Alfonso Ussía, durante la entrevista de 2007, en su casa de Madrid
Entrevista inédita con Alfonso Ussía: «La española es una sociedad especialmente mansa y cobarde»
En 2007, el genial articulista y escritor concedió, para la extinta revista Chesterton, una entrevista al hoy periodista de El Debate José Antonio Méndez, con respuestas que nunca se habían publicado hasta hoy.
Por su pluma escriben san Juan de la Cruz, Cervantes, Quevedo, Góngora, Cernuda, Altolaguirre, Unamuno, Wilde, Wodehouse, Chesterton y Natalie Clifford Barney, entre otros muchos. De aquellas fuentes bebió para convertirse en lo que es hoy: uno de los autores españoles de mayor ingenio y prestigio.
Habla de las denuncias que le valen sus artículos como si las coleccionase, aunque sin orgullo: «Es lo malo que tiene esto. Si aún se llevasen los duelos a espada, alguno me retaría», bromea. En su rostro no hay arrugas; hay muecas cinceladas a golpe de carcajadas durante 60 años, más de 30 libros y un millar de artículos periodísticos.
Su despacho es un laboratorio de ideas: libros humeantes de ingenio, facsímiles incunables, bocetos de su amigo Antonio Mingote, y poesías sangrantes y ácidas que aún no ha llegado a publicar.
Como las sillas están ocupadas por pilas de novelas, folios y libros marcados, tenemos que sentarnos en los sillones verdes del salón, y le falta tiempo para ofrecernos un vaso de agua, o un wiski. Aquí, con la misma naturalidad que extingue su cigarrillo ante la mirada del retrato de don Juan de Borbón, va sacudiendo sablazos de política, de educación, de cultura, de religión... y de humor. A fin de cuentas, es Alfonso Ussía.
Alfonso Ussía, durante la entrevista de 2007, en su casa de Madrid
–Escribe cada día desde hace años, ¿no se le agotan las ideas?
–No tiene mucho mérito. Rubinstein, el pianista, decía que cuando dejaba de tocar un día lo notaba él, cuando dejaba de tocar dos, lo notaban los críticos, y cuando dejaba de tocar tres, lo notaba el público. Esto es lo mismo. Llevo más de 30 años sin vacaciones efectivas porque no he dejado de escribir ni un solo día, y cuando me voy a veranear sigo escribiendo mis artículos y mis libros. Yo he trabajado muchísimo, desde que tenía 11 años. Pero no me puedo quejar, porque es lo que más me gusta, y además he conseguido ser mi propio jefe –que eso es importantísimo–, tener una independencia absoluta y alcanzar un nivel de vida aceptable. [Hace una pausa dramática y enfatiza] He conseguido la absoluta libertad. Yo soy libre, y si alguien osa coartar mi libertad, yo respeto la libertad de quien intenta coartármela, pero me voy.
–Viendo su biblioteca, ¿disfruta más leyendo o escribiendo?
–Disfruto más leyendo, aunque escribir es mi única manera de entender la vida. Para mí escribir no es un ejercicio relajante. Escribir tortura. Antonio Mingote dice que cuando se pone a pintar un cuadro o a hacer un dibujo, el tiempo deja de existir y trabaja relajado. En cambio, cuando tiene que escribir, en la mitad del primer folio ya está sudando.
–Decían que Chesterton se reía a carcajadas al releer sus artículos. ¿Le pasa a usted lo mismo?
–Yo no me releo. Y soy muy antiguo: la poesía tengo que escribirla a mano; los artículos los escribo en un ordenador que es el más antiguo que hay, y lo utilizo sólo como una máquina de escribir. Luego lo imprimo, porque leo mejor en papel, y ese papel lo envío en fax. Sólo leo el artículo para ver si hay erratas. Sí me ha pasado que he vuelto atrás, a libros que he escrito hace 14 o 15 años para consultar algo, y me he dicho: «Hombre, aquí no estuviste mal», pero no soy mucho de releerme.
–¿Disfruta más cuando escribe en tono hilarante o cuando la actualidad le obliga a escribir de política?
–De lo que más me gusta escribir es de las costumbres y de cosas divertidas. Es lo que más me relaja, dentro de lo que cabe. Lo que pasa es que es inevitable que tenga que escribir de política; no me aceptarían como columnista en ningún periódico si no tocase esos mimbres. Pero disfrutar, lo que se dice disfrutar, lo hago cuando hablo de las costumbre, de anécdotas, de algunas situaciones… incluso cuando escribo de personas en sentido positivo. Por ejemplo, las novelas de Sotoancho no las escribo por el éxito de ventas que tienen, sino porque me relajan. Después de escribir de Otegui o de Zapatero, escribir de Sotoancho es una delicia.
Somos un país muy dogmático y sólo nos hace gracia lo que ataca o lo que se ríe del adversario, pero no hay conciencia de reírse de uno mismo.
–Entonces, ¿hay tantos columnistas crispados porque hay pocos que escriban de humor?
–España no es un país que se caracterice por el sentido del humor. Somos un país muy dogmático y sólo nos hace gracia lo que ataca o lo que se ríe del adversario, pero no hay conciencia de reírse de uno mismo. El gran creador de la literatura de humor en España, además de Marcial, es Cervantes. Y Cervantes está empezando a ser considerado ahora, 400 años después. En España, el humor no se considera un género mayor, cuando en países mucho más cultos y en literaturas mucho más floridas, como la inglesa, es fundamental. Si no cultivas la cultura con humor, estás perdido.
Alfonso Ussía, durante la entrevista a la revista Chesterton en 2007
–¿Entonces es que ya no hay coñones en el reino de España?
–[Ríe] Está muy bien traído el símil, pero en España, desgraciadamente, la gran tradición satírica se termina con Jaime Campmany, modestamente conmigo... y ya no hay más. Y eso que me río mucho con las columnas que escribe usted en La Gallina Ilustrada. Pero ahora, por ejemplo, no hay nadie que sepa escribir poesía satírica. De hecho, hay muy poca gente que sepa escribir poesía, según los cánones de la poesía. Todo esto es consecuencia de haber eliminado el estudio de Humanidades en los colegios y en las universidades. Asistimos al triunfo de los estudios tecnológicos y de la cibernética, pero desde hace años el humanismo está sufriendo un gravísimo atentado. Me asusto cuando vienen a entrevistarme estudiantes de Periodismo o Derecho y acabo preguntándoles «¿A quién habéis leído, a quién analizáis?». Siempre empiezan en Bryce Echenique y yo les digo que es fenomenal que empiecen en Bryce Echenique, porque es un gran escritor, como Julio Cortazar, Mario Vargas Llosa, García Márquez o Umbral. Pero ellos son consecuencia de una larguísima trayectoria que nace en los clásicos.
–De hecho, hace ya varios años me decía usted que era una tragedia que se haya perdido la lectura de los clásicos…
–Sin duda. Porque leer a los clásicos es lo que nos enseña a nosotros a escribir. Nadie nace sabiendo escribir: tienes una facilidad o una intuición, pero para escribir bien hay que leer, y los clásicos te enseñan. San Juan de la Cruz es un poeta que habría que obligar a leer, pero no sólo por la majestuosidad y la grandeza de su poesía, sino por el sentido de la metáfora, por su capacidad de escribir dejando a la libertad del lector la interpretación de su poesía. Para mí, san Juan de la Cruz es un genio. Así que un señor que escribe y que dice que nunca ha leído a san Juan de la Cruz, lo leo con un poco más de recelo. ¿Lo ha leído usted?
–Sí, sí, por supuesto. Pero me recuerda a lo que nos dijo hace poco Sánchez Dragó, que asegura que estamos ante un adiestramiento de borregos de pastoreo…
–Estamos en una época en la que grandes libertades conseguidas están siendo machacadas por un afán profundo de prohibición. En este momento, la sociedad española acepta, sin ningún tipo de protesta y con una gran mansedumbre, una avalancha de prohibiciones. Nuestros gobernantes son prohibicionistas antes que gobernantes, ¡y no hay una reacción social! Las sociedades están sometidas por un deseo de aborregamiento: la economía permite tener cosas que antes eran más difíciles de obtener, las necesidades primarias están cubiertas y esto les permite aceptar todo lo que sea. Se ha perdido la reacción individual de las personas.
En este momento, la sociedad española acepta, sin ningún tipo de protesta y con una gran mansedumbre, una avalancha de prohibiciones.
–¿Y cómo despertamos a esta masa dormida?
–La gente despertará cuando las prohibiciones se conviertan en socialmente insoportables. Pero reaccionarán otras sociedades antes que la nuestra. La española es una sociedad especialmente mansa y cobarde.
–Esta intromisión del Estado en la sociedad, ¿afecta también a la educación?
–El aborregamiento de la sociedad se inicia en su adiestramiento, y el adiestramiento arranca en la educación. Esa es una práctica estalinista. En una buena parte del socialismo español, que no está integrada en el socialismo europeo –el socialismo europeo no es otra cosa que la socialdemocracia– hay muchos resortes estalinistas. Lo más preocupante del Gobierno [de Zapatero], además de las prohibiciones, de las cuestiones educativas y todo eso, es su afán por recuperar los peores tiempos, los malos recuerdos de nuestra memoria (porque la memoria la tenemos todos, unos y otros). España lo que tiene que hacer es olvidar esa época, no traerla de nuevo. Y luego está la crispación social que está creando, por lo que algunos interpretan que es el proyecto de destrucción de España, otros, una ordenación anticonstitucional de lo que es España, y otros, un desmantelamiento del concepto de España. Esta es la herencia más grave del Gobierno de Zapatero y la única que ha agitado a la sociedad.
Alfonso Ussía, durante la entrevista de 2007
–También es usted una de las voces más críticas con el llamado «mundo de la cultura»...
–Es que yo no sé a qué mundo de la cultura se refieren muchos periodistas. Claro que al periodismo, en un 95 %, no lo considero inmerso en el mundo de la cultura. El periodismo está lleno de analfabetos. Y no lo digo por usted, que es una excepción. Pero es que, cuando se habla del mundo de la cultura y de los intelectuales, y sacan a Pilar Bardem, entonces se me hinchan las pelotas, sencillamente por la ridiculez. Si me hablan del mundo de la cultura y me citan a Víctor García de la Concha, o a Gustavo Bueno, o a Antonio Mingote, o a científicos como Valentín Fuster, o a Antonio López, o a Garci… vale, eso es el mundo de la cultura. Pero que el mundo de la cultura sean los pancarteros y pegatineros subvencionados del cine español, es de risa… El cine español no es la cultura, es la subcultura. La prueba es que es muy malo y está arruinado, y tiene que vivir gracias a nosotros. La ley del cine es el pago de favores políticos.
Cuando se habla de los intelectuales, y sacan a Pilar Bardem, se me hinchan las pelotas, sencillamente, por la ridiculez. Que «el mundo de la cultura» sean los pancarteros subvencionados del cine español es de risa.
–Así que lo de subvencionar películas para «garantizar la cultura libre» no va mucho con usted, deduzco.
–En un mercado libre, el cine debe ser como el mundo editorial, y como las fábricas de zapatos o las marcas cosméticas. El cine tiene que producirse a sí mismo, arriesgar y dejar que sea el mundo libre del ciudadano, la taquilla, el que determine si es bueno o es malo, si tiene éxito o no. Lo que no hay derecho es que nosotros estemos pagando a buena parte de estos golfos nada más que por hacer un cine malo. Y eso es un pago político, no un pago cultural. Garci sí que es cultura dentro del cine. Él se produce sus películas, no pide dinero al Estado, y es un hombre que ha evolucionado intelectualmente como artista. Luis Berlanga ha sido un gran director de cine, pero era mejor cuando sus guiones se los escribía Rafael Azcona. El cine que se hacía en España en los años 50 y 60 era un cine valiente, social, como El Verdugo de Berlanga, que disfraza de humor una realidad terrorífica y que es muchísimo más valiente que las películas que se hacen ahora, porque se hizo y se rodó en un régimen hostil. Aquel era un cine realizado con pocos medios y un gran talento, y ahora es un cine español con muchos medios y ningún talento. Lleno de procacidad, lleno de lugares comunes, sin nuevas ideas… parece que no saben mover ni una cámara. Pero es que el cine es América.
–¿A qué se refiere?
– España es la poesía y la pintura; tenemos una gran literatura, pero la literatura la encuadro más en Inglaterra. Francia es la Historia y las revoluciones sociales. Italia es el arte en conjunto. La música es Alemania. Y América es el cine. ¿Por qué las películas americanas que llegan a Europa son las más taquilleras? Porque la libertad del ser humano va buscando lo mejor, única y sencillamente. ¿Y por qué la gente va mucho más al Prado que al Reina Sofía? Pues porque el Prado es el templo de la cultura universal. Lo clásico no es clásico porque sea viejo, sino porque es bueno y permanece. Por eso permanecen Wodehouse y Quevedo.
–Ahora que lo menta, con Quevedo comparte usted, además de pluma crítica, un buen número de denuncias y pleitos…
–Justo ahora he tenido varias seguidas. Una de Paco Ibáñez; dos por la vía penal de Iñigo Ramírez de Haro; una, el año pasado, con sentencia firme favorable a mí del juez Zorrilla, presidente del TSJPV, que autorizó la marcha de Batasuna cuando no se podía autorizar. Son los grandes inconvenientes de mi trabajo, porque a mí no me hace ninguna gracia acudir a los juzgados. Hoy alguno me habría retado en duelo.
–¿Qué le diría hoy un ecologista coñazo, de los que usted escribió un Manual, sobre el cambio climático?
–No hay nadie en el mundo con dos dedos de frente que no sea ecologista. Todos somos ecologistas. Pero yo no sólo soy ecologista, sino que soy un enamorado de la naturaleza. Me encanta escribir de los pájaros, o de esos monstruos sagrados que son los árboles. Pero el ecologismo no puede ser una profesión. Uno no puede ser de profesión defensor de los monos. No. Tiene que defender a los monos, pero haga usted otra cosa. Eso es una actividad paralela… Yo respeto muchísimo al ecologismo científico e incluso al ecologismo bien intencionado, pero repudio (y de ahí viene el ecologista coñazo) el «ecologismo sandía».
–Algún lector le agradecerá que matice el término...
–Cuando se derrumba el muro de Berlín, el comunismo, derrotado ante su gran fracaso, se escuda y se esconde en otras formas: el ecologismo, el feminismo, la antiglobalización, la lucha contra el cambio climático… Y ese es el mal del ecologismo sandía: muy verde por fuera y muy rojo por dentro. Son los mismos comunistas de siempre, que buscan nuevos caminos para disimular su frustración y su fracaso.
Lo del cambio climático viene por el mal del ecologismo sandía: muy verde por fuera y muy rojo por dentro. Son los mismos comunistas de siempre, que buscan nuevos caminos para disimular su frustración y su fracaso.
–Hablando de fracaso, usted empezó las carreras de Periodismo y de Derecho, pero no terminó ninguna. ¿Fue usted un precursor del fracaso escolar?
–[Ríe] La pregunta es muy buena y demuestra que sabe usted ser un poco cabroncete, pero tiene razón. Aunque lo mío fue un fracaso universitario. En cuanto vi lo que me obligaban a escribir y a leer, me di cuenta de que aquello no era lo que quería, y que si seguía mucho tiempo en la facultad de Periodismo, iba a dejar de escribir como sabía. Me hice, prácticamente, una carrera de Filología por libre. Mire, justo ahora he enviado el artículo al periódico hablando de que en la LOE se elimina el cero como nota, y eso es el mayor error del mundo.
–¿Por qué?
–Un cero es mucho mejor que un uno. El cero muchas veces ha sido más síntoma de rebeldía que de ignorancia. Tener un cero es como tener un diez. Si hay blanco y hay negro, así que el diez tiene que ir con el cero… Yo fui un fracaso, no por el sistema, sino por mí mismo. Nunca quise estudiar lo que no me apetecía. Creo que, aunque es del todo desastroso que se pueda ejercer la Medicina, el Derecho o las ingenierías sin una preparación académica, el periodismo no necesita de estudios especiales. El periodismo se aprende. El que es periodista debe tener una base cultural suficientemente amplia, pero lo demás se aprende en la redacción de un periódico, en una radio o en una televisión. Hay gente más inteligente que yo que piensa lo contrario, pero…
Creo en Dios muchísimo más cuando suena un órgano y hay un buen coro, que cuando suena una guitarra parroquial.
–Cambiando de tercio: va usted a misa semanalmente e incluso escribe de vez en cuando en el boletín parroquial de La Milagrosa.
–Sí, pero la verdad es que yo no soy nada beato. Y hasta me molestan algunas cosas de la Iglesia. Creo que la Iglesia debe ser más natural, pero también más distante culturalmente, más solemne… Por ejemplo, ha sido desastroso para la Iglesia la pérdida del latín. El latín era un idioma que unía a todos los cristianos del mundo, y eso se terminó. Yo creo en Dios muchísimo más cuando suena un órgano y hay un buen coro, que cuando suena una guitarra parroquial, a la que considero una enemiga de la Iglesia, de la fe y de la devoción.
–Don Alfonso, ¿cómo le gustaría terminar esta entrevista?
–Dándole la mano y con la esperanza de que los lectores no crean que, conmigo, han estado perdiendo el tiempo.