o tercera fila de banquetes ofrecidos por los nuevos ricos.
Hay quien considera a Dávila un exponente del irracionalismo fideísta. Voy a intentar defenderle de esa acusación. Para ponérmelo más difícil, citaré antes otro de sus desplantes: «Las diversas ‘pruebas’ de la existencia de Dios ganan fuerza a medida que pierden rigor». Mi defensa se basa en que sería un grave error tomar esta frase como una broma, porque en este escolio no se apunta a las «diversas pruebas», sino al «rigor». El gran sabio que fue Tomás de Aquino habló de «vías» para llegar a la existencia de Dios, no de «teoremas». Descartes y los demás modernos fueron los que confundieron los términos, en su obsesión por procurar certezas indudables. Tuvo que venir luego el impío David Hume, no para demostrar lo contrario, sino para efectuar el caritativo trabajo de resituar nuestro saber racional de Dios en el modesto lugar que le corresponde. Para el creyente la fe religiosa pertenece al plano de lo sobrenatural, al cual se subordina el natural. A tal fin basta con procurar que la razón ejerza honestamente su cometido, reconozca sus propios límites y los respete.
Una de las afirmaciones más categóricas de Dávila es la siguiente: «Nunca hubo conflicto entre razón y fe, sino entre dos fes». Parece mentira que algo tan evidente resulte tan difícil de reconocer y asumir con todas sus consecuencias. Gómez Dávila esquivó todas las aburridas precisiones que ocupan a los que se dedican a la filosofía de la ciencia, pero conocía atajos para llegar con rapidez a las metas que alcanzan los teóricos del conocimiento cuando culminan con éxito sus prolijos periplos: «El conocimiento se funda sobre sospechas inteligentes, no sobre certidumbres inconcusas». Bien pensado, las certidumbres sin sombra brillan por su ausencia. Por eso resulta obligado revestirse de modestia a la hora de hacer balance de cualquier encuesta: «Entender suele consistir en entender que no habíamos entendido lo que habíamos creído entender». No se trata de un simple retruécano ni de una burla; es tan solo puro y simple realismo. Porque «Una convicción no se robustece sino cuando la nutrimos de objeciones». Aquí Dávila confluye bastante con uno de los pocos filósofos sensatos que ha dado el siglo XX, Karl Popper. Porque sabía respetar lo que la experiencia enseña, el colectivo científico consiguió mantenerse en contacto con la realidad, a costa claro de apegarse estrechamente al terreno: la tutela de lo empírico resguarda al investigador de los grandes desvaríos, pero el filósofo se ocupa de cuestiones que están a años luz de lo que cabe solventar con meras constataciones fácticas. Su suelo nutricio no lo constituyen los experimentos, sino las experiencias que muestran los aparentes sinsentidos y ocultos sentidos de la existencia. Si encaramos el problema del conocimiento exclusivamente de la mano de la lógica, el fracaso es seguro, porque: «Para acertar es necesario contradecirnos. Porque el universo es contradictorio». Reconocerlo así no es síntoma de irracionalismo, sino de un elemental sentido de justicia distributiva. Cuando el racionalismo choca con la verdad de las cosas, lo irracional sería no volverlo del revés. Una vez más interviene el escepticismo como factor corrector para evitar el peligro siempre acechante de la catástrofe especulativa: «Sin la sonrisa del escéptico, la metafísica desemboca en especulaciones gnósticas».
Quisiera hacer constar, para terminar, que Dávila al menos no se conforma con la funcionalidad meramente negadora y erosionante del pirronismo tópico, sino que emplea el escepticismo como expediente para remediar la desarmonía que existe entre la filosofía y el universo: «La filosofía, infortunadamente, consiste en un discurso, que si no es coherente no es nada, sobre un universo, que no es nada si es coherente». ¿Y cuál podría ser el anhelado remedio? Dávila no acaba nunca de decirlo; su posición podría calificarse de algún modo como incompleta, por cuanto el quehacer humano sería para él algo esencialmente truncado: «El pensamiento es indefinido en ambas direcciones: no conoce conclusiones últimas, ni principios primeros». Esto implica que hay que partir del desfondamiento y resignase a la imposible culminación. Ahí está sin duda la clave de la religiosidad de Gómez Dávila, religiosidad que no se apoya en un déficit de ambición, sino —muy al contrario— en un exceso: «El cristiano se niega a buscar la razón de las cosas en ese delgado estrato de ser a nuestro alcance». El hombre sería para él el único ser que no abdica de sus pretensiones inextinguibles a pesar de la lúcida captación de que su condición se reduce a pura dependencia, lo cual implica que no es posible dar ni un solo paso que no sea aventurado: «Toda verdad es riesgo que nos parece valer la pena tomar». No sólo el conocimiento, sino la vida toda es albur, contingencia. Por eso precisamente el no saber escéptico resulta un buen compañero de aventura: «En todo gran cristiano caben dos escépticos y sobra puesto para el cristianismo». Escepticismo que, bien entendido, no es puerto de destino, sino escala previa a la asunción de nuevas inseguridades. «El momento de mayor lucidez del hombre es aquel en que duda de su duda». Podría decirse entonces que los cristianos no vivimos de las soluciones, sino de los aprietos: «El catolicismo no resuelve todos los problemas, pero es la única doctrina que los plantea todos». La última paradoja constatada por el colombiano es que la asunción radical de nuestra pobreza se convierte sin saber cómo en cuerno de la abundancia: «Las pruebas de la existencia de Dios abundan para quien no las necesita».