Como el incendio del Reichstag, se repite la jugada
El fuego del Parlamento alemán y el desprecio al español no parecen tan alejados, mientras BB se despide con honores, se suceden las bodas con monigotes y un socialista con posibles opta por abandonar el barco
La ministra de Hacienda y vicepresidenta primera del Gobierno María Jesús Montero
Solo al puntilloso analista Luis Ventoso parece haberle escandalizado una de las declaraciones más oprobiosas de cuantas han realizado públicamente miembros del Gobierno, esta semana.
En realidad, en su desfachatez, resulta parecida a aquella otra puesta en boca, en su momento, de una atolondrada diputada de Sumar cuando, a propósito de la «Ley del solo sí es sí», afirmó con todo el cuajo que, en el caso del hombre, la presunción de inocencia no se trataba más que de una mera formalidad que convenía, y hasta era preciso, saltarse cuando tocara.
O sea, que en España cualquier varón nace ya culpable por el mero hecho de serlo. Luego ya se encargaría Marisu, vicepresidenta primera del Gobierno, durante uno de esos mítines parecidos a los de Maduro en fondo y forma, de incidir sobre el escarnio y demolición de uno de los ejes del Estado de derecho en sociedades civilizadas. Pero qué más da.
Y así seguimos. La portavoz gubernamental acaba de asegurar en la radio, como quien comenta la Cabalgata de Reyes, que Sánchez y sus ministros no precisan ya del Parlamento, un mero ornamento más de la arquitectura capitalina como el próximo edificio del Círculo de Bellas Artes, del gran Antonio Palacios.
Si no hay mayoría suficiente que respalde sus despropósitos, al consejo de ministros le bastaría con servirse de subterfugios con los que eludir el francamente odioso trámite parlamentario para legislar de otra manera más práctica y directa, impulsando normas sin sanción del poder que se encargaría precisamente de velar por su aprobación, según la constitución. Todo por y para el pueblo, pero sin sus representantes.
Ni siquiera han necesitado que, como a Hitler en 1933, se le «quemara» el Reichstag, un ligero contratiempo que aquel mediocre aspirante a pintor utilizó para suspender derechos constitucionales y, con el apoyo de sus aliados, aprobar la llamada Ley Habilitante, una argucia para promulgar decretos sin pasar ya por las cenizas del liquidado Parlamento.
El deseado ingreso del sanguinario alemán en el parnaso de los dictadores parece contar, en nuestros días, con esmerados discípulos. Solo que aquí ni siquiera precisarán de involuntarias desgracias como la quema del congreso: los pirómanos que lo habitan, de vacaciones, ni siquiera fingen ya escándalo ante el anuncio de que son enteramente prescindibles.
Y el pueblo que votó, sin apenas mirarla, la lista en las que sorteaban a aquellos ha cambiado las zambombas por el liberador nuevo disco de Rosalía, que los sitúa ante realidades mucho más trascendentales y, por tanto, urgentes que estos ministeriales chascarrillos navideños.
Brigitte Bardot, insumisa contra la barbarie
BB se habría pasado la «ley del solo sí es sí» por el arco del triunfo, a poder ser, en desfile sentada al lado de De Gaulle, quien aseguró en vida que nada ni nadie representaba a la Francia moderna en el mundo como él y ella.
Y seguramente acertó el general: ahí se daba la representación simbólica del orden (hoy añorado) mezclado con una cierta anarquía, rebelde, bella, enigmática y juvenil, capaz de proporcionar color, entretener y, no menos importante, cuestionar los dogmas, suscitar el debate, llamar la atención sobre nuestras propias paradojas: la sana libertad.
BB dijo en una ocasión que ella no aprobaba el feminismo porque le gustaban los hombres. Y a lo largo de su vida frecuentó a tantos como para, al final, quedarse con caballos y perros. Lo que en ningún caso la llevó a hacer de los primeros sus enemigos, ni a hurgar en supuestas heridas del pasado para procurarse inútiles «vendettas» del tipo de la que estos días es objeto la memoria sagrada de uno de los padres de la democracia española, Adolfo Suárez.
Cuando salió lo del Me too solo algunas valerosas mujeres, nobles hijas de la Marianne revolucionaria, salieron a protestar. Francia es otra cosa. La primera, BB, pero también otra rubia (algo más gélida) de pareja inteligencia, un poco más discreta, aunque también de carácter berroqueño, Catherine Deneuve.
Por supuesto que quienes se creyeran en la necesidad de denunciar delitos cometidos contra ellas (no sujetos a la prescripción) podían y pueden hacerlo, eso jamás se ha puesto en duda en sociedades civilizadas.
De ahí a declarar por siempre vencedora en la proclamada batalla de los sexos a la contrincante femenina porque sí, sin mayores matices ni garantías de un combate pulcro, mediaba ese abismo con el que algunas señoras sensatas (y galas) no estaban dispuestas a transigir.
En España se han echado en falta estas voces autorizadas, como las de las actrices mencionadas (ha habido otras, quizá no tan célebres), discrepantes de la dogmática corriente oficial.
Pero en la Francia todavía insumisa contra los desvaríos de la razón, a veces aún aparecen señales de rara inteligencia que fomentan una convivencia basada en enterrar viejos rencores, aprender de las faltas, perdonar y mirar al futuro, si no con esperanza, al menos con la creencia de que un diálogo franco y sosegado ofrece más garantías de reconciliación que las fieras llamadas a una guerra sin cuartel, que además jamás podrá tener auténticos ganadores (como todos los conflictos bélicos).
El creced y multiplicaos de los superhéroes
Las consecuencias de atizar viejas querellas sin otro fin que la rendición unilateral de cuentas del rival está propiciando algunos resultados, como poco, extravagantes en el terreno siempre resbaladizo de las relaciones humanas.
Estos días se han difundido imágenes de una joven japonesa casándose, en ceremonia nada privada dada la promoción, con su bot favorito de ChatGPT, un galán rubio de voz aterciopelada, siempre dispuesto a la frase lisonjera, servicial, culto y atildado. De lo que no aparece en Tinder.
Así se le podía apreciar a este chollo desde la pantalla del ordenador de la cónyuge, dado que el enlace fue necesariamente tan virtual como la propia noche de bodas: aunque estas cosas resulta mejor ni imaginárselas, la fantasía desatada de la pareja pudo dar lugar a escenas propias de una película más que porno, gore.
A estos chicos nipones siempre les ha faltado un hervor, como esas legiones de chavales que en el país del sol naciente deciden no abandonar ya nunca la cama, aunque sin el talento de un Onetti, que no salía del catre para escribir todo el tiempo más tranquilo y atender ahí mismo llamadas o visitas.
Ver pasar la vida atados al colchón quizá sea la manera de no enfrentarse con su realidad, la de un país en el que la hipocresía constituye un arte para la vida, quizá no tan distinto al del resto del mundo, pero en su particular ejercicio más extremo por la imperiosa necesidad de ocultar las emociones, forzando la rigidez de la máscara en público.
Esa tensión permanente entre el exigido respeto de las tradiciones propias (el machismo allí sí que es una institución imperecedera) y el deseo de incorporar las más abiertas costumbres occidentales ofrece a menudo resultados nada edificantes. Pero lo de los enlaces virtuales con monigotes también prospera en otras latitudes: un escandinavo se ha casado con un árbol, como forma de garantizarse un sólido matrimonio «para siempre».
La idiotez prospera quizá como nunca en estos tiempos propicios a la dejadez mental. Todo debe ser puesto en pausa para combatir el asfixiante agobio existencial: desde la última actuación en el Movistar Arena del reciente artista con fatiga psicológica a la exhibición en las redes de virtudes fingidas.
También la procreación, pero para eso los superhéroes de nuestro tiempo, los mil millonarios, ya tienen el remedio. Regalan su esperma para que bellas mujeres en plena madurez (para uno de estos magnates, las madres deben tener 37 años, ni muy tontas ni muy locas cree él) expandan su profética visión de los negocios por la faz de la tierra, gracias a la privilegiada genética.
Serán miles de herederos para regocijo de los principales despachos de abogados. Algunos no se han enterado aún de que el talento comercial no se hereda. En España, al menos, las empresas familiares no suelen resistir más allá de la primera generación: por eso el sabio Amancio Ortega apura sus días comprando los mejores edificios de todo el mundo que aseguren ingentes rentas vitalicias a la descendencia si la bolsa se va al carajo. Y mientras, se averigua también lo que supuestamente ocurrió en realidad con Isaac Andic.
Un empresario del régimen abandona el barco
Entre la vana pompa de los festejos inducidos se adivinan, en ocasiones, los restos de dolores enquistados, reveses mucho más asentados en los abismos del alma que la circunstancia pasajera de si mi último disco o mi nueva película han gustado más o menos.
Pero incluso en las más oscuras horas de desesperación, hay siempre una leve luz que, si nos los proponemos, se ofrece para iluminarnos hasta la salida de la gruta.
Cheever, el maravilloso escritor norteamericano, escribió: «Pienso que estar vivo en este planeta significa una gran oportunidad. Yo que he conocido el frío, el hambre y la terrible soledad, creo que aún siento la emoción de tener una oportunidad».
No hay que perder nunca la esperanza. El empresario Rosauro Varo, de irrenunciable pedigrí socialista (hasta ahora), acaba de abandonar su puesto en los consejos de Movistar y Telefónica, porque ya no alcanza a ver allí más oportunidades. «Pasó el momento», ha dicho.
No hay mayor síntoma de que el cambio parece ya imparable. Cuando el dinero de los «convencidos» de la causa empieza a buscar nuevos refugios, no hay vuelta atrás.
Feliz año a todos. Aunque la admirada Meloni diga que el 2026 será mucho peor, al menos aquí parece que algo bueno podría ocurrir. Veremos.