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Los últimos días de Franco

Miguel Ángel Aguilar siguió los meses de la enfermedad a pie de pista, en el palacio de El Pardo y en los hospitales en los que Franco estuvo ingresado. Ahora ha publicado en un libro la crónica de aquel apasionante pulso entre la vida, los intereses políticos y la muerte

Franco en el hospital en una de sus últimas apariciones públicasEuropa Press

Uno de los mayores méritos de un libro, si no el mayor, es conseguir que el lector se embarque en la lectura del relato a pesar de que conozca la historia.

Eso me ocurrió hace años cuando leí la novela de Leonardo Padura El hombre que amaba a los perros. Y ha vuelto a ocurrirme ahora con el libro No había costumbre. Crónica de la muerte de Franco (Ladera Norte), del periodista Miguel Ángel Aguilar, que acaba de llegar a las librerías.

Por razón de edad tuve la oportunidad de seguir día a día los hechos que rodearon la muerte de Francisco Franco, como la tuvo Miguel Ángel Aguilar. Solo que él los vivió muy de cerca porque tuvo que cubrir la información como periodista.

El libro es la crónica detallada que va desde el 9 de julio de 1974, cuando se anunció que Franco padecía una flebitis y había sido ingresado en el hospital que llevaba su nombre, y el comunicado de su fallecimiento en la madrugada del 20 de noviembre de 1975.

Cubierta del libroLadera Norte

Miguel Ángel Aguilar siguió los altos y bajos de la enfermedad siempre a pie de pista, presente en las inmediaciones del palacio de El Pardo y a la puerta de los hospitales en los que Franco estuvo ingresado.

Porque aquello fue un ir y venir para tratar de prolongar sin ninguna esperanza de cura la vida del general. Recuerda que incluso se llegó a improvisar un hospital en El Pardo para que Cristóbal Martinez Bordiú, yerno de Franco, pudiera tener el control de la información que se hacía llegar a los medios desde los hospitales.

El periodista Miguel Ángel AguilarDiego Radames / Europa Press

Pocos días después hubo que practicarle dos operaciones, en una de las cuales se le extirpó medio estómago. Recuerda Miguel Ángel Aguilar que fue tal el sufrimiento en esas idas y venidas innecesarias del general al quirófano que hubo un momento de dolor en que le dijo a Carlos Arias, presidente del gobierno: «Arias, qué duro es morirse».

Cuenta cómo en una intervención que se le practicó en el Pardo hubo un momento en que se fue la luz y hubo que terminarla con la ayuda de linternas para iluminar el abdomen.

Pero el yerno del general se empeñó en retrasar el final de su vida, dicen que con la intención de prorrogarla al menos hasta el 26 de noviembre, fecha en que vencía el mandato del presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, porque ese día sería posible su renovación en vida de Franco.

La presidencia del Consejo del Reino era una pieza clave para controlar el futuro político tras la muerte del general. Y al círculo de personas que le rodeaban le interesaba controlarlo antes de la proclamación Don Juan Carlos como Rey.

De nada sirvió someter a Franco a ese duro sufrimiento porque seis días antes falleció. Y el nombramiento por el Rey de Torcuato Fernández Miranda confirmó que era un puesto clave para controlar el futuro político.

Pero el libro no es una crónica encorsetada entre las fechas que marcan el principio del final y el final mismo de la vida de Franco. No es un relato sanitario. También recoge las tensiones subterráneas que circularon cuando el fin se veía venir, como las intrigas en torno a la figura de Alfonso de Borbón Dampierre, primo de Don Juan Carlos casado con una nieta del general; la desarticulación de la Unión Militar Democrática y la detención de sus miembros; o los fusilamientos de dos terroristas de ETA y tres del FRAP en septiembre de 1975.

También recuerda la «marcha verde» organizada por Hasán II para invadir el Sahara español aprovechando la debilidad del Estado español por la crisis de salud de Franco, o la sombra que sobre el final de su régimen proyectó la «revolución de los claveles» en Portugal en abril de 1974.

El pulso narrativo del autor hace que a pesar de ser una historia conocida para muchos, las 138 páginas se lean de un tirón.