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Miguel Ángel Ochoa en la entrevista con El Debate

Miguel Ángel Ochoa en la entrevista con El DebateEl Debate

Miguel Ángel Ochoa: «Fernando el Católico fue el maestro de la diplomacia española»

El diplomático y académico repasa para El Debate su sólida y singular trayectoria, cuya base es una perspectiva nítidamente humanista

A sus 94 años, Miguel Ángel Ochoa Brun, embajador de España y académico numerario de la Real de la Historia, recibe, erguido, en su piso del madrileño barrio de Argüelles.

Nada de bastón. Lo mismo cabe decir de su mente: se encuentra en perfecto estado. Conversar con el embajador Ochoa, poco proclive a las entrevistas, es hacerlo con un humanista.

Le avalan, obviamente, sus libros sobre la historia de la diplomacia española, pero también libros de cuentos –El juego de los dados, que bien podría considerarse un ensayo filosófico– y poemarios, el último inspirado en el mito griego de Ifigenia, aplicado a su propia vida y sentimientos.

«Siempre fui muy adicto a la literatura», explica. «Disponía de una excelente biblioteca familiar, desde mi juventud me aficioné a escribir. Fui así autor de numerosas historias cortas o cuentos novelados, a lo largo de muchos años, si bien sin intento de darlos a la luz pública».

«Con mayor asiduidad, me he dado a la poesía; desde mi adolescencia habré escrito un sinnúmero de sonetos; algunos en traducción castellana de otros tantos de Goethe, Shakespeare, Ronsard o Petrarca, mis autores favoritos. Muy pocos han visto la luz». El de Ifigenia es uno de ellos.

Una obra redactada principalmente a lo largo de casi cuatro décadas de carrera diplomática, lo que aboca a preguntarle sobre el origen de esa vocación. «Creo que las vocaciones no son algo congénito, sino que se adquieren tempranamente a causa de determinados influjos o circunstancias».

Por lo que a mí respecta, fueron los libros, «como tantas otras cosas a las que estoy agradecido en mi vida», las que le impulsaron a este propósito. Se refiere a dos libros: la Política internacional de Fernando el Católico, de José María Doussinague, y el Tratado de derecho diplomático, de Ginés Vidal y Saura, «que ocuparon mis lecturas y favorecieron mis aficiones desde mi adolescencia».

El primero, que apareció en 1944, lo vio en el escaparate de La Casa del Libro de Espasa Calpe. «Doussinague, ilustre diplomático español que estudió a fondo en varios sucesivos volúmenes la obra de Don Fernando», precisa. Ochoa admiró mucho ese libro, «escrito a la vez con suma erudición y comprensible admiración por el personaje del monarca». Doussinague con el tiempo sería director de la Escuela Diplomática, como él mismo, entre 1986 y 1991.

En lo tocante al Tratado de derecho diplomático de Ginés Vidal y Saura, lo descubrió, esta vez, en el escaparate de la librería Reus de la Puerta del Sol. «Aquel conseguí que me fuera regalado, este lo adquirí yo mismo. Ginés Vidal acabaría siendo embajador de España en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial y falleció regresando a España bajo los horrendos bombardeos de 1945. Así pues, puedo decir que mi vocación de adolescente –yo tendría unos 14 años– se forjó a través de dos libros, uno de Historia, otro de Derecho, disciplinas que fueron luego mis dos carreras universitarias».

Quien dice diplomacia, dice destinos. Ochoa siempre se ha tenido por afortunado en sus puestos. «Creo que si me hubieran preguntado al comienzo a qué puestos me hubiera gustado ser destinado en el futuro, habría precisamente elegido los que tuve, es decir, Munich, Roma y Viena. Mi admiración por la cultura alemana y mi estudio de su lengua, favorecieron mi primer puesto en el Consulado de Múnich en 1962».

¿Roma? «Mi devoción por Roma –¿quién no la tendría?– y mis abundantes y gustosos estudios romanos desde años juveniles, se vieron compensados con mi nombramiento como consejero cultural en la Urbe en 1981». ¿Viena? «Mis trabajos sobre los Habsburgo que me habían ya llevado a consultar el riquísimo Archivo del Estado en Viena, además de mis frecuentes relaciones con el Theresianum como Director de la Escuela Diplomática, se correspondieron admirablemente con mi nombramiento como Embajador en Viena en 1991».

En la capital austriaca permaneció hasta 1996, estando simultáneamente acreditado como máximo representante de España en Eslovenia y Bosnia-Herzegovina. Es decir, presenció, a veces a corta distancia, otras sobre el terreno, la trágica realidad de las guerras balcánicas.

«Con comprensible horror», recuerda. «Aquellos terribles sucesos bélicos me causaron espanto. Tuve tristísima ocasión de contemplar sus resultados en Sarajevo, el edificio de cuya arrasada biblioteca me produjo una tristísima impresión, la de ver devastada la cultura como una señal atroz de pesimismo humano. Compadecí directamente el padecimiento de aquellos pueblos, cuando hube de verme revestido de chaleco antibalas (claro mentís de toda diplomacia), habitar en un hotel bombardeado y presentar credenciales en un ambiente de palmaria inseguridad. El indudable honor de ser el primer embajador de España en Bosnia-Herzegovina hubo de ser acompañado de la tristeza de aquellas circunstancias».

Una sensación amarga compensada por «la alegría, sin embargo, de ser también el primer embajador de España en Eslovenia, cuya bella capital, Lubliana, pude admirar repetidamente. Creo que aquellos países, Croacia, Eslovenia, Bosnia, pletóricos de Historia europea, merecen disfrutar de su presente y futuro, superados los horrores de una etapa dolorosa e injustificada».

Semejante experiencia ha desembocado en una monumental Historia de la diplomacia española en varios volúmenes. El origen de esa magna ópera obedece a una combinación de dos vivencias que están presentes en la armadura intelectual y por ende también profesional de toda su vida: la Historia como primordial sustancia de sus aficiones, curiosidades y sentimientos, y la Diplomacia como eje inseparable de sus años de acción, esfuerzos y dedicaciones.

«A las dos he ofrecido continuamente mis voluntades; creo que las dos me han respondido cooperando con creces a la construcción de mis años. ¡Mi gratitud a ambas!».

Prosigue: «El hecho, fundamental en mi vida, de que yo pueda honrarme con los títulos de Embajador de España y Académico de la Historia constituye el mejor y mayor galardón de que pueda blasonar. Otra cosa es el haberlo merecido. Por la fervorosa intención, sí. Por los resultados de mis modestas aportaciones, desde luego que no. Dicen que los premios se agradecen tanto más cuanto menos se hayan merecido. Es mi caso».

Una humildad que hace compatible con su capacidad para convenir al estudio de la Historia de España una consideración, a la vez especializada y global, del hecho de su Diplomacia, entendida como personal y pormenorizado ejercicio de sus tareas exteriores, con el necesario apunte de las personas que en el tiempo las sirvieron y de los hechos que las acompañaron. «Sabía que no sería una gran obra, pero acaso provista de una cierta utilidad. Y también de un justo homenaje a los diplomáticos de España, en muchas ocasiones y épocas, actores de momentos y acciones de meritorio alcance».

—¿Cuál fue la mejor época de la diplomacia española?

—Seguramente, no sería yo el llamado a responder, puesto que habría necesariamente de coincidir con la mejor época de su Historia exterior, propiamente la enmarcada en el ámbito de las relaciones internacionales, y para esa decisión responderían mejor mis admirados colegas, es decir, todos los historiadores españoles, cuya labor para el conocimiento de nuestro ingente pasado nunca se admirará ni agradecerá bastante. Vaya aquí para ellos mi homenaje.

—¿Podría dar algunas pistas?

—Si se requiere mi modesto enjuiciamiento, no podré sino opinar que el mejor momento de nuestra diplomacia, probablemente es el iniciado con la obra de quien con razón es tenido por el ‘maestro de la diplomacia’ que fue Fernando el Católico, creador de un fructuoso esquema de relaciones europeas que fue la base de un período de provechosas consecuencias para España. Haber concebido tales ideas, haber logrado ponerlas en práctica y, para ello, haberse servido de personajes adecuados fue su mérito. La consecuencia fue, a partir del siglo XVI, un secular tiempo de notoria presencia de España en el panorama internacional, con indudables éxitos achacables a los embajadores que los monarcas españoles supieron colocar en lugares, instantes y decisiones de política exterior.

Se niega a opinar, en cambio, sobre la diplomacia de hoy en día, pues corresponde “a mis queridos colegas diplomáticos que hoy día tienen a su cargo la honrosa y honrada tarea de proseguir con éxito, talento y decisión, un camino que otros iniciaron y encauzaron. Modelos tienen en nuestra Historia, esa que yo he disfrutado en escrutar, rutas tienen ante sí abiertas, en un mundo en constante cambio, pero pleno en posibilidades.

Conclusión: «nuestros diplomáticos de hoy gozan de confianza para que puedan alcanzar logros basados en la convivencia internacional, en el prestigio de una España exteriormente respetada e influyente, en la firmeza de instituciones sólidas y de aspiraciones legítimas, en la España de otros tiempos, en fin, pero que sea la de hoy y de mañana».

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