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Historias de la músicaCésar Wonenburger

El inesperado regalo de los nazis

El llamado «Concierto de los conciertos» regresa a Viena, el primero de enero, con dos mujeres compositoras y claros guiños a la paz mundial

Concierto de año nuevo en el Musikverein de Viena

En estos días Martín Llade, el locutor que ha sustituido al recordado Pérez de Arteaga en la retransmisión por RTVE del «Concierto de Año Nuevo», ha dicho que la única aportación de los nazis a la historia de la humanidad ha sido precisamente la cita musical vienesa del primero de enero.

Cada vez que invadían (o se «anexaban») un país, los jerarcas del Tercer Reich procuraban que la actividad cultural no se resintiese demasiado. Si la gente continuaba acudiendo con regularidad a conciertos, espectáculos y exposiciones, eso sin duda serviría para confirmar que «la vida seguía igual», como si los ciudadanos de la nueva nación ocupada renunciaran resignadamente a su identidad, libertad y dignidad a cambio de su ración de ocio.

Fruto de ese ejercicio propagandístico de sus «pacíficas» intenciones, las autoridades alemanas impulsaron, en 1939, la celebración de un concierto de Fin de Año (luego ya sería de Año Nuevo) en el cual los miembros de la Filarmónica de Viena, una de las principales instituciones artísticas austriacas, interpretarían un programa conformado por obras amables, seductoras o divertidas, capaces de generar cierto optimismo e ilusión en tiempos oscuros.

Una orquesta con simpatizantes nazis

Hay quien sostiene que los profesores de la orquesta austriaca nunca debieron haberse plegado a los designios de sus nuevos amos; poco menos que habrían tenido que disolver la orquesta y marcharse a sus casas, renunciando a sus trabajos como enérgica protesta en lugar de prestarse a colaborar con ellos.

Sobre este asunto convendría tener en cuenta dos detalles. En las filas de la formación predominaban los simpatizantes de los nazis, al menos seguramente en la misma proporción que entre el resto de los habitantes del país (que, al principio, acogieron en gran medida a los invasores con indisimulado alborozo, como puede apreciarse en varios de los documentos de la época).

Los vieneses podían ser indulgentes con una falta cometida en los ámbitos de la política o la moral, pero no perdonaban una entrada a destiempo en la Filarmónica

Y, además, como había sugerido el escritor Stefan Zweig en otro momento quizá más feliz, los vieneses podían ser indulgentes con una falta cometida en los ámbitos de la política, la administración y la moral, pero en cambio no perdonaban una entrada a destiempo de alguno de los instrumentistas de la Filarmónica, entre otras cosas, «porque estaba en juego el honor de la ciudad». En ese sentido, se trataría de preservar un bastión del auténtico orgullo vienés, su orquesta, que no debía claudicar en el trascendental lúdico empeño aunque ahora le dictaran los programas desde Berlín.

Exterior del Musikverein de Viena

El forjador de la nueva tradición de los conciertos festivos fue uno de los directores asociados al temprano esplendor del conjunto, Clemens Krauss, un enamorado de las composiciones de la dinastía Strauss, que por otra parte habían fascinado a compositores como Brahms, Wagner o Berg.

Krauss ya había impulsado la interpretación de sus populares valses y polcas en lugares tan elitistas como el Festival de Salzburgo, donde aquellas exhibiciones se convirtieron en el éxito que poco después se trasladaría a la cita que ha cuajado, hasta hoy, como el célebre «Concierto de Año Nuevo».

El repertorio elegido por Krauss

El repertorio no ha cambiado demasiado durante este tiempo, conformado mayoritariamente por esas mismas piezas con las que los miembros de la familia Strauss (compositores de origen judío, por cierto) habían cultivado el entretenimiento de la ciudadanía: una selección de aires bailables, entretenidos y dulzones, aunque muchas veces también llevaran implícito, bajo su a menudo almibarado envoltorio de melodías pegadizas, un poso de íntima melancolía, un vago sentimiento impregnado de nostalgia.

Clemens Krauss

La nueva entrega de esta tradición musical que suele congregar a unos cincuenta millones de personas cada 1 de enero, mayormente a través de las ondas, se celebrará el próximo jueves con un debutante.

Por primera vez, dirigirá la cita el canadiense Yannick Nézet-Séguin, responsable musical del Metropolitan de Nueva York y de la Filarmónica de Filadelfia, un maestro que no goza del común consenso acerca de sus proclamadas virtudes, sobre todo cuando se enfrenta con óperas de repertorio. Pero cuenta, en cambio, con muchos partidarios entre la comunidad LGTBI, sin duda, por su personalidad espontánea, exuberante y comunicativa, lo que en ocasiones redunda, en su caso, en interpretaciones exageradas, vacías o superficiales.

Weinlich y Price, dos nuevas compositoras

Junto a la selección de algunas de las piezas más populares, como la «Cuadrilla» de El Murciélago o el vals Rosas del sur, de Johan Strauss II (del que a lo largo de este año se ha conmemorado su 200 aniversario), esta vez, se van a interpretar obras de dos compositoras: Canciones de sirenas de Josephine Weinlich, que en 1860 fundó la primera orquesta femenina de Europa, y el Vals del arcoris de la afroamericana Florence Price.

De esta última, Nézet-Seguin ya ha grabado tres de sus interesantes sinfonías: la número 1, estrenada en 1933, fue la primera de una mujer que interpretó una orquesta norteamericana, la Sinfónica de Chicago. De un modo muy distinto al que Dvorak cultivó en su popular Sinfonía del nuevo mundo, las obras de Price incorporan a la tradición de la forma sinfónica europea el sentimiento de la genuina música afroamericana.

Por cierto, a la lista de obras programadas se han sumado, además, este año, tres con evidente mensaje implícito: al vals de Josef Strauss, Dignidad de la mujer, se añaden dos piezas que remiten a los turbulentos tiempos presentes: la Polca de los diplomáticos, de Johann Strauss II, y el vals Palmeras de la paz, de Josef Strauss. Con esta última culminará el programa oficial antes de dar paso a los números más conocidos en las propinas: El Danubio azul y la Marcha Radetzky, siempre los más aguardados.