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Imagen de archivo de una familia numerosa

Imagen de archivo de una familia numerosaGetty Images/iStockphoto

El Debate de las Ideas

La realidad es más fuerte que la narrativa

«¿Qué tal la paternidad?» «Bien, estamos muy felices y el niño es una maravilla. A ver, es verdad, que no estoy durmiendo, ya no puedo montar en bici y siento que sólo estoy cambiando pañales. Pero bien».

Viví con perplejidad esta escena durante una conversación informal, tras la paternidad de mi mejor amigo hace unos años. Al relato de su felicidad le seguía una lista de contraargumentos. Más curioso aún, años más tarde, tras el nacimiento de mi primer hijo me sorprendí en la misma contradicción. Me perturbó.

Ordenando mis contradicciones me acordé de que en algún momento alguien me definió ideología como aquella idea que busca acomodar la realidad a lo pensado. La ideología prima la narrativa a la realidad. Si esta primacía no se da, la realidad se manipula, se tortura y se moldea para que esta se acomode a lo pensado. Es la consecuencia lógica de disociar verdad y realidad: el surgimiento de un campo de batalla en que distintas propuestas pelean por la verdad o el relato. En este marco, surgen las ideologías como carromatos para imponer su narrativa. En esto, Marx se lleva la palma cuando revierte el papel de los filósofos en la comprensión del hombre: «Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintas maneras; de lo que se trata es de transformarlo».

La incomodidad que acompaña la verdad no es de nuestra época. Resuena aún hoy la pregunta de Pilatos en el pretorio a Jesús: «¿Y qué es la verdad?». En nuestro tiempo, y en paralelo a la concepción del hombre como individuo, esta se ha ido volviendo particularmente incómoda. Nietzsche sentenciaba: «No hay hechos, solo interpretaciones». En nuestros días, sin hechos, ni realidades que sirvan para entender el mundo, era cuestión de tiempo que nos encontráramos que la palabra del año 2016 fuera posverdad o que en manifestaciones se chillara «la verdad es violencia».

Nos damos cuenta pocas veces, y a menudo tarde, que las ideas tienen consecuencias. Tras años de matraca, se ha conseguido expulsar de la discusión pública la verdad, junto con los otros trascendentales —la belleza y la bondad—. Nuestra civilización se construyó, floreció y batalló convencida que estas realidades nos anteceden y ordenan nuestras relaciones, dependencias y comportamiento. Hubo un día que la verdad era una empresa común. Sin verdad, el espacio público se ha convertido en una batalla de ideologías para dominar la narrativa del momento.

Un nexo común de las ideologías de la modernidad es el pensar el hombre como individuo y la autonomía como santo grial. Hemos sido criados en una cultura que nos obliga a pensarnos como individuos y a encontrar la felicidad en el yo. Son múltiples las referencias. En el mundo musical, inevitable hablar de este tema sin acordarse de temas musicales como Te casaste, la cagaste de los Inhumanos. En la pequeña pantalla, son pocas las imágenes de ejemplares, mientras abundan padres mediocres como Homer Simpson o Peter Griffin. No nos faltan ejemplos que nos presenten la paternidad, per se, como experiencia patética. Se me ocurren dos ejemplos. Primero, la serie protagonizada por Ed O’Neill, Married… with children, en la que se muestra al hombre casado y con hijos como un desquiciado. Segundo, y más reciente, Barney Stinson, en Cómo conocí a vuestra madre, que nos presenta el hombre soltero, sin obligaciones, ni dependencias como el arquetipo de alguien que está «living the live». Ejercicio similar se puede hacer sobre la vida de la mujer casada y con hijos – Marge Simpson, Lois Griffin, Paloma Hurtado (Aquí no hay quien viva) o Berta Escobar (La que se avecina). Cuesta ver monjas, esposas, o madres —o sus equivalentes masculinos— como arquetipos de plenitud. Buscar la redención en la entrega al otro es anatema.

Tras años de insistencia, puede parecernos que la narrativa ha modificado la realidad. Pero, de repente, la paternidad. Si prefieres, la fecundidad. Algo real, que nos llena, que es verdad. No siempre encontramos las palabras para explicarlo y nos contradecimos, pero lo sabemos. Llevamos años buscando la plenitud vía deporte, viajes exóticos, conciertos increíbles… insaciables. Experiencias controladas, elegidas, nuestras. Y de repente, la paternidad. Desbarajuste. Un don que acarrea responsabilidades y obligaciones, que genera dependencias y que nos obliga darnos gratuitamente. Y ahí, la felicidad. Como si encontráramos el motivo por el que hemos sido creados. Tengo grabado cuando un amigo me decía mientras sostenía a su recién nacido: «La vida es esto». Sin due diligence previas, como un salto al vacío, como todo lo que vale la pena en la vida. Es un poco un momento Ainara —protagonista de Los domingos. No siempre es fácil, ni agradable. Pero, sobre todo, no es una interpretación, ni un relato que nos hemos montado: es lo real que es la verdad y que siempre termina por imponerse.

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