Los buques dorados de la clase Trump
El Debate de las Ideas
La Estrategia estadounidense de Seguridad Nacional 2025 como filosofía política
Uno de los rasgos más llamativos de la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 hecha pública recientemente por la Administración Trump no es sólo lo que defiende, sino cómo lo defiende. Esto no es casual. Michael Anton, uno de sus principales artífices, no es un tecnócrata ni un secretario de comité. Es un teórico político de la escuela clásica, profundamente consciente de que las ideas perduran no sólo porque sean correctas en abstracto, sino porque son memorables y tienen la fuerza y brillantez necesarias para quedar grabadas en la imaginación moral.
La filosofía política rara vez se recuerda solamente por sus silogismos. La República de Platón sigue vigente porque muestra la justicia. Recordamos la imagen del hombre justo comparado con un perro bien educado, feroz con sus enemigos pero amable con aquellos que conoce. Platón tradujo toda una psicología moral en una sola e inolvidable metáfora. Recordamos la caverna no porque demuestre paso a paso una afirmación epistemológica, sino porque nos muestra, de modo teatral, la condición humana de una manera que ningún argumento abstracto podría hacerlo jamás.
Del mismo modo, la NSS (National Security Strategy) 2025 prefiere la ilustración concreta a la abstracción burocrática. La migración no se aborda como una «externalidad» o un «reto para la capacidad de gobernanza», sino como una fuerza que disuelve la confianza social, debilita el civismo y desestabiliza el orden político. El hemisferio occidental no es presentado como un aséptico «teatro de operaciones», sino como un espacio civilizatorio que, si se desatiende, va a provocar el caos en el territorio estadounidense. Europa no es presentada como un conjunto de siglas institucionales, sino como una civilización que se enfrenta al agotamiento demográfico y cultural.
Estamos, pues, ante el uso de recursos didácticos diseñados para orientar al lector hacia los principios fundamentales. Al igual que Platón utilizaba imágenes que resonaban en el alma antes de recurrir al intelecto, la NSS 2025 utiliza el lenguaje para reordenar las prioridades estratégicas antes de enumerar las políticas concretas.
La NSS de Trump es escueta, incisiva y, en ocasiones, deliberadamente provocadora. Sus frases están construidas para ser citadas, discutidas y recordadas. Esto es importante, porque la estrategia no se implementa sólo con documentos, sino con personas cuyos instintos están moldeados por narrativas, imágenes y marcos morales. Aborda la estrategia como una empresa moral y filosófica, no sólo tecnocrática.
En este sentido, la NSS funciona menos como un manual normativo y más como un texto fundacional. Su éxito o fracaso dependerá no sólo de si se siguen sus prescripciones, sino también de si su vocabulario conceptual se convierte en la forma por defecto en la que los responsables políticos piensan sobre las fronteras, las alianzas, la soberanía y el poder. Si la NSS de Trump es recordada, lo será porque articuló, en un lenguaje claro y contundente, una visión de los Estados Unidos como una comunidad política con límites, prioridades y obligaciones para sí misma en aras a su pervivencia.
La historia de dos documentos
El contraste entre la NSS de Trump de 2025 y la NSS de Biden de 2022 no es sólo una cuestión de énfasis político, sino de prioridad ontológica. Responden a diferentes preguntas, y eso determina todo lo que sigue después.
La NSS de Biden parte de la premisa de que Estados Unidos es el administrador de un sistema global. La NSS de Trump parte de la premisa de que Estados Unidos es una nación particular arraigada en la historia y la geografía. De esa divergencia se derivan varias diferencias, muy concretas y con profundas consecuencias.
En la NSS de Biden la seguridad estadounidense se plantea siempre en términos de mantenimiento y modernización del orden internacional basado en reglas. Las amenazas se definen como fuerzas que socavan esas reglas, las instituciones y las estructuras de gobernanza global. La seguridad en esta visión es, por lo tanto, expansiva por naturaleza; la inestabilidad en cualquier lugar se convierte así en un potencial motivo de intervención estadounidense a lo largo y ancho del mundo. Esta lógica explica por qué el cambio climático, la salud global, la igualdad de género y las normas democráticas se suman a las amenazas militares tradicionales. Si el sistema es lo que se protege, entonces todo lo que lo pone en riesgo se convierte en una cuestión de seguridad.
La NSS 2025 de Trump, por el contrario, reduce considerablemente el alcance de lo que entiende por seguridad. Lo primero que hay que proteger es la propia comunidad política estadounidense: sus fronteras, su continuidad demográfica, su independencia económica y su capacidad soberana para actuar. Por eso la migración no se trata como un reto humanitario externo, sino como una amenaza estratégica interna. Por eso el hemisferio occidental se eleva por encima de los compromisos globales abstractos. Y por eso la dependencia económica se considera como una vulnerabilidad en lugar de como una consecuencia de ser más globalmente eficientes.
La diferencia entre ambos documentos no está en el ámbito moral, sino en la teleología. Un documento aspira a preservar un determinado orden. El otro aspira a preservar un determinado pueblo.
En el marco de la visión de Biden el poder estadounidense deriva sustancialmente de la legitimidad que le confieren las alianzas e instituciones internacionales, así como el cumplimiento de las normas globales. No se da por sentada la soberanía nacional. La frecuente invocación al enfrentamiento «democracias contra autocracias» refleja esta visión: el poder aumenta cuando está alineado con una coalición moral. Esto conduce a una estrategia que privilegia la creación de consensos, los procesos multilaterales y la reputación, incluso cuando los resultados materiales son inciertos.
La NSS de Trump deja claro que una legitimidad sin capacidad de imponerse es ilusoria. El poder se considera una función de la capacidad material, la posición geográfica y la cohesión nacional. Esto supone un rechazo implícito de las ensoñaciones de conseguir armas milagrosas que, con demasiada frecuencia, son meras promesas vacías. Las alianzas son valiosas, sí, pero sólo en la medida en que refuerzan la fuerza de los Estados Unidos en lugar de reemplazarlos.
Esto explica la franqueza sin filtros del documento respecto de Europa. No se trata de hostilidad retórica, sino de claridad estratégica: los aliados que externalizan sus costes de seguridad a Estados Unidos debilitan el poder estadounidense en lugar de reforzarlo. Una vez más, el lenguaje es importante. El documento no se esconde tras eufemismos. Nombra claramente el desequilibrio porque el desequilibrio es real.
La NSS de Biden trataba al mundo como si éste fuera relativamente plano. Aunque identificaba escenarios prioritarios, daba a entender constantemente que el liderazgo estadounidense era necesario en todas partes al mismo tiempo. Los compromisos se acumulaban sin jerarquía y rara vez se admitían concesiones. Esto reflejaba la suposición nacida del fin de la Guerra Fría de que la primacía estadounidense eliminaba la necesidad de tener que tomar decisiones trágicas.
La NSS 2025 reintroduce la jerarquía geográfica. El hemisferio occidental ocupa el primer lugar, no de manera retórica, sino sustantiva. El desorden cercano es más peligroso que el desorden lejano. Las cadenas de suministro más cercanas a casa son más valiosas que las eficiencias teóricas en el extranjero. Esto no es aislacionismo. Es estrategia clásica. Atenas comprendió que El Pireo era más importante que Sicilia. Roma comprendió que Italia era más importante que las provincias fronterizas.
La NSS de Biden asumía que avanzamos hacia un futuro global más integrado y cooperativo. Los reveses en este camino se consideraban como desviaciones de una trayectoria que, por lo demás, era lineal. La historia era algo que había que trascender.
La NSS de Trump asume que la historia se repite. El poder aumenta y declina. Las civilizaciones decaen. Las fronteras se erosionan. Las decisiones conllevan costes que no pueden ignorarse con buenas intenciones. Por eso el documento se siente cómodo hablando de límites, declive y compensaciones. También por eso evita el lenguaje de la inevitabilidad. Nada está garantizado, por lo que se requiere prudencia. Se trata más de Leo Strauss que de Fukuyama, más de Tucídides que de Kant. Entiende la política internacional como una contienda trágica moldeada por las macro amplificaciones de la naturaleza humana. El poder, el miedo y el interés propio mueven a las naciones, no el moralismo progresista.
Dado que la NSS de Trump parte de premisas trágicas, tiene que ser explícita en su expresión. No se puede advertir del peligro con prosa administrativa. No se puede convocar la voluntad política con abstracciones.
La NSS de Trump se lee como una argumentación filosófica porque asume que la claridad precede al consenso. Esto nos lleva de vuelta a Platón. La caverna no es algo precisamente agradable. Es discordante, inquietante e inolvidable porque así debe serlo. Obliga al lector a contemplarla antes de pedirle que esté de acuerdo con ella. Lo mismo ocurre con la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de Trump.