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Cubierta del libro 'Heredar el Mérito'

Cubierta del libro 'Heredar el Mérito'

El barbero del Rey de Suecia

La necesaria aristocracia

Esta variedad temática no nace ni de un prurito enciclopédico ni de ganas de epatar

Rafael Atienza, marqués de Salvatierra y Teniente de Hermano Mayor de la Real Maestranza de Caballería de Ronda nos regala una reflexión completísima del complejísimo hecho aristocrático en su reciente ensayo Heredar el mérito (Pre-Textos, 2025). No se trata de un tratado para aficionados a las genealogías, sino de un análisis tan informado como audaz de la necesidad de las élites y de su evidente crisis actual. Víctor J. Vázquez lo ha resumido muy bien: «Parece un libro sobre historia de la aristocracia, y algo de eso tiene, pero es más un ensayo de filosofía moral sobre la educación, el mérito, la herencia, la tradición, el honor, la fama, el noble desprecio por el dinero o las aporías de la igualdad».

Esta variedad temática no nace ni de un prurito enciclopédico ni de ganas de epatar. Es fiel a la multitud de aristas que presenta el tema, como refleja y recoge la imponente bibliografía final, otro mérito del volumen. Atienza atiende a todo sin dejar de advertir de su condición de laberinto: «La evidente vaguedad y confusión de esos términos. […] El término nobleza se refiere a la vez a una cualidad personal y a una ascendencia nobiliaria. Honor es una regla externa de conducta y a la vez una conciencia interior: según convenga, es opinión ajena o virtud personal. Aristocracia es el gobierno de los mejores y a la vez una clase dirigente hereditaria. Nobleza obliga es una apelación a las obligaciones inherentes a la clase dirigente y a la vez una justificación del mantenimiento hereditario de la posición. El caballero es el guerrero a caballo y a la vez el dechado de virtudes».

Al lector, sin embargo, puede pasarle desapercibida tanta complejidad gracias a que la prosa del ensayista fluye natural y transparente, cristalina. Las abundantes pero siempre pertinentes anécdotas son una delicia. El profundo conocimiento de la materia se transforma en un paso seguro que conduce al lector con mano firme.

El hilo argumental para entrar y salir del traslúcido laberinto es la vocación de servicio público que caracteriza todas las élites históricas, que se repasan de principio a fin: «El carácter de la nobleza reside, más que en su estatus privilegiado, en su carácter público». Reconociendo que es difícil que prenda un neologismo, y menos frente a siglos de tradición, yo había elogiado mucho en otro lugar que Fernando de los Ríos, para marcar un matiz, propugnó, frente al concepto de «aristocracia», el de «aristarquía», tomado del socialista mallorquín Gabriel Alomar. Con ello, reclamaba y remarcaba el mérito no como forma de gobierno («-cracia» derivado de kratos), sino como principio («-arquía» derivado de arkhé), decantando su auctoritas. Atienza me ha hecho ver que el uso común del lenguaje tenía muchísima razón en ponderar la potestas. La aristocracia reclama mando, responsabilidad, poder; incluso desde la interpretación más espiritual, porque el aristócrata, para empezar, ha de ser señor de sí mismo y gobernar sus pasiones y administrar sus virtudes.

El marqués de Salvatierra, nomen omen, defiende esta idea de una manera más política aún: el aristócrata ha de comprometerse, además, con la salvación de su entorno social. Esa misión le da su razón de ser, justifica la herencia del mérito y despierta la admiración de nuestro autor: «Aún quedan políticos, aunque cada vez menos, que sacrifican los ingresos que pudieran obtener en el mercado privado». Esta misión medio abandonada explica la rotación de las élites, cada vez más vertiginosa, y también la añoranza por un sistema hereditario que permitía una educación enfocada al servicio y el sacrificio. «…Igual que sucedía con la antigua nobleza europea, la entrega a la causa pública, al ágora política, era una obligación [también para la aristocracia estadounidense]. En una entrevista para Vanity Fair, preguntaron a John K. Galbraith si de algo se arrepentía; respondió: «De no haberme presentado nunca a unas elecciones. Un caso de gran cobardía»». Paralelamente, Atienza elogia este paso atrás (relativo) de Peregrine Worsthorne. En su libro In Defence of Aristocracy explicó que, «al pertenecer a una antigua familia de cierta relevancia histórica, fue educado en una obligación hacia el servicio público, pero una cosa se lo impidió: la falta de medios». Worsthorne explicó de maravilla que «entrar en política sin independencia económica le parecía inapropiado, pues exigiría una obsesión por la carrera política y por la permanencia que podía resultar perjudicial para el buen desarrollo de su labor. De modo que entró en The Times y ha tenido una fructífera carrera como periodista y escritor» (que no es poco servicio público, tampoco).

Rafael Atienza se muestra como un fino analista social porque mira desde la altura de una aristocracia, pero con el punto justo de sal. Se le puede aplicar este aforismo de Ramón Eder: «La ironía sin autoironía se queda coja». Es un autor sofisticado sin que se note, melancólico sin victimismos, humorista sin humoradas, pesimista sin amargura, comprometido sin aspavientos… El libro hace cambios de ejes vertiginosos en sus idas y sus vueltas: se pasa de la materia de estudio a la mirada inquisitiva, ambas aristocráticas, y viceversa.

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Oliver Wendell Holmes: «La educación de un niño ha de empezar cien años antes de su nacimiento».
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Boccaccio: «La nobleza se haya repartida por todas las clases sociales».
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Heinz Reif: «La habilidad de acomodarse a las circunstancias cambiantes es una de las cualidades definitorias de la aristocracia».
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Walter Scott y Charles Mills llegaron a la conclusión de que las reliquias de la caballería habían sido absorbidas por el gentleman del XIX.
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Los aristócratas siempre han buscado para sí mismos una definición basada en los principios y el comportamiento.
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Las familias nobles se mostraron sorprendentemente conformes con las desigualdades hereditarias, las injusticias de la preminencia lineal agnaticia o la disposición a perder la vida en la batalla o en el duelo hasta hace muy poco. […] Tocqueville escribió que los aristócratas están dispuestos a sacrificar sus propias gratificaciones en el altar de sus antepasados o en beneficio de sus sucesores.
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Para la nobleza siempre ha sido esencial mostrar una equiparación entre ascendencia y conducta.
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Resulta cargante la afición a equiparar la decadencia con un cierto refinamiento o exquisitez. Es frecuente oír a personas o familias presumir de decadentes, como si fuera un símbolo de elegancia.
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La única definición práctica de un noble medieval continuaba siendo la de un hombre que vestía y actuaba como un noble sin producir hilaridad a su alrededor.
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A finales del siglo XVI, dos tercios de la nobleza de provincias francesa se componía de familias que no habían pertenecido a ese estrato en el siglo anterior. […] En España, sólo seis de entre todas las familias preeminentes del 1300 se hallaban entre los cincuenta y dos títulos que reconoció el emperador en 1520.
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La moda de la historia familiar y la genealogía fueron una consecuencia más de la pérdida de poder.
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Entre los riesgos de un linaje están, claro, los competidores más astutos y ambiciosos, además de los avatares externos, como guerras, sequías, plagas o matrimonios por amor.
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Puestos a calcular un hipotético índice de supervivencia a la mediocridad aristocrática, se puede estimar que bastaría con un descendiente hábil cada tres generaciones para que perdurase un linaje.
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En su capítulo de 1474, la Orden de Santiago acordó la fundación de un colegio en Salamanca para jóvenes caballeros.
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El presidente Jefferson había escrito a su sucesor John Adams: «Estoy de acuerdo con usted en que existe una aristocracia natural entre los hombres. Sus bases son la virtud y el talento. Considero esta aristocracia como el más precioso don de la naturaleza para la instrucción, la confianza y el gobierno de la sociedad. ¿No podemos decir que la mejor forma de gobierno es la que provee de forma más eficaz, la selección de esos aristoi naturales para los puestos de gobierno?».
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La idea [de los últimos ensayistas críticos contra la meritocracia] de que la inteligencia está sobrevalorada recuerda la desconfianza que tantas veces ha despertado la agudeza intelectual en el mundo aristocrático.
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Los Austrias concedieron merced de hábito a unos dos mil caballeros, entre ellos a Calderón de la Barca, Guillén de Castro, Saavedra Fajardo, Velázquez, Quevedo y Arias Montano.
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La educación del joven caballero medieval […] consistía en un repaso a los clásicos, amplia catequesis cristiana, continuo entrenamiento para la guerra y lectura de aventuras de caballería.
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La amalgama del honor guerrero germánico, el comportamiento cortesano, el agasajo a las damas y la moral cristiana era en sí misma contradictoria: era imposible ser el perfecto caballero.
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Como tantas cosas, la ascendencia también es para quien la trabaja.
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Cabe destacar que rancio es un adjetivo despectivo donde los haya, salvo en el lenguaje nobiliario, donde es motivo de orgullo.
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Al repasar los índices onomásticos o los diccionarios de historia de España, pocas veces aparecen varios poseedores del mismo título. Ello hace ver hasta qué punto es difícil destacar, aunque se parta de la más encumbrada élite.
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Adam Rutherford: «Quien lea esto tiene ascendencia real, porque todos la tenemos. Tiene ascendencia vikinga, porque todos la tenemos […] Es algo a un tiempo maravilloso, trivial, carente de sentido y divertido».
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Jefferson proponía derribar la vieja aristocracia para «abrirse a la aristocracia de la virtud y el talento», lo que no fue óbice para que escribiera a un amigo que partía para Londres, pidiéndole que buscase en la Oficina Heráldica armas para su familia.
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En Japón, los apellidos samuráis de la restauración Meiji mantienen una proporción que cuadruplica la media nacional de profesores, médicos, abogados y escritores.
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Karl Marx: «La clase dirigente más capaz de asimilar a los hombres prominentes de las clases dominadas es la más estable y peligrosa».
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The Times (editorial de 1979): «Los honores son útiles e inofensivos y despiertan indignación tan sólo entre aquellos que cometen el error de tomarlos demasiado en serio».
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Tocqueville defendía la aristocracia «porque funcionaba»; en Francia, donde había sido degradada por la monarquía absoluta, la postergación de esa aristocracia condujo a la revolución.
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La idea de que el honor dependa de la opinión de quien lo otorga incomoda a Aristóteles. Su afirmación de que la dignidad no consiste en tener honores, sino en merecerlos, es la fuente de la que mana toda la interpretación meritocrática del honor.
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Durante cinco siglos, las cuestiones de honor han seguido un camino ajeno al sistema legal. «¿Por qué menciona uste la ley si está entre caballeros?», pregunta un personaje en una novela de Fielding.
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Si la propiedad no era indispensable, la adecuada educación ciertamente lo era.
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Robert Redeker: «La admiración supone un coqueteo más o menos clandestino con el espíritu de la aristocracia. Admirar, en cierto modo, es como rendir culto a la desigualdad».
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Se atribuye a Jaime I Estuardo la cita de que el rey puede hacer un lord, pero no un gentleman. [Burke la repetía con reverencia, remarcando que sólo Dios podía hacer un caballero, y Eugenio d’Ors la popularizó entre nosotros.]

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