Drácula fue, es, un hito desde todos los puntos de vista. Las cartas que se suceden: un libro epistolar donde cada carta es una aventura, una revelación, un cuadro, un relato, una colección de hallazgos que conforman el tesoro que aparece ante los ojos en una narración vanguardista, pero clara, sin primera, ni tercera persona, una fortuna de misivas, lo nunca visto entonces y ahora, en las que aparecen los conocimientos e intereses variados, científicos, culturales, vitales, los anhelos, los recuerdos, las preguntas de Bram Stoker. Un auténtico mundo heterogéneo, que sin embargo aparece maravillosamente ordenado, limpio y pulcro para goce de todo lector que debe serlo, mucho más que conocedor del personaje alimentado cuya esencia es la esencia de incluso algo más que la humanidad, de la que en su tiempo The Manchester Guardian escribió: «El hombre ya no tiene miedo de lo monstruoso y lo antinatural. Es un error artístico llenar todo un volumen de horrores. Un toque de lo misterioso, lo terrible o lo sobrenatural es infinitamente más efectivo y creíble».