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Portada de 'Los últimos españoles', de Alejandro Macarrón Larumbre y Miguel Platón CarniceroSekotia

El Debate de las Ideas

Los últimos españoles

España está prácticamente condenada a muerte. No lo está por ninguna conspiración globalista, ni por una invasión extranjera o por alguna catástrofe natural. España tal como la conocíamos va a desaparecer porque los españoles decidieron no reproducirse. «El Indicador Coyuntural de Fecundidad de las mujeres nacidas en España fue en 2023 de 1’09. Esto implica que la nueva generación de españoles —los que nacen ahora— sería un 48 % menos numerosa que la generación de sus padres» (Los últimos españoles, p. 98). Si cada generación es la mitad de numerosa que la anterior, calculen aritméticamente lo que nos espera.

El hundimiento de la natalidad es la única amenaza verdaderamente «existencial» a la que se enfrenta nuestro país; sin embargo, no recibe casi ninguna atención en los medios, las políticas públicas o el debate político. Alejandro Macarrón es, sin duda, la persona que más se ha esforzado por hacernos despertar, desde que publicara en 2010 en Libertad Digital una serie de cuatro artículos bajo el rótulo «Un problema gravísimo del que se habla poquísimo». Siguieron los libros El suicidio demográfico de España (2011), Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo (2017), y ahora este Los últimos españoles, escrito en colaboración con Miguel Platón y publicado por Sekotia, la creación de la Fundación Renacimiento Demográfico y una incansable labor de conferenciante e investigador.

De no ser por la inmigración, la población española (que cayó por debajo de la tasa de reposición generacional en 1981) ya habría perdido 1’7 millones de habitantes; de hecho, hay hoy 4’6 millones menos españoles nativos de entre 20 y 39 años de edad que hace veinte años. Hemos perdido casi cinco millones de jóvenes. Equivale a 17 guerras civiles 1936-39 (aquella nos arrebató 270.000 jóvenes).

Por tanto, el futuro de España no es la rápida extinción —que se daría en ausencia de inmigración— sino más bien el empobrecimiento por envejecimiento y la sustitución demográfica: seremos reemplazados por personas procedentes de culturas que todavía atribuyen alto valor a la familia estable y a la procreación. El libro de Macarrón y Platón contiene información muy interesante sobre la inmigración a España. Doce de los 49 millones de habitantes de nuestro país son ya de origen extranjero. Redondeando, la inmigración que está llegando en los últimos tiempos es hispanoamericana en un 70 %, africana (sobre todo marroquí) en un 15 % y de otras procedencias en el 15 % restante. Hacia el futuro, sin embargo, sería esperable un aumento progresivo del porcentaje africano, porque África es ya el último bastión procreativo de la humanidad (la fecundidad del continente negro, aunque descendente, todavía supera los cuatro hijos por mujer), mientras Hispanoamérica se hunde en el mismo abismo de esterilidad que Europa eligió hace décadas (la tasa chilena, por ejemplo, es ya tan baja como la española). La demografía es el destino: se producirá una gradual africanización de España y del mundo en general.

El de la inmigración es terreno minado, y los autores lo transitan con sensato equilibrio. Recuerdan que los inmigrantes son personas, no números o enemigos («su dignidad es tan inalienable como la de cualquier ser humano», p. 15), que la gran mayoría de ellos son cumplidores de la ley y que hacen una aportación valiosa en algunos sectores (los de cualificación baja o medio-baja). Ahora bien, la inmigración masiva no es la solución para el invierno demográfico español: tratándose casi siempre de personas de bajo nivel de renta, ejercen una presión notable sobre los servicios públicos, a cuyo sostenimiento aportan comparativamente poco, dados sus escasos ingresos. Aunque la mayoría de los inmigrantes sean honrados, existe una minoría delictiva lo bastante numerosa para tener un impacto serio en la seguridad de algunas zonas (por ejemplo, la probabilidad de que un extranjero incurra en «violencia de género» es 3’4 veces superior a la de un español). Súmense a ello los problemas de choque cultural, especialmente con la inmigración de origen islámico. Sin olvidar el peligro de terrorismo yihadista en una pequeña fracción fanatizada.

Hay varios peligros conceptuales asociados a la inmigración como factor demográfico. Uno es considerar —erróneamente— que la solución consiste en sustituir por africanos o hispanoamericanos a los españoles que no llegaron a ser engendrados. Pero el otro es desviar hacia la antiinmigración la energía intelectual y política que debería estar siendo invertida en convencer a los españoles de que vuelvan a tener hijos. Siempre resulta más cómodo y políticamente rentable buscar un culpable externo. Es más socorrido llamar a la expulsión de inmigrantes («remigración», lo llaman ahora) que al matrimonio, la paternidad y el cambio de nuestro orden de prioridades.

Y, sin embargo, ese es el quid de la cuestión: no habrá salvación demográfica de España sin un cambio de valores. Las causas de nuestra infecundidad no son primordialmente económicas, sino morales: uno de los grandes méritos del libro es dejar eso muy claro. No hemos dejado de tener hijos por falta de recursos: las ciudades españolas relativamente más pobres tienen una fecundidad algo más alta que las más ricas; los países más ricos del mundo tienen tasas natalicias tan paupérrimas o más que las españolas. El récord mundial de suicidio demográfico lo ostenta la muy próspera e industriosa Corea del Sur (0’7 hijos por mujer).

No habrá recuperación demográfica sin giro moral-cultural: «La gente volverá a tener varios hijos sólo si vuelve a creer que eso será muy bueno para su bienestar afectivo a corto, medio y largo plazo, y si entiende de nuevo que un matrimonio estable para toda la vida es mucho mejor para sí misma, y para tener y criar hijos, que todas las demás alternativas» (p. 52).

Ese cambio de valores no ocurrirá por generación espontánea: los legisladores, los publicitarios, los docentes, los curas, los guionistas de TV y cine, los medios… deberían colaborar en la promoción de un nuevo clima cultural pro-matrimonio y pro-natalidad. Desde hace medio siglo se ha fomentado exactamente lo contrario: el hedonismo, el carrerismo, la autonomía individual absoluta, la desconfianza frente a la familia tradicional y los valores asociados a ella (religión, fidelidad, etc.), el feminismo radical que presenta al varón como enemigo, el aborto (uno de cada cuatro embarazos es «interrumpido»)... Nuestra atmósfera moral es la de Sexo en Nueva York. Una sociedad basada en esos valores termina autodestruyéndose por falta de relevo generacional.

Si no recobramos natalidad, nos espera la pobreza: la economía será cada vez menos competitiva, lastrada por un gasto público creciente (sanidad, pensiones…: en un país de viejos, esas partidas se vuelven aplastantes) y los déficits y deuda pública consiguientes, además de una alta presión fiscal, imprescindible para sostener servicios públicos desbordados. Faltará mano de obra joven y cualificada. Hipotecados por nuestra pirámide de edades invertida, no seremos asertivos en un escenario internacional que está girando rápidamente hacia la ley del más fuerte. Estaremos geopolíticamente a merced de los nuevos matones. Y la fidelidad de la enorme población inmigrante… ¿Se dirigirá hacia España o hacia su país de origen?

Pero las consecuencias de la infranatalidad no son sólo políticas y económicas: las peores, quizás, son las emocionales y humanas. Cada vez más hombres y mujeres se perderán la experiencia única de traer nuevas almas al mundo. El hundimiento de la natalidad está asociado al de la nupcialidad: cada vez los españoles se casan menos (y más tarde, hacia los 37 años) y se divorcian más. El individuo-rey de la posmodernidad progre no quiere ataduras, sean conyugales o parentales. Pero ese Sujeto Desvinculado («Yo, el Supremo») tiene ya una esperanza de vida de 85 años, de los cuales los últimos 25 o 30 serán de deprimente soledad. El número de personas que viven solas ha pasado en España de 660.000 en 1970 a 5’5 millones en 2025.

Los partidos políticos a los que realmente les preocupe la supervivencia de España no sólo deberían estar hablando de contener la inmigración; también deberían estar preparando agendas ambiciosas y técnicamente factibles de incentivación del matrimonio y de la natalidad. Los últimos españoles da las pistas necesarias: hay que bajar seriamente los impuestos a quienes tengan hijos, en proporción al número engendrado, y habrá que subírselos a quienes no los tengan (porque si no, no salen las cuentas, y no es admisible incurrir en déficits gigantescos). Habría que reformar las pensiones de jubilación de forma que la cuantía de la pensión recibida dependa también del número de hijos habidos y educados (es injusto que quien se molestó en engendrar a los cotizantes reciba lo mismo que quien no lo hizo). Hay que restringir el aborto. Y hay que girar hacia la promoción del matrimonio y la natalidad todo el aparato de condicionamiento legislativo y cultural que durante medio siglo se ha usado para fomentar el individualismo y la «liberación».