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Bocados de realidadCésar Wonenburger

El crítico Trump tiene razón

El show de la Superbowl consagra al «perreo» como la nueva gran expresión artística hispanoamericana, mientras una foca se rebela contra las excarcelaciones, ni el rosco se salva de la polémica y los ingleses le cambian el nombre a una orquesta española

El presidente de Estados Unidos Donald Trump en la presentación de TrumpRx el pasado 5 de febreroGTRES

Con su asidua vocación de crítico de la sociedad actual, que habitualmente se sirve para sus dardos de un lenguaje directo, asequible y rudo, Donald Trump ha calificado el show de Bad Bunny en el intermedio de la Superbowl como «horrible». Tampoco hacía falta recurrir a Oscar Wilde para ofrecer una definición ajustada al momento.

Dos detalles esenciales de la aclamada actuación le produjeron al inquilino de la Casa Blanca una impresión deplorable: la desfachatez de unas letras apenas comprensibles («No se entienden», protestó, y casi mejor para él) y algunas de las coreografías de las canciones escogidas que, según su parecer, no constituyen un digno ejemplo para la infancia.

Sus juicios se asemejan a los de una parte de la más conservadora sociedad parisina cuando, hacia 1930, por la capital francesa empezaban a dejarse caer solistas y agrupaciones cubanas para ofrecer una muestra de las canciones y los bailes de popular raíz antillana, que entonces ya comenzaban a adquirir gran popularidad fuera de la isla.

Las mulatas con sus anillas de oro y cimbreantes caderas; el color bullangero de los ritmos tropicales servidos por maracas, claves y güiro junto a la elocuencia de las letras atraían y fascinaban al público más joven, pero eran consideradas lacras por el resto. Lo que llevó a manifestar al gran Alejo Carpentier: «¡Pobres de los pueblos descoloridos e insípidos, que carecen de lacras análogas!».

Bad Bunny durante su actuación en la SuperbowlEFE

Pero hay que reconocer que luego todo ha degenerado, como Spengler ya se encargó de advertir en La decadencia de Occidente. ¿De aquellas rumbas vendrían luego estos lodos reguetoneros, promotores universales del «perreo»?

Cierto que las letras de Moisés Simons ya no estaban inspiradas en las ensoñaciones románticas de Amado Nervo. Pero entre «Yo vo’ a ver a ña Francisca/ a ve’ qué rayo pasó», como sugería en uno de sus temas el autor de El manisero, y las que estos días ofrece sin remilgos uno de los temas más célebres de Bad Bunny: «La noche se puso kinki/tres dedos en el toto/en el culo el pinky/ las moñas violetas como Tinky Winky/una nalga y la dejo como Po/le doy por donde hace Pipí», media un abismo casi idéntico al que va desde los viajeros de la nave espacial en 2001: una odisea en el espacio hasta los monos del inicio de la película, solo que aquí en sentido inverso.

Quienes se han lanzado a celebrar sin tasa los caros rebuznos del puertorriqueño Benito, en una las mayores plataformas públicas, el gran acto deportivo del año (según cuentan), como expresión de la diversidad, pujanza y novedad del arte popular hispanoamericano no aprecian aquello que dicen amar.

¿De verdad un continente que, como reconocía el mismo Carpentier, llegó a albergar en sus virreinatos de ultramar «sociedades extremadamente refinadas», capaces de seguir los ejemplos de Garcilaso de la Vega o sor Juana Inés de la Cruz para ofrecer al mundo, más adelante, el pensamiento y las obras imperecederas de Borges, Octavio Paz, Wilfredo Lan, Gabriela Mistral, Alberto Ginastera, Mario Vargas Llosa, Frida Kahlo, Pablo Neruda, Pedro Mir, … solo aspira ya a reflejarse en esta manifestación vulgar y pueril?

Y no se trata aquí de apelar a la denostada alta cultura, ese elitismo «de los privilegiados» en el que se ha convertido el ya casi subversivo acto de apreciar el talento, la inteligencia, la belleza.

Sin echar la vista muy atrás, hay un artista, Marc Anthony (también boricua), que, además de ser uno de los mejores cantantes de Hispanoamérica, es capaz de ofrecer estupendas muestras de salsa (precisamente lo único rescatable de la Superbowl), como la popular Valió la pena, ante las que una madre sensata no deba sonrojarse si su hija las escucha con ella.

El cantante Marc Anthony en Marbella en julio de 2025GTRES

Pero, claro, el exmarido de Jennifer López es un viejo. Ya no está de moda. Quizá tenga razón Robert D. Kaplan cuando en su esclarecedor último ensayo, Tierra baldía, sostiene que «poner a la juventud en un pedestal, todavía más alto, es destruir la civilización».

La lúcida perplejidad de la foca donostiarra

En el arenal de La Concha donostiarra ha aparecido, durante estos días pasados, una foca. El animal, sorprendido por la ferocidad del temporal, decidió hacer un alto en su camino para descansar un rato, tumbado en la playa sin mayores agobios.

No pudo ser. Las huestes locales, poco familiarizadas con este tipo de visitas, resolvieron acosarla con su curiosidad, hasta el punto de que hubo que poner en marcha todo un dispositivo de vallas para asegurarse de que nadie molestara al turista accidental.

Las autoridades, incluidas las que mandan en esa autonomía más la insignificante representación del Estado, actuaron con gran rapidez para ponerse a las órdenes del mamífero marino.

Le ofrecieron desde la posibilidad de acogerse a la nueva regularización de inmigrantes hasta un descuento en el abono para asistir a los conciertos de la Sinfónica de Euskadi. Todo, por supuesto, mientras se le tramitaba de urgencia una ayuda económica, por si resolvía establecerse en el nuevo paraíso del territorio recién descubierto.

Un ejemplar juvenil de foca gris en la playa de la Concha de San SebastiánEFE/Javier Etxezarreta

Abrumada por las generosas atenciones y el interés de la población y los medios, la foca pidió que, si no era mucha molestia, la dejaran en paz durante unos minutos, mientras procuraba recuperarse para continuar sin mayor demora su agitado periplo. Si acaso, aceptaría que le sirviesen un bloody Mary con un pincho de anchoas, o algún otro entre los más célebres del lugar, a base de pescado o marisco.

Aunque, más allá de las viandas, solicitó en tono amable pero firme otra cosa que sorprendió particularmente a sus anfitriones. Les dijo que, si tenía que seguir soportando el inoportuno acoso de los vecinos, al menos, tuvieran la decencia de mantener lo más alejado posible a uno solo entre ellos, al que no quería ver si quiera de lejos.

Fue entonces cuando dijo aquello sobre un tal Txeroki, al que parecía detestar más que a cualquier orca. Con su limitado entendimiento, no se hacía a la idea de que aquella bestia, más sanguinaria, despótica y salvaje que la peor manada de osos polares con la que hubiera tenido que lidiar, una vez apartada del resto para que jamás volviera a respirar el aire puro de la bahía ante la magnitud de sus delitos, pudiese ahora acercarse a saludarla, con solo proponérselo.

Y ya ni siquiera aguardó al aperitivo. Sin despedirse, se zambulló entre las olas para desaparecer. Mientras, había cavilado que más le valdría porfiar con el mar embravecido que verse en el desagradable trance de tener que cruzar miradas con aquel criminal.

Un rosco bajo sospecha de tongo

Al aguardar el inicio del informativo de Vallés, el único medianamente crítico con los dislates gubernamentales, Antena 3 hace casi inevitable que tengas que comerte el famoso rosco. Por eso, aunque mi mujer no es nada aficionada, en casa sabíamos del duelo entre la gentil Rosa y su rival, el comparsa escogido para su simbólico sacrificio.

Al anunciarse el inminente desenlace, le pregunté a ella: «¿Tienes alguna duda sobre quién va a ganar?» Conocedora del momento, me respondió: «Ninguna». En una línea de guion de una reciente serie que fantasea sobre la antigua Roma se encuentra definido todo el «zeigeist» de la época presente.

Uno de los proveedores oficiales de gladiadores para los festejos populares de Capua presenta su gran novedad para el más reciente combate. Cuando la turba descubre que la luchadora es una mujer, el anciano senador romano representante de las nobles familias refleja su contrariedad por la elección, mientras el organizador de los juegos le responde: «Es lo que pide ahora la gente».

Quienes proclaman, por estos días, que en la victoria de Rosa hubo tongo muestran el mismo disgusto, idéntica incomodidad que el partidario del antiguo orden patricio en la ficción televisiva.

Rosa tras ganar el bote histórico de PasapalabraAntena 3

El movimiento pendular ha decretado desde hace ya unos años que los nuevos vientos deben favorecer siempre el avance de todo lo femenino sin mayores consideraciones que la de procurar, por cualquier modo, compensar a las mujeres de pasadas injusticias.

Hay una que me toca de cerca. Mi tía abuela María regresó a España, en su día, con su flamante doctorado obtenido en Yale. Aspiraba, ingenuamente como se vio, a compartir sus precisos conocimientos en alguna universidad española.

Ni siquiera le reconocieron el título. Desanduvo sus pasos, aceptó la oferta de convertirse en la primera mujer en enseñar Matemáticas en la Universidad de Toronto y, más tarde, se incorporó al claustro de Bloomington, en Indiana, donde desarrolló su carrera de investigadora.

Su propio país no repararía el error hasta los años 2000, cuando ya llevaba dos décadas jubilada: le concedieron un tardío Honoris Causa por sus reconocidas aportaciones al álgebra contemporánea. Aún tuvo algún tiempo, poco, de disfrutarlo, ella que nunca se había quejado de nada: en EE UU disfrutó de una vida plena, y en verano venía a asombrarnos con sus progresos en el taichí.

Sin dejar de considerar que este tipo de situaciones se encuentran en la raíz de los movimientos tectónicos que ahora han desplazado toda la atención hacia las féminas, no es menos cierto reconocer que, más pronto que tarde, resultará preciso restaurar un precario equilibrio al que debiera aspirarse: el reconocimiento del mérito no se puede basar solo en componendas ni apaños que consagran renovadas discriminaciones («positivas»).

Lo contrario, mantener hasta no se sabe cuándo esta nada sutil corrección de pretéritas reivindicaciones históricas, por más lícitas que parezcan, tarde o temprano, puede conllevar un nuevo movimiento del péndulo, más violento, que incluso se lleve por delante recientes conquistas.

Azuzar la batalla entre los sexos solo proporciona réditos a los oportunistas del márketing, aquellos que mejor saben pescar en río revuelto.

Si tocan a Falla son españoles, piensan allí

Al igual que hace ahora la Orquesta Nacional de España, la Sinfónica de Galicia saldrá de gira próximamente por varias ciudades extranjeras. El conjunto con sede en el Auditorio Nacional viaja hasta Alemania, mientras el gallego acudirá a Inglaterra.

En sus respectivas agendas, las actuaciones previstas se centran en lugares fascinantes, de nombres evocadores como Ratisbona, Friburgo de Brisgonia, Basingstoke, Sheffield y Nottingham… Aunque la pretendida «proyección internacional» de estas agrupaciones ibéricas, que afortunadamente han incluido en sus programas algunas obras de Falla, Rodrigo, Turina y hasta Groba, seguramente se verificará en los conciertos de Londres, Mánchester o Múnich, donde se encuentran algunos de los principales centros musicales de esos países (en el caso de la ONE, sorprende que no se incluyese Berlín, algo que sabía hasta Leonard Cohen).

La polémica, esta vez, ha surgido porque, en Inglaterra, la promotora que organiza los conciertos de la Sinfónica de Galicia ha decidido cambiarle el nombre. En la promoción, ya no figura como OSG, allí se denomina Spanish Galicia Symphony Orchestra. Parece que cuando se firmó el contrato nadie reparó en este detalle, por lo cual de nada vale ya protestar, como ocurre estos días.

A los ciudadanos de La Coruña esta modificación no les ha gustado nada. Y es lógico. Resultaría como si al Deportivo, que más pronto que tarde volverá a jugar en competiciones europeas, le impusieran que para exhibirse en el campo del Galatasaray pasara a denominarse The Spanish Deportivo de La Coruña. Simplemente, ese no es su nombre.

Pero más allá de esta vulneración, lo que de verdad enerva a los nacionalistas del hecho no es el mero añadido de Spanish, que ellos entenderían como un auténtico ultraje en cualquier circunstancia, si no que el mero reclamo de Galicia, según el criterio estrictamente comercial de los promotores de estas actividades artísticas, no represente suficiente atractivo para los potenciales clientes (muchos de estos posiblemente vistan de Zara, sin saber que la sede mundial de la firma se encuentra en la comunidad norteña).

Hace unos años, un querido amigo diplomático hispanoamericano, de paso por Barcelona, tuvo un altercado en una tienda. Con su español de ribetes caribeños solicitó que le atendieran en castellano, a lo que la dependienta se negó alegando que estaban en Cataluña.

El hombre, algo enfadado por la intransigencia de la empleada, antes de abandonar la tienda, se volvió apenas un instante para decirle: «Ustedes quizá no se den cuenta, pero en cuanto cruzan la frontera, para el resto del mundo, lo único que existe es España».

Algo similar debieron pensar los pérfidos comerciantes británicos al alterar, ahora, el nombre de la Sinfónica de Galicia en la cartelería. Que, si se trata de que les compren una entrada para acudir a escuchar El sombrero de tres picos, o hacen ver bien claro desde el inicio que la encargada de interpretar la Falla se trata de una genuina orquesta española, o la pretendida proyección internacional puede darse de bruces con un auditorio vacío.

De nada sirve que Cunqueiro llevara a Merlín, «hijo de ajena nación», a vivir a la selva de Esmelle. Se ve que de vuelta a Brocelianda, como enseguida lo encerraron en un árbol, al mago se le olvidó proclamar que venía de Galicia.