Solo la guillotina aguarda a los moderados
No parece haber ya paz para los equidistantes, mientras en Nueva York se descubre un nuevo racismo, el de los propietarios de pisos, los papeles Epstein entretienen a los más chismosos y Djokovic ofrece una inesperada lección de elegancia
Pablo Iglesias durante la campaña de 2023
Ante la previsible pérdida del poder más pronto que tarde, la parte de la izquierda menos sutil en la práctica exhibición de sus aspiraciones totalitarias empieza a tocar a rebato.
Pablo Iglesias, mientras cavila acerca de un próximo exilio dulce en Managua, donde el profesor Ortega podría asignarle una cátedra extraordinaria sobre cualquier asunto, pero con acceso exclusivo para ninfas revolucionarias proclives a los azotes, asegura que habría que garantizarles el voto a todos los inmigrantes sin papeles antes que a Santiago Abascal, cuyo único delito consistiría en defender públicamente dos o tres ideas.
No importa si entre todos los que aspiran a la imprudente regularización exprés pudiera encontrarse algún criminal sin condena que, tras precipitada huida, hubiese dejado en su país de origen, todavía por contabilizar, un reguero de cadáveres derivados de alguna actividad ilegal.
Incluso aunque solo se hallara ese hipotético único señalado, el mero hecho de su condición de residente sin autorización, proveniente de alguna nación hermana, ya lo convertiría a ojos del tabernero garibaldino en una persona mucho más digna, honesta y decente que el pérfido Abascal.
Así que cuídese, también, señor Pérez-Reverte, puesto que alguna vez dijo en el pasado que a España le hubiera venido muy bien haberse servido de la guillotina. Porque a lo mejor Ione Belarra también le guarda a usted un puesto especial en su particular cadalso, cuando se tercie.
Arturo Pérez Reverte en los Premios Zendal.
Tras el reciente desencuentro del escritor con su colega Uclés, la Theroigne de Méricourt de la extrema izquierda ibérica se sumó al toque de corneta para exigir que caigan ya todas las caretas ante la inminente lucha final entre sus huestes, los nostálgicos de Pol-Pot, y el resto, lo que para ella resultaría esa chusma reaccionaria entre la que no aprecia distinciones con los equidistantes, como el padre de Alatriste.
Pérez-Reverte, persona ilustrada, seguramente conoce la cita de Zweig: «De nada le sirve al intelectual intentar resguardarse en la esfera retirada de la contemplación cuando los tiempos lo obligan a adentrarse en el tumulto de la derecha o de la izquierda, en una u otra turba (…) en esas épocas nadie necesita más valor, más fuerza, más entereza moral que el moderado que no quiere someterse a ningún delirio de muchedumbres ni a ningún pensamiento unilateral».
Cierto, pero puede que esta vez Belarra lleve razón (por más que pueda resultar paradójico). En épocas realmente excepcionales como la presente española, cuando los ecos de la tiranía absolutista que aspira a consolidarse resuenan cada vez con mayor descaro ante la pasividad popular, ampararse bajo el confortable paraguas de una decorosa imparcialidad puede resultar, como poco, temerario.
Solo los racistas tienen piso
Marco Rubio, el nuevo virrey de Venezuela, donde algunas cosas parece que empiezan a cambiar (se ha anunciado una amnistía para los presos políticos que no cae del cielo de Delcy), ha dicho que el modelo que le gustaría para los próximos tiempos, en ese país, es el de la Transición.
Hay que ver. Pese a los contumaces esfuerzos de la izquierda radical por desacreditar, en cada ocasión, aquel esfuerzo común que condujo al país, contra viento y marea, hacia la democracia, la vieja nación ibérica aún puede ofrecerle al mundo algún reconocido acierto histórico.
Servirá para maquillar otros sobre los que parece existir menos consenso, como los que resultaron de pretéritas gestas imperiales hoy tildadas de puro «extractivismo» en los mismos centros académicos extranjeros donde, en cambio, se jalean las heroicas hazañas de Hamás, que solo asesinan.
Entre unos papeles del difunto Salvador Pániker, hombre de múltiples y bien acrisolados saberes, que además fue diputado en las primeras cortes de la democracia, aparece esta reflexión sobre dicho periodo, que escribió ya a sus 80 y pico: «Pienso que, teniendo en cuenta la realidad de las dos Españas, nuestra abismal incultura política, en medio de ruido de sables, atentados terroristas y crisis económicas (con una inflación que llegó al 40 por ciento), todo se hizo milagrosamente bien».
Pero ni Pániker, que no era de derechas, salvo para los buenos negocios, ni Rubio, al que parecen interesarle más cosas que el oro negro caribeño, serán personas de fiar para nuestros necios zurdos. Seguramente se encontrarán más a gusto intentando copiar aquí las recetas de Cea Weaver, la nueva encargada de la Oficina de Protección del Inquilino que ha nombrado el alcalde de Nueva York, Mamdani.
Zohran Mamdani, Alcalde de Nueva York.
Esta chica, que parece sacada de algún retrato de la sección femenina de la Gestapo, proclama cada día en el ejercicio de su reciente cargo cosas tan interesantes como que «hay que apoderarse de la propiedad privada», o que «la posesión de una casa es un acto racista» para concluir animando a la gente a que «elija a más comunistas».
No sería extraño que en las próximas semanas se produjera algún nuevo acontecimiento planetario, del tipo de una cumbre entre esta mujer y Yolanda Díaz. Por su aspecto, no parece que su colega norteamericana se prestase para acompañar a la vicepresidenta en el periplo por las mejores tiendas de la Quinta Avenida, e ir comentando de paso la agenda.
No haría falta. Ya se ocuparían luego de guardarse unos minutos para hablar sobre las soluciones a lo de la vivienda. Si, además, todo se encuentra ya resumido en aquel «¡exprópiese!» de su maestro Chávez.
Hugo Chávez durante una visita oficial a la ONU
Los papeles de Epstein parecen «El Corte Inglés»
Los papeles de aquel infame Epstein amenazan con convertirse ya en un trasunto de El Corte Inglés. Ahí parece haber de todo y para todos los gustos, aportando colorido, en este caso, a las secciones correspondientes de los periódicos.
Los de Internacional se malician que en cualquier momento algo muy gordo estaría al caer sobre Trump (como no se trate de algo ridículo, un complot para sustraer la momia de Lenin y colocarla vestida de Papa Noel a la entrada de la casa de Mar-a-lago, por Navidad, poco sorprendería ya a estas alturas).
Pero mientras, comparten también con los de cotilleos las maliciosas afirmaciones anónimas de los nuevos «royals», como Mette-Marit, princesa noruega de saldo, y parece que además hay detalles sobre Federico, aquel hamletiano danés adicto a los paseos crepusculares por el Retiro.
En el reparto, incluso hasta los olvidados redactores culturales resultan estos días agraciados con la pedrea pedófila. Después de Woody Allen, siempre presto a aparecer cuando se mete en una misma búsqueda adolescentes y su nombre, ahora acaba de surgir, para entretenimiento del subapartado de música, la mención a un conocido (para los puestos en esta materia) director de orquesta francés, Frédéric Chaslin.
Woody Allen, en una imagen de 2023
Este hombre, que suele actuar habitualmente en teatros de primera como el Met de Nueva York, la Scala de Milán, la Ópera de Viena y por ahí, con buena fama entre los cantantes por tratarse de un maestro «como los de antes» (o sea, que al menos conoce las obras), figura en los correos como inadvertido celestino.
Chaslin, que en sus misivas electrónicas se las daba de figurar en las quinielas como el próximo más que seguro responsable de un gran teatro parisino (un juego habitual entre postulantes con aspiraciones, rara vez atendidas salvo que te apellides Barenboim) deja caer que, cuando lo visite la próxima vez en la ciudad ideal del amor prohibido (según Mette-Marit) le dispensará una pequeña atención.
Mette-Marit y Haakon de Noruega
En este caso, anuncia que le presentará a Epstein a una chica de 21 años, muy mona, a la que compara en parecido físico con la atractiva mujer de ¡Roman Polansky! Alguno dirá ahora que todos estos señores andaban en lo mismo. Por eso no es casualidad que se les colara hasta ahí, por otro asunto, el apellido del director de La semilla del diablo, condenado en EE UU por abusar de una menor.
Convenientemente editados, los intercambios epistolares del difunto pederasta norteamericano con personalidades de su tiempo darían para una nueva Comedia Humana, esta vez escrita por Tom Wolfe, si siguiera aquí.
Aunque no muy diferente de tantas otras que podrían proporcionar deleite hasta la tumba a tanto chismoso sin oficio. Asistir por la mirilla a las miserias del vecino (Chaslin no ha cometido ningún delito, pero queda expuesto al chascarrillo) puede tener su gracia hasta que le toca al mismísimo cotilla.
En un aleatorio hackeo masivo de los correos personales (no digamos la mensajería privada) nadie se salvaría, quizá el Papa León. Como ya sostenía Pascal: «Si todos los hombres supiesen lo que dicen unos de otros, no quedarían cuatro amigos en el mundo».
La suprema elegancia de saber perder
El tenis surgió como un deporte de caballeros, aunque algunos de sus más recientes practicantes se obstinen en realizar cambios en su indumentaria deportiva parecidos a los que Bad Bunny acaba de implementar para su horrorosa nueva versión del esmoquin. Esa que quizá prospere a partir de ahora entre raperos en todo tipo de ceremonias supuestamente glamorosas: las de premios entre artistas suelen ser bailes de disfraces, no precisamente venecianos, estos días.
A caballo entre aquella generación que aún salía a la pista central de cualquier torneo, grande o menor, como quien se viste para un cóctel en Cortina D’Ampezzo, y la nueva, con sus aberturas laterales para lucir músculo, se encuentra Djokovic, aún fiel a la sobriedad del polo de manga corta.
El serbio que, en sus inicios, cuando aún era aquel tontuelo sparring de Federer al que a veces había que dejarle ganar (algunos comentaristas lo comparaban con Jesulín de Ubrique), solo destinado a perpetuarse en su posición de eterno secundario chistoso y deslavazado, acaba de regalar una lección de suprema elegancia en su última aparición en el Open de Australia.
El otro día, Nole pronunció uno de esos discursos que ya no se estilan, con la elocuencia de un Demóstenes, la profundidad de Cicerón y la madurez de un hombre que no ha hecho del éxito innecesaria venganza contra los escépticos que en sus primeros días renegaban de su talento. A lo largo del camino se ha empapado de todo, lo bueno y lo malo, hasta destilar la mejor versión actual, la del hombre sereno, divertido, sabio.
Novak Djokovic tras la final del Australian Open
Con sus palabras de reconocimiento hacia su rival Alcaraz, al que otorgó ya condición legendaria, pero sobre todo en las emotivas que le dedicó a su otrora gran rival allí presente, Rafa Nadal, el deportista volvió a hacer todavía más grande al tenis. Perder así eleva la derrota hasta el espacio de gloria reservado solo a los corazones nobles y generosos.