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Leopoldo Durán y Graham Greene

Leopoldo Durán y Graham Greene

El Barbero del Rey de Suecia

Juegos de espejos, en serio

Carlos Villar Flor (Santander, 1966) es catedrático —nada menos— de Filología Inglesa y, encima, en La Rioja. También es traductor, poeta y novelista. Su última novela es Tras las huellas de Greene (Menoscuarto, 2025). Se queja (él y su alter ego el narrador, también profesor de universidad y novelista minoritario) de su poco éxito, medio en broma, medio en serio. No sé si esta novela lo tendrá, pero lo merece, que es lo único que —particularmente— nos importa.

Despertada la memoria por las lamentaciones, recordamos la famosa anécdota sobre la receta para hacer un best seller. Se la refresco. Un profesor universitario (¡otro!) explica a sus alumnos que para asegurarse el éxito (¡y dale!) una novela debe tener cuatro ingredientes: algo de Teología o de esoterismo, algo de lujo, algo de sexo y algo de misterio. Y encarga a sus alumnos que escriban una narración que combine esos elementos. A la semana siguiente, cuando pide los trabajos, sólo uno lo ha hecho, aunque es remiso a leerlo en voz alta porque es muy breve. Instado por el profesor, lee su historia: «¡Dios mío [teología] —dijo la marquesa [lujo]— me he quedado embarazada [sexo], y no sé de quién [misterio]!». Tras las huellas de Greene cumple los cuatro requisitos: hay un sacerdote protagonista, un conde, un rico indiano y varios bodegueros, sexo suficiente y eficiente: da para dos embarazos en vez de para uno, y, por último, muchísimo misterio.

Esto no dice nada en contra de una historia. La del rey David, tan fascinante, cumple con los cuatro ingredientes de forma meticulosa. A su modo, también la novela de Carlos Villar Flor supera los límites de la fórmula. Juega a tres bandas: nos cuenta los viajes de Greene por España con el cura Leocadio Morán (en el mundo, Leopoldo Durán) a contraluz de una investigación policial (un asesinato actual) y, además, despierta ecos quijotescos en cada esquina. Hace un alarde delicioso y desbordante de intertextualidades y guiños culturales. Todo atravesado por un amor al idioma parejo a su dominio. O a los idiomas, porque al inglés también se le quiere un poco.

Y añade el humor, a veces de sal gorda, como sus juegos de palabras. ¿Ejemplos? Por doquier. Greene, por lo visto, se metía mucho con Juan Pablo II, que «era uno de sus blancos favoritos. —Nunca mejor dicho —añadí, incapaz de reprimir un chiste fácil». Eso lo añade el narrador, pero es Carlos Villar el que parece incapaz de reprimirlos. Cuando los investigadores van a Valladolid, escribe: «aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, literalmente», que es algo que cualquiera que haya cruzado por allí tiende a evitar decir, pensando en los resignados ribereños. U otra vez: «[Un abrazo eternamente cálido] que me estremeció de cabo a rabo (nunca mejor dicho)». Un capítulo que transcurre en Cantabria se llama «Peñas arriba (y abajo)». Los asesinos chinos son motejados como «asechinos». Se perpetra un «valga la rebuznancia». Tal vez así seleccionados, tanto juego parezca excesivo. De hecho, hasta inventa un neologismo ad hoc: «palabrijugar». Aunque a lo mejor no es demasiado, porque también te sonríes y porque sirve para humanizar al narrador. Las metátesis del otro protagonista, el policía Mariana, se achacan a su dislexia y son también palabrijuegos. Me estaban pareciendo exagerados hasta que caí en la cuenta de que eran un homenaje a los disparates lingüísticos de Sancho Panza. Entonces los entendí, y admiré.

Ese cambio de perspectivas sucede continuamente. La novela te sorprende siendo mejor de lo que te muestra, aunque desde el principio, está muy bien construida, eso es innegable. Las más de 500 páginas no se hacen pesadas jamás. Villar dosifica el suspense con maestría, inserta microrrelatos, domina el difícil arte de la digresión, incluso de la digresión culturalista, baraja los tiempos con un cronómetro y a los personajes diacrónicos con la precisión adictiva de un guionista de Netflix, y se recrea lo justo en la música verbal como para encandilar también al lector por el oído.

No tiene (en principio) esa ambición crítica ni sobre la sociedad ni sobre el sistema universitario que aquí le alabamos tanto a Dario Ferrari en Se acabó el recreo; pero hay que andarse con ojo, porque de la mano del aire de best seller, Villar Flor nos introduce en unos complejísimos y límpidos juegos de espejos, que se multiplican. Para empezar, el viejo espejo de la verdad en la ficción y al revés. En el epílogo informa que el 80% de los datos que da de Graham Greene son reales. (El perfil de Greene, por cierto, no sale demasiado favorecido.)

Otros espejos aparecen entre el narrador y el autor. Supongo que la afinidad de espíritu entre ellos rondará también el 80 %. Y viceversa: el protagonista va sacando la novela (la que nos está contando) a la vez que la va viviendo, o sea, a medida que se nos va contando. Este ir y venir se mantiene en el aire con admirable elegancia: «—De aquí sacarías una buena novela —concluyó. —Ya lo creo. Aunque nunca he escrito una novela negra. No sé qué tal se me daría. —Tú sabrás. Pero igual podrías hacerlo en primera persona, se dice así, ¿no?».

Otro reflejo es triple, pues los continuos homenajes cervantinos, extraordinariamente llevados, son a su vez reflejos del homenaje que rindió el propio Graham Greene en Monseñor Quijote. La investigación es «como combatir contra molinos». A lo mejor tanta queja con los editores y con la mala suerte literaria no es más que otro sutil tributo a don Miguel de Cervantes.

Los paralelismos no cesan. La confusión de género con el apellido de Mariana, el subinspector Miguel Ángel, replica la misma confusión que producía el nombre de Evelyn Waugh. Es un sin parar. Pero el reflejo remata en reflexión, pues, como Sancho y don Alonso, también aquí la pareja de investigadores termina fraguando una emocionada amistad, que vuelve a ser otro paralelismo de la que se produjo entre el sacerdote español y el novelista inglés. El catolicismo de Greene, curioso y claroscuro, encuentra un inesperado relámpago en el final de la novela, donde se atisba una profundidad, cosa que uno se pasa cuatrocientas setenta páginas sin sospechar o sospechando lo contrario. Un tácito eco de Silencio, de Shūsaku Endō ya nos avisa con estrépito de que la teología tiene mucho que decir en el conjunto de la historia. Las paralelas se encuentran en el infinito.

Se debatía entre la sinceridad descarnada o la prudencia. Al final triunfó un término medio entre ambas.
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Pocos han exaltado como él [Cervantes] la amistad masculina: don Quijote y Sancho, Rinconete y Cortadillo, Cipión y Berganza, Anselmo y Lotario…
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Llegamos a la plaza Circular (que en inglés se podría traducir con el oxímoron Round square).
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Es una historia muy hermosa —concedí emocionado.
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—Hay que joderse. Si te llega a matar, habrás muerto por los cuatro duros que te reportó el libro.
—Ni eso. El editor me timó y no me ha liquidado ni un chavo.
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Un personaje literario es un ente de ficción. Puede inspirarse en una persona real, sí, pero luego adquiere otra vida propia en el relato, autónoma, intradiegética…
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¿No me digas que no se te había ocurrido? Menudo novelista estás hecho.
—Bueno, sí —mentí. El orgullo creador es una de las últimas banderas que uno está dispuesto a dejarse arrebatar.
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—La amistad se basa en la afinidad… Yo no puedo compartir tu visión burguesa de la vida, de Dios, del premio y del castigo, del infierno… No sé si podemos seguir siendo amigos. O si alguna vez lo hemos sido…
—Pero, pero… ¡Graham! —exclamó el padre Leocadio, desolado.
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Greene se quejaba de que era demasiado lujoso para su gusto, pero tampoco le satisfacían los hoteles de menos de cinco estrellas.
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El whisky de don Mario ya venía preparado en su copa Glencairn, pero el distinguido cliente parecía preferir que le sirvieran a la vista.
—¿Cómo sé que es verdaderamente JW Black Label tal como lo he encargado? —objetó.
El camarero, que bien podía haber interpretado a Jeeves en la adaptación televisiva del clásico de Woodehouse, respondió impertérrito:
—Si el señor entiende de whisky, no le quedará duda.
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La acechanza del mayor depredador de la raza humana me recordó mi propia contingencia. [El zumbido de un mosquito]
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—No pasa nada. Unas veces se gana…, la mayoría se pierde —apostilló en además senequista—. E incluso cuando se gana, enchironar al asesino no te devuelve a la víctima, ya perdida para siempre. En realidad, nunca se gana.
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Ya había olvidado lo bien que se duerme tras un buen fregado de conciencia.
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Es un understatement decir que nunca te olvidaré.
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